¿Qué es lo que desencadena que parte de nuestra sociedad —personas con las que hemos crecido, que como nosotros han pasado años en un sistema educativo basado en la igualdad y en valores democráticos como la justicia, la libertad y el respeto a la diferencia— olviden todo ese bagaje en cuanto la sociedad tambalea mínimamente, mientras que otros nos mantenemos firmes en los valores en los que fuimos educados? ¿Cómo es posible abrazar tan rápidamente los discursos de la extrema derecha? ¿Qué hay en el fondo de esa forma de pensar y de vivir la realidad?
Las creencias que tenemos sobre las cosas, condicionan cómo vemos y sentimos el mundo en el que vivimos, de modo que nuestras creencias conforman un sistema más o menos coherente que nos hace reaccionar de distintas formas en función del contenido de dichas creencias.
Por tanto, para entender de dónde emergen estos discursos de odio y violencia que justifican actos como la “caza” de inmigrantes —como ocurrió en Torre-Pacheco—, la justificación del genocidio en Palestina o la violencia contra discursos igualitarios como los del colectivo LGTB+ y, en general, contra la izquierda, creo que resulta relevante examinar cuál es el sistema de creencias que opera en el trasfondo de la mente del sujeto de extrema derecha.
El filósofo Thomas Hobbes decía que el hombre es un lobo para el hombre. Si se asume, como Hobbes, que los seres humanos son esencialmente malvados, uno se da cuenta enseguida de que solo puede contar consigo mismo o con los suyos. En consecuencia, también se asume que la vida en sociedad es una lucha por la supervivencia, en la que los otros son competidores o enemigos. Es desde este marco mental de desconfianza y supervivencia que puede empezar a justificarse y naturalizarse la desigualdad: quienes se encuentran en una mejor situación que los demás creen que son superiores porque se lo han “ganado”. Y quienes sufren o pierden son vistos simplemente como débiles, incapaces y, por tanto, inferiores. Desde esta perspectiva no solo se legitima la desigualdad, sino también la violencia y el autoritarismo contra los desfavorecidos, con el objetivo de mantener el orden establecido y preservarlo de esa supuesta maldad natural que intentará usurpar lo que teóricamente se ha ganado con tanto esfuerzo y de forma legítima.
—¿Empieza a sonarte a eso de que vienen de fuera a vivir de nuestro trabajo y de las ayudas? ¿A que vienen a violar y a robar?—
Estas ideas chocan frontalmente con el primer artículo de la Declaración de los Derechos Humanos, que establece: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
El discurso de extrema derecha defiende lo contrario: que los derechos no se poseen por el mero hecho de ser humanos, sino que deben ganarse, de modo que solo merecen un trato igualitario quienes “demuestran” ser útiles, productivos, normales.
Todo ello encaja con el neoliberalismo salvaje de los recortes en los servicios públicos y la eliminación de políticas de protección social. No es casualidad que la extrema derecha aplauda a personajes como Javier Milei o Donald Trump y sus políticas de destrucción del sector público. Estas políticas representan una dimensión más de una misma idea: la sociedad no debe garantizar la igualdad, sino premiar una meritocracia —aunque, como bien sabemos, en esa supuesta lucha meritocrática no todos parten del mismo punto de salida—.
En el modelo de sociedad del “sálvese quien pueda”, solo tienen cabida aquellos que han sido previamente validados por el mercado capitalista. Por eso, las personas con problemas mentales o físicos, las personas mayores sin recursos, o los inmigrantes sin papeles ni estudios que les permitan acceder al mercado laboral, quedan desplazadas y en exclusión social. También se excluye toda actividad sin beneficio económico como la filosofía, el arte o la literatura, y en general el conocimiento que no esté al servicio de la economía.
Esa competición y desconfianza hacia nuestros semejantes destruye las comunidades, porque antepone los intereses individuales a los colectivos, lo cual termina derivando, tarde o temprano, en un ataque a las instituciones públicas, que son las únicas que nos protegen de perder derechos básicos y que permiten que, aunque sea de forma precaria, nos mantengamos cohesionados como sociedad.
Así pues, considero que en el núcleo del pensamiento de extrema derecha subyace un pesimismo antropológico: esa premisa ya mencionada de que el hombre es un lobo para el hombre; es decir, la creencia de que la naturaleza humana es, por defecto, corrupta, egoísta y violenta.
Sócrates, a quien podemos situar en el mismo origen de la filosofía occidental, defendía lo contrario de Hobbes, y afirmaba que todos los seres humanos están dotados de razón, y que la maldad solo existe como fruto de la ignorancia. Esta premisa socrática, conocida como intelectualismo moral, confía en la capacidad humana de mejora a través de la educación y la razón, fundamento sobre el que se han construido los valores ilustrados que inspiraron ideales como la igualdad, la libertad y la fraternidad.
Resulta irónico que quienes defienden la pena de muerte o la cadena perpetua suelan presentarse como los únicos garantes de la civilización occidental, cuando todo lo que creen y defienden va en dirección contraria a los valores fundacionales del pensamiento de Occidente.



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