Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Por qué el Estado del bienestar no es caridad, sino cohesión social

Una reflexión pedagógica sobre inmigración, integración y seguridad en Europa

La convivencia en una sociedad depende de algo más que normas y sanciones. Requiere cohesión social. Este artículo reflexiona sobre cómo el Estado del bienestar actúa como una infraestructura educativa y democrática que reduce la “otredad” y favorece la integración.

 

Este artículo nace, en parte, de una pequeña frustración. Hace unos días, en una comida con amigos, maravillosos, por cierto, surgió una conversación sobre inmigración, seguridad y ayudas sociales. Teníamos puntos de vista distintos y, en un momento dado, fui consciente de algo: no estaba sabiendo explicarme bien. La visión de los derechos humanos no me servía, ya que me tachaban de buenista e intentaba ir por una visión más egoísta que pudiera calar mejor. A veces eso funciona. Pero intentar introducir en una sobremesa referencias a Homi K. Bhabha o a Antonio Gramsci probablemente tampoco ayudó. Más bien al contrario. Puede que resultara más intenso de lo necesario. Sirva esto también como una disculpa por la forma, no tanto por el fondo.

Con más calma, he querido ordenar las ideas. Porque creo que el debate público sobre inmigración, bienestar y seguridad se está simplificando bastante, y eso nos aleja de entender lo que realmente ocurre en nuestra sociedad.

El Estado del bienestar no debe entenderse únicamente como un sistema de ayudas económicas, sino como una estructura que sostiene la cohesión social. Su función principal es evitar que determinados grupos —por diversas circunstancias— queden desconectados del sistema económico y social. Es la estructura que permite que una sociedad no se desmorone bajo el peso de la desigualdad.

Para profundizar en por qué falla la integración, es útil acudir al teórico poscolonial Homi K. Bhabha. En su obra fundamental El lugar de la cultura, explica cómo construimos la «otredad»: la otredad no es un rasgo biológico, sino un proceso por el cual la sociedad dominante define a los demás como algo “ajeno” o “amenazante” para reafirmar su propia identidad (Bhabha 2002). Cuando el Estado se retira y fallan las políticas de bienestar, esa barrera de la “otredad” se vuelve de hormigón. El inmigrante deja de ser un vecino para ser un “otro” perpetuo. Si no existen mecanismos que permitan la hibridez[1] —un espacio donde ambas partes se reconozcan como ciudadanos con los mismos derechos y deberes— (Bhabha 2002), la diferencia se convierte en exclusión estructural.

La acumulación de factores como la pobreza y la segregación urbana genera espacios de exclusión donde los poderes del Estado pierden presencia efectiva. Los banlieues franceses llevan décadas siendo escenario de tensiones recurrentes (Eseverri-Mayer, 2023). Estos suburbios en las periferias de grandes ciudades como París, Lyon o Marsella se entienden mejor mirando su proceso de descolonización, especialmente con las comunidades de origen senegalés y magrebí. A causa de las migraciones producidas por esta descolonización se crearon guetos donde miles de ciudadanos no fueron reconocidos como “franceses de pleno derecho”, sino como una “otredad” permanente en la periferia. Esa falta de inversión social constante, o mal enfocada, ha hecho que la identidad de muchos jóvenes se construya en oposición a un Estado que sienten que los expulsó de antemano (Re y Georgeault, 2022).

Suecia, por su parte, ha sufrido un aumento de la criminalidad vinculada a bandas de narcotráfico (AFP, 2025), reclutando incluso a menores para trabajar para las bandas organizadas según investigaciones policiales (Misic, 2025). En la década de los 90, Suecia era una de las naciones más seguras del mundo, con un sistema del bienestar paradigmático; hoy el país se ha convertido en uno de los epicentros europeos de los tiroteos vinculados a bandas organizadas, como indica Paredes (2021). El factor determinante no fue la inmigración en sí, sino la falta de políticas de integración efectiva que evitaran la segregación. Más que un “vacío” absoluto del Estado, se trataría de un déficit en su capacidad de generar integración efectiva. Factores como la concentración de desventajas socioeconómicas, las dificultades de integración y la limitada movilidad social han favorecido la aparición de entornos donde las redes delictivas ofrecen alternativas de pertenencia a un grupo y recursos sociales. Este ejemplo se puede trasladar al auge de la extrema derecha, pero eso es otro tema… o quizá no.

Las ayudas sociales no se conceden por nacionalidad, sino por situación económica y vulnerabilidad, cuestión en la que siempre nos toca hacer pedagogía. Su objetivo es evitar la pobreza extrema y reducir las desigualdades que alimentan precisamente esa “otredad” de la que hablaba Bhabha. Cada euro invertido en evitar la marginalidad es un ahorro futuro en vigilancia y reparación de daños. No es caridad: es mantenimiento preventivo de la paz social y de la propia estabilidad del sistema. La prevención es más barata que la represión.

La seguridad no depende únicamente de la acción policial, sino de la estructura social. Para el filósofo italiano Antonio Gramsci, la estabilidad de una sociedad se basa en su capacidad de generar cohesión y consenso (Gramsci, 1981). Cuando hay empleo, educación y servicios públicos eficaces, el contrato social se fortalece y la conflictividad se reduce. Una sociedad es más segura cuantas menos personas quedan fuera del sistema.

Pero el elemento que más nos aleja de entender lo que realmente ocurre en nuestra sociedad va más allá de lo material, tiene que ver con la forma en que interpretamos la realidad y nos relacionamos con los demás. En este sentido, José Luis Sampedro sostenía que la opinión no era el resultado de un pensamiento crítico autónomo, sino una opinión mediatizada por los medios de comunicación. Explicaba —y considero que hoy en día somos más conscientes de ello— que los medios pertenecen a los poderes económicos y que, por tanto, los mensajes que difunden nunca resultan perjudiciales para las grandes empresas (Evole. En ese sentido, los argumentos que aparecían en aquella sobremesa —y que, en realidad, son bastante habituales en muchas conversaciones cotidianas— no surgen de la nada. Se apoyan en marcos interpretativos ampliamente extendidos, que se repiten hasta adquirir la apariencia de sentido común. Mis amigos son personas de buena voluntad y con gran empatía hacia los demás, pero como se trata de un discurso socialmente extendido y respaldado por una mayoría muy visible, es normal asumirlos sin ver del todo las implicaciones que pueden tener. Estos discursos que ahora se ven como si fueran de sentido común, hasta hace no tanto tiempo ocupaban un lugar mucho más marginal en el espacio público y político. Del mismo modo que Platón defendía la esclavitud o que en los años ochenta se aceptaban chistes sobre personas homosexuales o con discapacidades sin reparar en la crueldad que implicaban hacia parte de nuestros propios vecinos. El pensamiento público mediatizado hace que consideremos válidas cuestiones que, en otros momentos históricos, juzgaríamos socialmente inaceptables.

Y es precisamente esta opinión mediática, repetida y asumida sin cuestionamiento, la que permite que ideas excluyentes se presenten como sentido común. En la actualidad, y debido a que estos discursos han calado en la sociedad y han sido reproducidos por personas de distintos espectros políticos, especialmente por aquellas menos politizadas, se ha podido dar un paso más. Un ejemplo reciente es el pacto alcanzado esta misma semana en Extremadura entre PP y Vox. En dicho acuerdo, según se ha podido constatar en los medios, se ha situado en primer plano un concepto que podríamos calificar como claramente xenófobo y que, posiblemente, no habría adquirido tanta centralidad sin el refuerzo social generado por discursos aparentemente inofensivos como el de mi sobremesa. El concepto planteado para que el pacto prospere es el de “Prioridad Nacional”, una noción de carácter excluyente que establece una jerarquía cuya cima resulta difícil de vislumbrar.

Hace no tanto tiempo, Vox diferenciaba entre inmigrantes de primera e inmigrantes de segunda. —Hay otros migrantes, como los europeos o los estadounidenses, pero a estos se les denomina “extranjeros”—. Los africanos, como los marroquíes o los senegaleses, y especialmente los procedentes del África subsahariana, eran considerados inmigrantes de segunda categoría, construidos como “otredad”, ya que no comparten la misma lengua ni profesan nuestra religión. En cambio, los latinoamericanos eran vistos como inmigrantes con los que se podía “hacer nación”, ya fuera por la lengua común o porque no resultaba viable rechazar a los inmigrantes venezolanos que estaban llegando con sus recursos y con una ideología conservadora a ciudades como Madrid.

Pero hoy en día esa diferenciación ya no es posible. Según alegan, los venezolanos que han llegado con el dinero suficiente para adquirir propiedades en el centro de Madrid han contribuido a encarecer la vivienda, dificultando su acceso a la población española[2]. Y lo que antes se consideraba un grupo de inmigrantes “válidos” para nuestra sociedad, ahora deja de serlo. Con ello, Vox muestra que la escalera del rechazo no tiene un peldaño fijo y deja de ser estable cuando entramos en el plano de lo material. Y es aquí donde debemos mantenernos alerta: lo que hoy se presenta como “Prioridad Nacional” mañana podría dejar fuera de ese concepto a cualquiera de nosotros. No creo que, en pleno siglo XXI, sea necesario recordar las palabras del pastor luterano alemán Martin Niemöller: “Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada porque no era socialista…”.

Ante estas dinámicas, en las que lo social y lo político se entrelazan y generan nuevas formas de exclusión, resulta necesario detenernos a reflexionar sobre los elementos que sostienen nuestra cohesión como comunidad y diluyen la “otredad”.

Para no alimentar estos discursos de odio sin darnos cuenta, debemos tener algunos conceptos claros. Y uno de ellos, principalmente, es que el Estado del bienestar es una herramienta de cohesión. Su objetivo es evitar que la desigualdad se transforme en exclusión. Debemos entender que una sociedad es más fuerte cuando desmantela la “otredad” excluyente a través de derechos compartidos. Cuidar de los más vulnerables no es un acto de generosidad, sino la mejor inversión en nuestra propia tranquilidad.

Seguramente esto es lo que intentaba explicar con tanta vehemencia en la comida, aunque mis amigos, con mucha paciencia, solo quisieran disfrutar del postre en un día de Pascua.

 

 

Referencias

 

 

[1] La hibridez es un concepto tratado por Homi Bhabha en su libro, El lugar de la cultura, pero tiene su origen en los estudios culturales en el texto de García Canclini, Culturas híbridas (1980) (Ritter et al., 2011).

[2] Conviene recordar que, recientemente, Vox ha incorporado la vivienda como uno de los ejes principales de su discurso orientado a la clase trabajadora, siendo esta la excusa para destituir a Ortega Smith por Carlos Hernández Quero.

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