El racismo es una estructura histórica
Acabo de descubrir a un autor gracias a la recomendación en una conversación en verano. Intentaré hacer un resumen del que él explica. El autor se Ramón Grosfoguel, sociólogo y activista puertorriqueño perteneciente al Grupo modernidad/colonialidad del Departamento de Estudios Étnicos de la Universidad de California a Berkeley.
Cuando hablamos de racismo en la sociedad española actual, la tendencia mayoritaria del análisis es reducirlo a un problema de intolerancia individual, de actitudes xenófobas o de prejuicios morales.
Pero el racismo no es una disfunción moderna, sino el elemento constitutivo y fundacional del mundo capitalista-patriarcal-occidental que se empezó a forjar a finales del siglo XV.
El racismo que hoy se manifiesta en nuestras fronteras, en nuestros barrios y en nuestras instituciones tiene una genealogía muy concreta que empieza, precisamente, con la constitución de la monarquía católica y la expansión imperial de 1492.
1. El fin de Al-Andalus y la «Pureza de Sangre»
La historia española se ha construido sobre el mito de la Reconquista contra una supuesta invasión musulmana, una narrativa que distorsiona profundamente el pasado. En el territorio de Al-Andalus existió una coexistencia entre varias identidades y espiritualidades (judíos, musulmanes y cristianos) que quedó violentamente interrumpida.
A medida que la monarquía católica iba conquistando territorios, imponía por la fuerza el código de un estado, una religión, una identidad. Aquellos que no encajaban en este nuevo patrón estatal eran o bien exterminados, expulsados o forzados a convertirse al cristianismo.
Se empezó a vigilar estrechamente las poblaciones judías y musulmanas convertidas por decreto (los conversos). La sangre acontecía el marcador de sospecha: tener un antepasado no cristiano implicaba una vigilancia permanente ante el temor que estuvieras fingiendo la conversión. Se asentaron las bases organizativas del Estado moderno: la homogeneización forzosa y la persecución de la diferencia.
2. 1492 y la invención de los «Pueblos sin alma»
El año 1492 marca un abismo histórico. El 2 de enero cae el sultanato nazarí de Granada, el último reducto de Al-Andalus, y poco después se aprueba el decreto de expulsión de los judíos. Con el territorio unificado bajo el poder de la monarquía católica, se inicia el proyecto de expansión hacia las Américas.
Al llegar en el Caribe, Colón escribe en su diario una frase: los indígenas son descritos como «pueblos sin religión». En el imaginario cristiano de la época, tener una religión —aunque fuera la equivocada— equivalía a ser humano y tener alma. En cambio, ser categorizado como un «pueblo sin religión» implicaba no tener Dios, y por tanto, no tener alma.
Esta fue la primera forma de racismo en el mundo. No se construyó sobre el color de la piel (que vendría más tarde con la justificación de la esclavitud africana), sino sobre la línea divisoria de la humanidad: quién tiene alma y quién es un simple animal de la natura.
Así mismo, es en este proceso de expansión colonial donde nacen las mismas categorías identitarias que hoy nos parecen naturales: antes de 1492, nadie en las Américas se definía como «indio», nadie en la África como «negro» y nadie a Europa como «blanco».
3. De Valladolid a la actualidad: Las dos caras de la misma moneda racista
A mediados del siglo XVI, el debate teológico sobre la naturaleza de los indígenas se formalizó en la célebre Disputa de Valladolid entre Joan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas. Este debate fijó las dos grandes narrativas racistas que todavía hoy articulan el pensamiento occidental:
1. La posición de Sepúlveda (Racismo Biologicista): Argumentaba que los indígenas no tenían alma, eran «bárbaros» por naturaleza (justificándolo en el hecho que no conocían la propiedad privada ni el comercio, mostrando ya una lógica plenamente capitalista) y podían ser esclavizados legítimamente. Durante el siglo XIX, esta postura de «pueblos sin alma» se transformó en «pueblos sin el código genético o el ADN» adecuado, dando lugar al racismo biológico clásico.
2. La posición de Las Casas (Racismo Culturalista): Sostenía que los indígenas sí que tenían alma, pero que se encontraban en una etapa de inmadureza infantil. Por lo tanto, no se los tenía que esclavizar, sino cristianizar y tutelar. En el siglo XIX, esta posición se transformó de «cristianizar los bárbaros» a la misión de «civilizar los pueblos primitivos».
Hoy en día, el racismo culturalista heredado de Las Casas es lo más prevalente en el Estado español: ya no se habla de superioridad biológica, sino de pueblos que «no se integran», que tienen «culturas incompatibles con nuestros valores democráticos» o que necesitan ser «educados y civilizados» para poder ser aceptados. Es la misma noción de tutela paternalista que mantiene la línea divisoria entre quien es plenamente humano y quien necesita ser «ayudado» a serlo.
4. La destrucción sistemática otras formas de vida y de conocimiento
El autor señala que la modernidad occidental no se fundó sobre el progreso pacífico de las ideas, sino sobre la destrucción sistemática otras formas de vida y de conocimiento, un proceso que Boaventura de Sousa Santos denomina epistemicidi. Grosfoguel identifica cuatro genocidios y epistemicidios originarios entre los siglos XV y XVI que explican nuestro presente:
1. Contra judíos y musulmanes a Al-Andalus: Acompañado de la quema de bibliotecas (como las de Córdoba y Granada), donde se destruyó el conocimiento científico, médico y filosófico de una civilización entera. El conocimiento superviviente fue plagiado, desnudado de sus orígenes y rebautizado como «ciencia inherentemente europea» para construir el mito de su superioridad intelectual.
2. Contra los pueblos indígenas en las Américas: Con la destrucción sistemática de códices y memoria histórica para imponer la dominación colonial.
3. La población africana secuestrada y esclavizada: En vez de hablar de «trata de esclavos» (término que asume erróneamente que ya eran esclavos en la África), hay que hablar del secuestro masivo de seres humanos libres llevados a las Américas bajo condiciones de muerte en vida para alimentar la maquinaria del capitalismo temprano.
4. Las mujeres europeas acusadas de brujería: Millones de mujeres que transmitían conocimientos médicos, biológicos, astronómicos y de salud reproductiva de tradición oral indígena europea fueron quemaduras vivas a la hoguera. Con ellas se destruyó la última resistencia al conocimiento comunitario y ecológico dentro de la propia Europa.
El racismo que hoy condena a miles de migrantes a la irregularidad o a la violencia de las fronteras es el heredero directo de la «pureza de sangre» de 1492, de las teorías de Sepúlveda, de la violencia ejercida y del rechazo a la diferencia de las sociedades occidentales.
Solo reconociendo esta historia violenta podremos construir una alternativa emancipadora.



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