Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

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Lavanda y Revolución

11/07/2026

Llegar a Torrellas es como llegar al pueblo más pequeño y más grande de Aragón. Un pueblo lleno de murales y grafitis, que en verano se llena de jóvenes diversas. Algunas llegan por primera vez y otras repiten verano tras verano. Y aunque pueda parecer lo mismo, nunca es igual.

Llegar a Torrellas, llegar al centro de formación la nave, es cambiar tu vida.

Es un sitio que nunca te deja indiferente. No sólo vas a jugar, a pasártelo bien, a disfrutar del buen tiempo en verano o a bañarte en la piscina. Es un lugar en el que aprendes.

Yo llegué con 16 años y ahora tengo 20. Puede no parecer mucho tiempo si lo lee una persona adulta. Pero para mí, lo ha cambiado todo. Era un espacio donde vi que todas podíamos ser, daba igual de donde viniéramos, nuestras notas, el dinero de nuestros padres; todo eso daba igual, porque al final todas dormíamos en las mismas camas y nos sentábamos en las mismas sillas.

Si hay algo de lo que estoy orgullosa, de estar aquí con chavales y chavalas más jóvenes que yo, es ver cómo crecen en ellas las dudas. De ver el poder que tiene la convivencia en espacios no formales. De cómo educamos en el respeto, la tolerancia, la libertad, la diversidad… Me gusta pensar que lo que para mí ha significado, pueda significarlo para más gente. Que de verdad marcamos la diferencia.

Y a veces no es fácil, no todo es felicidad en un movimiento. A nadie nos hace gracia despertarnos a las 8:00 de la mañana 20 días seguidos. Limpiar bandejas durante una hora y media. Tener que soportar el calor mientras andas a algun pueblo de cerca que no te apetece ver. Talar árboles en el campo de voluntariado cuando se supone que tú ibas a estar dando sesiones en un aula.

Pero aún todo esto, es bueno.

Porque te levantas a las 8 de la mañana con un beso en la frente de tu amiga, que ha estado toda la noche despierta. O te despiertan con sonidos de trompetas y te crece un odio interno, pero hasta eso lo echas de menos cuando vuelves a casa. Y limpias al ritmo de la raíz mientras descubres la vida de otras 5 personas. Aparte de poder recibir un helado de la cocinera cuando terminas el turno, para después darte una ducha que sabe a gloria.

Por no decir lo maravilloso que es ponerte una gorra de ‘No a la violencia de género’ y poner el altavoz mientras te ríes con tu grupo. De camino a no sabes dónde, pero viendo la naturaleza y respirando un aire sin contaminación.

Mucho puedo decir del campo del voluntariado, del hecho de talar árboles y preguntarme por qué no me había ido a casa. Creo que esto merece explayarse, porque el COVID ha hecho mella en todas nosotras y tiene que quedar reflejado.

El segundo día de las confluencias de verano de 2021 tuvimos que mandar a casi todos a sus casas. Solo se quedó el grupo del campo de voluntariado y tres monitoras, entre ellas yo. Fue un día muy duro, con muchos lloros, muchas miradas de pena y muchos abrazos que no pudimos dar. Y ahí nos quedamos, tres monitoras con un grupo de 20 chavales, el director del campamento y otras dos monitoras confinadas en habitaciones pequeñas. Aparte del personal que preparaba la comida y limpiaba el albergue.

Parece una situación trágica, y la verdad que lo fue, no os voy a engañar. Pero no sé si podré transmitir lo bonito que fue a la vez. Porque se demostró que no solo éramos compañeras, sino que somos una pequeña familia. En Torrellas no solo haces amistades de tomarte un café, sino de cogerte trenes para irte a verlos a sus pueblos. Y ese verano demostramos que juntas podíamos con todo. Se vio lo mucho que significaba el hecho de una nota que pasa por debajo de la puerta diciendo lo maravillosa que eres. O cantar un villancico para que se asomen a la ventana.

Todo lo que hacíamos, todo lo que hacemos, es porque si hay algo que sentimos, es que podemos llamar a esto hogar. Decir en voz alta y sin miedo que somos parte de algo más grande que nosotras. Aquí no sólo me he enamorado de la vida, sino de un pueblo en la falda del Moncayo y de mí misma. Me he enamorado de todas las personas que están en mi vida gracias a ese verano de 2018. Y también a aquellas que ya no están, pero me enseñaron a ser un poco más yo.

Da igual los años que tengamos, porque aquí siempre seremos jóvenes intentando cambiar el mundo. Siempre tendremos un hogar al que volver. Una hermana a la que llamar para que vaya a tu casa a dormir cuando estás triste. Un hermano al que contarle cómo te ha ido el día al tumbarte en la cama. Una familia con la que hacer una coreografía en el bar.

Antes de atravesar su verja, hay unos setos de lavanda. Un año cogí un trozo y lo guardo con cariño en mi casa. Y no sé, pero creo que ahora la lavanda huele a revolución.

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