Ayer se cumplían diez años del referéndum griego convocado por el gobierno de SYRIZA. Este referéndum, ganado en las urnas con el voto popular y obrero, con más del 61% de los sufragios, fue sin embargo perdido en la lucha de poder europea. La entonces denominada Troika (el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el FMI) se impuso mediante tácticas de terror financiero, obligando al gobierno del primer ministro Alexis Tsipras a aceptar las draconianas condiciones de un tercer memorándum que supuso una derrota sin paliativos para la clase obrera griega, entonces punta de lanza de la contestación democrática europea frente a las oligarquías.
¿Por qué volver, entonces, a reflexionar sobre esta derrota? Ya se ha escrito mucho, y con acritud, por parte de los principales protagonistas. En el ámbito de la izquierda griega, Costas Lapavitsas, Yanis Varoufakis, Stathis Kouvelakis o Éric Toussaint resumen en gran medida las principales posiciones. Pero diría que el principal motivo es que la autodeterminación griega evidenció de forma abrasadora el carácter imperial de la Unión Europea, su deriva autoritaria y la disposición de su oligarquía a adoptar métodos dictatoriales para defender el régimen. Justamente, por el final de Tsipras como una suerte de Alexander Dubček del bloque occidental al aceptar el tercer memorándum.
De todos modos, las luchas de la clase obrera griega —y de su gobierno— ilustraban un concepto de autodeterminación fundamentalmente distinto del que se elaboró en el proceso soberanista catalán, razón por la cual puede ser interesante observar sus diferencias. Ya que, de este modo, tal vez podamos ver con más claridad nuestras propias carencias y, a la vez, los enormes retos pendientes.
La Troika externa: el imperialismo europeo
Sería un error ver el referéndum griego simplemente como resultado de las tensiones institucionales entre el gobierno de Syriza y la Troika. El 5 de julio de 2015 fue precedido por una maratoniana y absurda ronda de negociaciones en la que la Troika simplemente pretendía desgastar al gobierno griego hasta que agotara su liquidez financiera y se encontrara más débil, de tal forma que no tuviera más remedio que aceptar las condiciones más humillantes.
La guerra económica de la Troika comenzó desde el primer minuto en que Syriza ganó las elecciones, el 25 de enero de 2015. Syriza —cuyo líder, Tsipras, fue calificado de loco tres veces en un editorial de El País ese mismo enero— era la expresión mayoritaria de la clase obrera griega y no solo representaba sus esperanzas e identidad, sino que había codificado sus demandas en un programa en el llamado Congreso de Salónica —celebrado a finales de 2014. Un programa que, de implementarse, suponía una contestación sin precedentes en el jardín europeo. El programa, el partido y la popularidad de su líder eran el resultado de más de cuatro años de lucha brutal contra el primer y el segundo memorándum impuestos por la Troika para obligar a los griegos a pagar la deuda externa. Entre el primer memorándum, 2010, y el segundo, 2012, se realizaron más de 30 huelgas generales, llegando en algunos momentos a una huelga general cada tres semanas. La lucha de clases alcanzó niveles inéditos en el paraíso europeo del siglo XXI: el uso del ejército contra los huelguistas volvió a producirse, y el neofascismo en forma de Amanecer Dorado irrumpió con un molde absolutamente neoclásico —con el chauvinismo racial por bandera, el apoyo directo de la oligarquía naviera griega y la militancia de policías, soldados y miembros de los servicios secretos en sus filas. Cuando en junio de 2012 el portavoz de Amanecer Dorado, Ilias Kasidiaris —un matón, exmiembro de la élite del ejército de tierra y nieto de un colaborador con los ocupantes nazis— golpeó en directo a la diputada comunista Liana Kanelli, simplemente se consagraba en los platós la virulencia de la lucha de clases: con los nazis reventando las huelgas sindicales agrediendo a sus militantes, los ataques contra la clase obrera racializada en el puerto del Pireo y en las plantaciones agrícolas del Peloponeso (como en el pueblo de Manolada, al disparar contra las jornaleras sin papeles), o el miserable asesinato del rapero de izquierdas, Pavlos Fyssas, por orden directa del líder de Amanecer Dorado, Nikolaos Michaloliakos.
Los imperialistas tenían en Grecia a sus colaboracionistas internos: los neonazis representaban simplemente su brazo armado y violento, mientras que los partidos tradicionales —Nueva Democracia y el PASOK— representaban un colaboracionismo encorbatado y civil. Contra el imperialismo europeo, la lucha de clases en su máximo exponente tomó un claro sesgo hacia la lucha de liberación nacional —de hecho, las negociaciones más duras del ministro de Finanzas griego, Varoufakis, fueron con el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble. Pero esta lucha de liberación nacional venía mediada por la presencia activa de la clase obrera mediante más de 30 huelgas generales. En consecuencia, la liberación nacional tomaba desde el inicio a la llamada Troika interna como objetivo inmediato.
La Troika interna: el colaboracionismo de la burguesía nacional
El establishment de partidos, el circo mediático financiado por la oligarquía naviera y el funcionariado estatal griego conformaban el esqueleto de un bloque colaboracionista con el imperialismo europeo, ya que de él extraían sus propias rentas. Los Juegos Olímpicos de 2004 supusieron el prólogo de este dominio corruptor del que se benefició la burguesía griega —y el maquillar las cuentas de ese desastre financiero especulativo, el inicio, en parte, del enorme endeudamiento griego. Las empresas alemanas y francesas sobornaban ministros del PASOK o de Nueva Democracia con total impunidad para asegurarse todo tipo de adjudicaciones, concursos públicos y empresas privatizadas; la oligarquía naviera se conformaba con el control de los puertos estratégicos griegos, y el funcionariado civil obtenía de la corrupción su propia renta.
Todo este bloque mostraba la estrecha conexión entre las élites locales y la oligarquía europea, de modo que la liberación nacional, liderada por la clase obrera, atacaba al mismo tiempo a los imperialistas europeos y a la burguesía nacional. La lucha contra las privatizaciones durante el primer y segundo memorándum era la concreción práctica de esta orientación de la clase obrera. Mientras la burguesía estatal no tenía problema en privatizarlo todo y obtener una parte del excedente o alguna participación accionarial, por mínima que fuera, la clase obrera era la única clase nacional dispuesta a defender el Estado del bienestar. De ahí que, cuando la oposición activa en forma de huelgas tomó forma política en Syriza y su programa de Salónica se concretó en un ambicioso plan de reconstrucción, este incluyera una ofensiva fiscal directa contra el fraude de la oligarquía naviera.
En definitiva, la autodeterminación griega mostraba desde 2010 una lucha por la soberanía encabezada por la clase obrera, que en el plano nacional apostaba de forma inmediata por la redistribución de la riqueza, mientras que en el plano internacional tomaba un impulso antiimperialista. Recuerdo que en 2015, durante las maratonianas reuniones en Bruselas entre el gobierno griego y la Troika, una diputada griega expresó la esperanza de que si Grecia ganaba, podría convertirse en la Venezuela de Europa.
Vale decir, por tanto, que el proceso soberanista griego presenta diferencias más que notables con la gestación, la dirección y los objetivos del proceso soberanista catalán.
Dos conceptos de autodeterminación
Así pues, aunque el referéndum de 2015 se consumara con una derrota buscada por todos los poderes imperiales, ofrece al mismo tiempo una nítida definición de clase de la autodeterminación. El proceso soberanista catalán también coincide en este aspecto: primero, porque la represión del 1 de octubre contó con la aquiescencia de los poderes imperiales europeos —y de los padrinos yanquis—, y segundo, porque también ilustró una clara definición de clase, solo que de una clase distinta a la clase obrera. La pequeña burguesía —y no tan pequeña— dirigió el proceso soberanista catalán, sus objetivos y, en consecuencia, su programa. De ahí la ferviente adhesión de sus líderes a la Unión Europea, la OTAN y los Estados Unidos —recordemos a Puigdemont visitando servilmente EE.UU. en el verano de 2017 para conseguir el beneplácito del imperio.
Así, mientras el proceso soberanista catalán convivía sin problemas con la aplicación servil de la austeridad y el enriquecimiento descarado de todo tipo de lumpenburgeses —como el hermano de Artur Mas, como ejecutivo de una empresa, Panrico, en la que sus trabajadoras protagonizaron la huelga más larga de la historia de Cataluña—, practicaba formas de acción desganadas y a menudo teñidas de un notable chovinismo de clase: como en aquel momento inicial en que la andalusofobia y el anticharneguisme marcaban el tono tanto del conservadurismo independentista como de la socialdemocracia republicana independentista. Aunque posteriormente estos elementos se diluyeron algo y, ciertamente, se produjo la participación de sectores de la clase obrera, siempre fue de forma humillante y subordinada.
Es decir, la pequeña burguesía marcaba el tono de la liberación nacional y trasladaba a ella sus confusos objetivos: romper con España para resguardarse mejor bajo el yugo europeo e incluso bajo el mandato imperial yanqui —en este sentido, el fervoroso suspiro por la OTAN representa el acto de fe más incuestionado por parte de la derecha catalanista y la oligarquía autóctona, sea convergente o independentista.
Es evidente que, de haber tenido éxito, la pequeña burguesía solo habría logrado una balcanización básicamente favorable a los poderes imperiales atentos a lo que ocurre en la península ibérica, por su posición geográfica estratégica en las rutas comerciales, energéticas y militares —si pensamos, por ejemplo, en el corredor indispensable que supone el estrecho de Gibraltar para la marina estadounidense en su apoyo a Israel.
Por el contrario, el ejemplo griego reaviva la necesidad de construir un bloque internacional para derrotar con éxito a la oligarquía nativa y a los poderes imperiales. No por casualidad el 25 de enero de 2015, en las calles de Atenas, se oía aquella canción de Leonard Cohen: «First we take Manhattan, then we take Berlin».



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