
Hay tiempos para la lírica, tiempos para la denuncia, tiempos para mancharse.
Hoy −casi siempre, me dicen los que me quieren−, las masacres, genocidios, injusticias, desigualdades, cinismos, las miradas al otro lado, a ese en el que la hierba es verde y la rosa huele, son tan flagrantes que los versos de Celaya entran, duelen y se quedan:
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Y me digo, me impongo por mi propia salud desnortada, no hablar de aquellos que, a diferencia de Antonio Machado, aman los afeites de la actual cosmética, aves del nuevo y del viejo gay-trinar. De aquellos que abundan en “romanzas de tenores huecos y coros de grillos que cantan a la luna”.
Pero la última masacre del día, la última colección de ataúdes chiquitos, cortadas en flor sus vidas inacabadas, me revuelve el estómago y devuelve esos vacuos pensamientos al sitio de donde no hubieran debido salir. Al pozo más profundo de la historia.
Y hablo, digo y maldigo.
A quienes coleccionan honores, premios y medallas de los que ayudan a matar con su mejor sonrisa, como quienes coleccionan plumas estilográficas de oro o conchas exóticas de la playa.
Porque aquellos que, con su silencio, mentiras, con sus “ni quito ni pongo rey…”, sufragan los clavos de aquellos ataúdes, colaboran en la confección de los sudarios de esos diminutos cuerpos segados.
Porque esos mismos ofrecen participaciones de semejantes protocolos a quienes, presuntos trabajadores de la cultura, prefieren cambiar la denuncia, la poesía como partido, por el silencio en sus escritos, por las loas en exclusivo al “remanso del agua que riela con la luna llena”. Y lo hacen, frecuentemente, por honores, medallas y premios.
Compran sus silencios, sus domesticadas renuncias a mancharse, en el mercadillo municipal de los cócteles de siete a nueve, en el rastrillo gubernativo de fotos, enmarcadas con sonrisas de nueve a once o con unas bandas cruzadas con letras que rezuman sangre.
Para el poder, para quienes apuestan por mantener las cosas como están, los privilegios a quienes están en lo alto, las cartas de ciudadanía en sus barajas amaestradas, tales personajes, los que miran al lado contrario del asesinato sistemático en Gaza, por ejemplo, son una bendición. Una ayuda inestimable para continuar con sus mentiras, con sus silencios cómplices en los medios que poseen. Máxime si, además, son artistas que escriben o pintan, esculpen o fotografían, con arte.
Hay veces −la inmensa mayoría, me dicen quienes saben de mí y están en la esquina del patio por el que transito− que hacer de la lírica del perfume, de la belleza de la orquídea, del espejo del mar, un todo, una plasmación en exclusiva de su “saber hacer”, no es suficiente. Es más, es tan parvo, tan escaso y limitado, que hiede a cinismo si eso es todo lo que plasman con su ingenio. Pero ese es el trueque, demasiadas veces, si se quieren honores, premios y medallas como quien colecciona vitolas.
Y, por eso, hablo, denuncio y maldigo.
En nombre de quienes, por no tener, ni siquiera tienen vidas, se las han arrebatado, una a una, docena a docena. Marcadas, en unos trágicos amaneceres, con unas rutinarias cruces tachando sus nombres en un papel, miles de Abel en sus vidas recién abiertas, cada día cincuenta, cada día cien; cada día un siniestro, escandaloso ritual que es posible gracias, en parte, a los silencios de quienes dan medallas a los que encubren, con su arte, semejantes holocaustos ni manchan sus dedos en la sangre.
Casi nunca, quienes detentan esa cultura oficial domesticada, serán conflictivos con el poder que los sustenta y alimenta, que les da, de cuando en cuando, honores, premios y medallas oficiales. Y eso es, casi siempre, lo que quieren. Serán artistas con arte, pero silenciosos cómplices.
Y por eso, hablo, denuncio, maldigo. 14 de julio de 2025



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