Lydie Salvayre. ¡Nos gustan los domingos! Apología de la pereza y maldición de los defensores del trabajo (de los demás). El desvelo, 2025. 96 pág.

«La pereza es un arte sutil, discreto y beneficioso. Un modo feliz y amado por los poetas para resistir a los mandamientos que el mundo mercantil nos inflige con su vientre enorme y sus dientes carnívoros. Un instrumento de encanto y deleite tranquilo. Una música suave. Una manera ligera, golosa e infinitamente libre de habitar el mundo y de “aprovechar el día”, como nos exhortaba un tal Horacio.»
Un panfleto en toda regla, que, a pesar de su título, es un verdadero alegato contra el trabajo esclavo en un mundo consumista. Con lenguaje poético y sarcástico, recopila los principales argumentos de los pensadores que han reivindicado otra manera de entender la vida frente a los apologistas-del-trabajo-de-los-demás. Salvayre, en un diálogo consigo misma, nos hace ver lo que es evidente.
Hay libros que intentan convencernos de algo y otros que nos sacuden para que pensemos. Este pertenece claramente al segundo grupo.
Lydie Salvayre toma una idea provocadora —la defensa de la pereza— para lanzar una crítica feroz contra la obsesión contemporánea por el trabajo, la productividad y el rendimiento. Pero que nadie espere un elogio de la vagancia sin más. Lo que la autora cuestiona es una sociedad donde parece que solo merecen respeto quienes producen constantemente, mientras se desprecia el descanso, la contemplación o simplemente el derecho a perder el tiempo.
Con un estilo irónico, combativo y a menudo muy divertido, Salvayre arremete contra los discursos que glorifican el esfuerzo de los demás mientras quienes los defienden suelen disfrutar de privilegios que les permiten vivir bastante alejados de las penurias del trabajo cotidiano. De ahí el subtítulo: maldición de los defensores del trabajo (de los demás).
Es un libro especialmente atractivo para quienes sienten cierta desconfianza hacia la cultura del “siempre ocupados”, del éxito medido únicamente por la productividad o de la idea de que el valor de una persona depende de cuánto trabaja. No ofrece soluciones milagrosas, pero sí una invitación a recuperar el tiempo propio y a preguntarnos si vivimos para trabajar o trabajamos para vivir.
Un ensayo breve, inteligente y provocador que reivindica algo tan sencillo y tan revolucionario como el derecho a disfrutar de un domingo sin sentirse culpable.



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