La Navidad es un momento del año que me genera muchas dudas. Si bien de entrada podría aparentemente ser una época entrañable, llena de buenos deseos y turrones, también es la ocasión idónea para los mayores despliegues de hipocresía.
No voy a entrar, porque no quiero que el lector se muera de aburrimiento, en una larga historia de la tradición navideña. Dejemos esa disertación para otro momento. Creo que basta con decir, como ya la mayoría sabe, que el origen pagano de la celebración del 25 de diciembre tiene que ver con el Sol. El astro será más visible pasado el solsticio de invierno, de forma que el día empieza a derrotar a la noche. Sin duda, este fenómeno natural el que inspiró al emperador romano Aureliano, proclive a promover el monoteísmo solar: el culto a la figura del Sol Invictus. Obviamente, esta jornada festiva se cristianizó y se asoció con el nacimiento de Jesús de Nazaret, que con toda probabilidad no nació en diciembre. Belén, en la actual Palestina, sería el lugar donde nacería en un humilde portal el líder de los cristianos.
Pero no nos engañemos, en la actualidad la Navidad no es ni una fiesta solar ni tampoco cristiana. Las jornadas navideñas son actualmente una oda al consumismo más disparatado, con una enorme influencia de la cultura estadounidense. Santa Claus, el árbol, los anuncios de perfumes, los regalos y las comidas copiosas poco tienen que ver con la original tradición cristiana de la misa del gallo y el canto de la Sibila que anuncia que el apocalipsis es inminente. Por si fuera poco, en mitad de una bacanal de gambas y canelones, es un momento de glorificación acrítica de la institución familiar. Y, por tanto, en la televisión debe hacer acto de presencia la familia por antonomasia, la familia real. Felipe, como lo hacían Juan Carlos y también Franco, desea felices fiestas a la plebe y lanza algún puñal de forma muy sutil.
Desgraciadamente, en Cataluña tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos en estas fechas tan señaladas. En Badalona, el alcalde Albiol no ha tenido reparo en protagonizar una pesadilla fascista antes de Navidad.
El desalojo del antiguo instituto B9 de Badalona, ejecutado a mediados de diciembre por los Mossos d’Esquadra en cumplimiento de una orden judicial, ha dejado en la calle a unas 400 personas, en su mayoría migrantes subsaharianos que vivían desde hacía años en el abandonado edificio. El alcalde Albiol, supuestamente democristiano, ha justificado la actuación por motivos de seguridad y también por la falta de salubridad del inmueble, considerado en riesgo estructural. Tras el desalojo, muchos de los afectados pasaron a dormir en la vía pública, bajo puentes o en asentamientos improvisados, mientras sonaba una alarma por lluvias intensas en una ciudad con riesgo de inundación.
Algunos vecinos de la populosa villa de Badalona, más preocupados por la intensidad del brillo de las luces de navidad que por la salud de las 400 personas condenadas a pasar una fría nochebuena en calle, insultan repetidamente a cualquiera que cuestione la actuación municipal. “Si tanto os gustan, os los lleváis para vuestra casa”. Una frase que básicamente viene a significar «no es mi problema”. Odio, mezquindad, falta de empatía son los ingredientes del festín navideño de la extrema derecha.
Pero donde hay poder hay resistencia. Centenares de personas se han movilizado para ayudar y dar cobijo en la medida de lo posible a la situación generada por el desalojo masivo. En la España del pogromo de Torrepacheco y la Cataluña de Orriols, todavía existe la solidaridad. Seguramente, aunque sean ateas, laicas y republicanas, las personas que luchan por el derecho a la vivienda estén más cerca de la doctrina cristiana original que aquellos que presumen de odiar al diferente y comer mucho jamón. Al final, el día consigue derrotar a la noche. Ojalá que la luz de la solidaridad consiga también derrotar a la noche de la reacción.



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