Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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MI HISTORIA COMO MAESTRA: UNA VIDA DE LUCHA POR LA EDUCACIÓN Y EL VALENCIANO

Maria Josep Almela Sáez Maestra de infantil.  CEIP SANTA ÀGUEDA DE BENICÀSSIM 

Tengo 62 años y soy maestra. Este simple dato biográfico cierra toda una época: la de quienes estudiamos en la EGB, amontonados en aulas con más de 40 alumnos, en una España que todavía no conocía la democracia. Cursé BUP en el instituto femenino de mi ciudad —sí, femenino, porque así eran las cosas entonces—, donde pude asistir en horario por la mañana hasta segundo curso. Sin embargo, tercero y COU tuve que cursarlos en horario nocturno: las necesidades económicas familiares me obligaron a trabajar durante el día, sacrificando mi juventud en el altar de la supervivencia.

Cuando finalicé COU, mi trayectoria académica se detuvo abruptamente. No por falta de deseo o capacidad, sino por las circunstancias: Castelló carecía de universidad y, aunque en la Escuela Normal se impartía Magisterio —precisamente el que mi corazón anhelaba—, mi situación laboral me impedía acceder a ella. Así quedaron truncados, temporalmente, mis sueños de ser maestra.

El silencio impuesto a una lengua 

En mi hogar se hablaba castellano. Mi padre era de aquí, pero mi madre había nacido en Granada, y en aquellos tiempos las casas adoptaban la lengua materna de la madre como idioma vehicular. A esto se sumaba un factor determinante: la dictadura franquista había prohibido el valenciano en todo el Estado. En la escuela, su enseñanza era impensable —ni siquiera se contemplaba como posibilidad— y los maestros nunca lo utilizaban en clase. Imagino que, en la intimidad de la sala de profesores, algunos se permitirían recuperar su lengua materna, pero ante los alumnos, el silencio lingüístico era absoluto.

El despertar de una conciencia

Cuando Franco murió y la democracia empezó a abrirse a nuestro país, surgieron movimientos de protesta y reivindicación por todas partes. Con la edad que teníamos entonces, ¿cómo no sumarnos a esa ola de cambio? Un grupo de amigos y amigas nos propusimos recuperar el que nos habían arrebatado: buscamos un profesor que nos enseñara el valenciano normativo y nos lanzamos en las calles en una pequeña guerrilla lingüística, pegando etiquetas con textos en valenciano sobre los letreros oficiales. «Telfon» en lugar de «teléfono» en las cabinas telefónicas… Pequeños actos de rebeldía que hoy pueden parecer anecdóticos, pero que entonces representaban una declaración de identidad. `

Fue en ese contexto cuando tomé una decisión en casa. Me planté ante mi padre y le dije con determinación: «A partir de ahora me hablas en valenciano». Él, desconcertado, me respondió: «Pero hija, no me saldrá porque estoy acostumbrado a hablarte en castellano». Mi respuesta fue categórica: «Pues, no te contestaré». Y cumplí mi palabra.

A partir de ese momento, mis hermanos y yo establecimos con nuestro padre una comunicación en valenciano. Sin embargo —y este es un dato revelador de cómo funcionan las dinámicas lingüísticas familiares—, entre nosotros tres continuamos hablándonos en castellano, la lengua con la cual habíamos crecido, la lengua de nuestra madre. Quiero dejar claro con esto que no albergo ningún odio hacia el castellano; no tengo ningún problema a hablarlo y forma parte de mi identidad. Pero defiendo el valenciano con una convicción indestructible y reivindico una escuela en valenciano, porque es un derecho que nos fue negado y que no podemos permitir que se pierda.

El sueño cumplido 

Pasaron los años y, finalmente, ya en la madurez, pude realizar mis estudios de Magisterio en Educación Infantil. Fue una etapa de inmensa ilusión y enorme esfuerzo: completé curso por año, sin pausas ni descansos, y aprobé las oposiciones a la primera convocatoria. Mientras todos me felicitaban por el logro, yo solo podía pensar en una cosa: al fin iba a ejercer mi profesión, al fin iba a entrar en un colegio como maestra, ante niños y niñas únicos, diferentes entre sí, cada uno con sus particularidades, sus historias, sus necesidades.

Empecé a trabajar —aunque para mí nunca fue «trabajar» en el sentido convencional— con una mezcla de ilusión desbordante, ganas infinitas y, también, un miedo reverencial y un profundo respeto por la responsabilidad que asumía. El destino quiso que empezara precisamente en el colegio donde yo había estudiado de pequeña. Todo había cambiado: las ratios eran muchísimo más bajas, el ambiente era más participativo e inclusivo, el aprendizaje se había vuelto práctico y vivencial, el trato con el alumnado y las familias era más próximo y humano… y, por fin, se estudiaba en valenciano. Era cómo si el círculo se cerrara de la manera más bella posible.

La desilusión del presente 

Continúo manteniendo las mismas ganas e ilusión en mi día a día en el colegio, pero tengo que confesar que, a veces, ya no siento que voy a la escuela: siento que trabajo. Y esa diferencia es abismal. En los últimos años, el ambiente se ha enrarecido de manera preocupante. ¿La razón? La administración nos lo está poniendo extraordinariamente difícil. Ya no podemos ejercer nuestra vocación con plenitud a causa de la subida de las ratios, se nos exige una inclusión real pero sin proporcionarnos los recursos humanos necesarios, la burocracia devora gran parte de nuestro tiempo de trabajo —ese tiempo que tendría que estar dedicado a los niños y niñas—, las condiciones meteorológicas están cambiando drásticamente pero las infraestructuras de los centros permanecen ancladas en el pasado…

¿Cómo es posible que profesionales jóvenes que están empezando en el mundo de la educación ya se encuentren quemados? ¿Cómo puede ser que tengan que librar batallas diarias simplemente para garantizar el bienestar básico de su alumnado? Esto no tendría que ser así.

Una lengua en peligro, otra vez 

Y no puedo dejar de mencionar la famosa Ley de Libertad Educativa. El valenciano, por el cual tanto luchó mi generación, por el cual nos jugábamos la relación con nuestros padres, por el cual salíamos a las calles, está nuevamente en peligro. Se le trata como si fuera una lengua muerta, un vestigio del pasado sin valor ni futuro. Y las consecuencias son devastadoras: en los colegios se están formando clases gueto. Aquí confluyen varios problemas que se retroalimentan: el desprecio sistemático hacia nuestra lengua y el desprecio absoluto hacia los criterios pedagógicos que los profesionales utilizamos para configurar las aulas de manera equilibrada y educativamente coherente.

Mi legado 

Me gustaría que mi legado en la escuela fuera precisamente esto: mis ganas de lucha, mi negativa al conformismo, mi disposición permanente a desafiar lo establecido cuándo lo establecido es injusto. Quiero que quede claro que la comunicación con las familias no es una mera formalidad administrativa, sino un lazo fundamental, un puente imprescindible para que la educación tenga sentido. He aprendido que educar no es solo transmitir conocimientos, sino defender valores, preservar identidades y, sobre todo, no rendirse nunca ante quienes pretenden convertir la escuela en una fábrica de conformismo.

Después de 62 años de vida y décadas de lucha, continúo creyendo que la educación puede cambiar el mundo. Pero solo si nos dejan ejercerla con dignidad, con recursos y con respeto hacia nuestra lengua y nuestra profesión.

 

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