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Aurora, mi abuela

29/04/2026

A mi abuela Aurora le devolvieron una camisa vieja y un certificado de defunción “muerte por colapso cardiaco”. Corría el año 1942 y era todo su equipaje. Pero esto lo supe mucho más tarde.

Aurora Plaza Martínez había nacido en Fiñana (Almería) en junio de 1882. Tuvo catorce hijos, pero solo le sobrevivieron ocho. Cuatro hombres y cuatro mujeres. Murió en Terrassa el 28 de septiembre de 1960. Tenía 78 años. Todavía la recuerdo vestida de negro en la cama de mis padres, y lamento no haberle hecho más preguntas de su tiempo vital. Fue feliz con mi abuelo y durante su estancia en Santiago de Cuba, donde nacieron la mayoría de sus hijos. Regresaron en 1926. Pronto hará un siglo. Cuatro años más tarde, el poeta Federico García Lorca visitó Cuba y nos dejó su huella: Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba, iré a Santiago. Conservo la versión de Compay Segundo que me regaló mi padre de su último viaje a la isla. De Granada a la Luna, 1998.

Aurora, como muchos de sus hijos e hijas, añoraban los colores y sabores de Santiago, y también las músicas y guajiras. Un paisaje muy distinto al de los pueblos austeros de la vega del río Nacimiento en Almería. La República de los años 30 trajo escuelas y algunas esperanzas. Pero como decía mi madre la alegría dura poco en la casa del pobre. La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, aliada de la oligarquía y los militares africanistas, desmentía el pronóstico de Antonio Machado: ha de tener su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta.

Ella, la Aurora, fue una de nuestras heroínas, supo preparar pucheros para alimentar a una larga familia de hijos, hijas, yernos y nueras, y de nietos y nietas, y aprender a sobrevivir en el pueblo con lo poco que había. Más escaso para los derrotados. “Para los hijos de los rojos no hay nada”, le habían dicho a mi padre en la almazara. Manuel, supo que tenía que partir hacia el norte. Después llegaría mi abuela Aurora, y aquí murió de pena, añorando a su marido, al que nunca conocí. Tampoco a ella supe preguntarle, cosa que lamento. Por esta razón quise escribir un librito, Mi abuelo Crotato, cuando visité su tumba en Valladolid. Crotato Martínez Rosales, murió el 30 de marzo de 1942 —dos días después de la muerte de otro poeta, Miguel Hernández—, reposa en el cementerio del Carmen. Había sido condenado a 20 años de cárcel por defender el Gobierno de la II República. Su nombre está inscrito en el magnífico Libro de actas del I Congreso Internacional de la Desbandá. Un siglo de luchas populares antifascistas. El de mi abuela Aurora fue reivindicado este mes de febrero en la ciudad de Vícar (Almería), junto a otras mujeres de las huidas y las resistencias cotidianas. Una jornada entrañable.

Un mes más tarde, tejiendo memorias, me permitió conocer a Mª Pilar López Vera, nacida en Jaén, y tener el privilegio de participar, junto a Rosa Pérez, en la presentación de su libro en Terrassa. Francisco Merino. El alcalde de los Mantecaos. Nos habla de la isla de San Simón, y nos narra la historia de su bisabuelo, el último alcalde republicano de su pueblo, Pegalajar. Sus páginas sirven para dar respuesta a una inquietante pregunta: ¿por qué enviaban al Norte a la gente mayor a cumplir su condena? Sin calor de nadie y sin consuelo. Para matarlos.

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