Patricia Pallarés Ros. Estudiante, maestra de infantil, de primaria y madre de Benicàssim. CEIP Santa Àgueda.
He sido alumna de la escuela pública. Soy maestra de la escuela pública. Y también soy madre de dos hijos que cada mañana cruzan las puertas de la escuela pública. Además, tengo la suerte de que esta escuela siempre ha sido la misma: la de mi pueblo, la de mi gente.
Cuando hablo de educación, no lo hago desde la teoría ni desde una ideología concreta. Lo hago desde la experiencia. Desde la vivencia de quien ha crecido, trabaja y confía el futuro de sus hijos al mismo sistema educativo. Para mí, como para cualquier madre, no hay nada más importante que ellos.
La escuela pública ha formado parte de todas las etapas importantes de mi vida. En ella aprendí a leer, a pensar, a convivir y a soñar. En ella ejerzo una profesión que me apasiona profundamente y que me da la oportunidad de sentirme agradecida cada día. Una profesión que me llena. Y en ella depositamos, como familia, la confianza de que nuestros hijos reciban una educación de calidad que les permita convertirse en personas libres, responsables y críticas. Porque esto es, precisamente, lo que más me gusta de la escuela: su capacidad para transformar vidas.
Cada día veo cómo niñas y niños llegan al aula con historias, capacidades y necesidades muy diferentes. Veo cómo aprenden a convivir, a respetar, a equivocarse, a esforzarse y a descubrir quiénes son. Veo cómo desarrollan habilidades académicas, pero también emocionales y sociales. Y tengo la inmensa suerte de formar parte de este proceso y de acompañarlos en el camino.
La infancia siempre ha ocupado un lugar muy importante en mi vida. Creo firmemente que una sociedad se define por cómo trata a su infancia. La infancia es el presente, pero también el futuro de nuestros pueblos, de nuestras ciudades y de nuestro país.
De aquí nace una preocupación profunda por todo aquello que afecta a su educación.
Me preocupa cuando las ratios son demasiado elevadas para atender adecuadamente al alumnado. Actualmente tengo un grupo de 26 niños y, si repartiera de manera matemática una sesión de 45 minutos entre todo el alumnado, dispondría de apenas 1 minuto y 44 segundos para atender a cada niño de manera individual. La educación, evidentemente, no funciona así, pero esta cifra refleja con claridad una realidad que vivimos cada día.
Me preocupa cuando faltan recursos para la inclusión porque, en muchas ocasiones, sentir que no puedo atender a parte del alumnado como necesita me rompe el alma.
Me preocupa cuando las bajas no se cubren con rapidez porque el tiempo perdido nunca se recupera.
Me preocupa cuando las infraestructuras presentan carencias que hace años que esperan una solución y aquellas personas que tienen la responsabilidad de actuar no nos escuchan o miran hacia otro lado.
Me preocupa cuando los docentes dedicamos cada vez más tiempo a tareas burocráticas que, a menudo, parecen alejarnos de aquello para lo que realmente estamos aquí: educar, acompañar y enseñar.
Me preocupa especialmente cuando estas reivindicaciones se intentan reducir a un debate político. Porque, para muchas personas que trabajamos en la educación, esta lucha no va de política. Va de DERECHOS. Va de DIGNIDAD. Va de defender las condiciones necesarias para poder ofrecer la educación que nuestro alumnado merece.
La educación no debería convertirse en un campo de batalla ideológico. La educación debería ser un espacio de encuentro donde el objetivo común fuera garantizar las mejores oportunidades posibles para toda la infancia, independientemente de su origen, situación económica o circunstancias personales. La educación tiene que ser la herramienta que permita a cada niño y a cada niña construir un futuro mejor, ampliar horizontes y disponer de oportunidades que quizás generaciones anteriores no tuvieron. En mi caso, así ha sido.
Nuestro trabajo no consiste en decirles qué tienen que pensar. Consiste en darles herramientas para que aprendan a pensar por sí mismos. Nuestro trabajo es enseñarles a buscar, analizar y contrastar información; a argumentar con respeto; a escuchar opiniones diferentes y a desarrollar un espíritu crítico que les permita tomar decisiones libres y responsables en el futuro.
Precisamente por eso resulta tan importante proteger la escuela de la confrontación política permanente. Tan importante como proteger la escuela es valorar la profesión docente.
Durante años hemos asistido a una progresiva pérdida de reconocimiento social hacia una profesión que tiene una enorme responsabilidad. Educar implica mucho más que enseñar contenidos. Implica acompañar procesos vitales, gestionar emociones, atender realidades complejas, colaborar con las familias, adaptarse constantemente a nuevos retos y asumir responsabilidades que, en muchas ocasiones, van mucho más allá de lo estrictamente educativo.
Reivindicar mejores condiciones laborales no es un acto de egoísmo. Y hacer huelga tampoco lo es. Nadie deja de acudir a su puesto de trabajo por comodidad. Cuando una docente o un docente decide secundar una huelga, sabe que perderá una parte de su salario y que tendrá que asumir críticas e incomprensiones. Lo hace porque considera que existen situaciones que afectan directamente a la calidad educativa y que merecen ser defendidas.
Pedir más recursos, infraestructuras adecuadas, plantillas suficientes o una remuneración justa no es un privilegio. Es una NECESIDAD.
Porque las condiciones de aprendizaje del alumnado están directamente relacionadas con las condiciones de trabajo de las personas que les acompañamos cada día. Cuando defendemos una educación pública mejor, no estamos defendiendo únicamente nuestros derechos como profesionales. Estamos defendiendo el derecho de nuestro alumnado a recibir la atención que necesita y merece.
Como docente, me preocupa mi profesión. Como madre, me preocupa el futuro de mis hijos. Y como ciudadana, me preocupa la sociedad que estamos construyendo. Para mí, esta defensa de la escuela pública es una responsabilidad personal y colectiva.
Esta realidad nos lleva a una reflexión más amplia: la necesidad de cuidar aquello que es público. La escuela pública es uno de los mayores instrumentos de igualdad que tiene una sociedad democrática. Es el lugar donde convivimos personas de diferentes realidades, donde aprendemos a respetarnos y donde construimos comunidad. Es la escuela que abre puertas, que ofrece oportunidades y que permite que el origen de una persona no determine necesariamente su destino.
Por eso tenemos que protegerla, porque cuando se debilita la escuela pública, perdemos todos y todas. Perdemos oportunidades. Perdemos cohesión social. Perdemos parte de aquello que nos une como sociedad.
Como estudiante, la escuela pública me ayudó a crecer. Como maestra, me permite contribuir cada día a construir futuro. Como madre, deseo que continúe siendo un espacio de oportunidades para mis hijos y para toda la infancia que vendrá detrás.
Por eso continuaré defendiendo una educación pública de calidad. No por ideología, sino por convicción. Porque creo en la infancia, porque creo en la educación y porque creo en aquello que es público. Porque el futuro de nuestros pueblos, de nuestras ciudades y de nuestra sociedad empieza cada mañana detrás de la puerta de una escuela.
Y porque la dignidad de una sociedad también se mide por el valor que concede a su escuela.



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