Ayer, en la Sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados, vimos algo entre el esperpento y el cabaret cutre: Francisco Javier Borrego, un exmagistrado del Tribunal Supremo y del Europeo de Derechos Humanos -haciendo honor a su apellido-, decidió declararse mujer… durante dos segundos. “Hoy me siento mujer y me llamo Francisca Javiera”, dijo, convencido de estar haciendo humor inteligente cuando en realidad estaba firmando su propio monólogo de El Club de la Transfobia.
La escena no tiene gracia, aunque él crea que sí. Hablamos de un exjuez, alguien que ha tenido poder real sobre la vida de las personas, ridiculizando a un colectivo ya suficientemente señalado. Y lo hace nada menos que desde el Congreso, el lugar donde debería reforzarse la democracia y la igualdad, no dar altavoz a discursos de odio. No es un chiste: es política, y peligrosa.
Lo curioso es que la broma le duró poco. Francisca Javiera duró menos que Abascal trabajando. Y normal: seguramente pensó que, si seguía en su papel, el patriarcado le bajaría el sueldo, le colaría todas las lavadoras, le pondría a soportar que el jefe le tocara el culo en el trabajo, que le preguntaran en una entrevista cómo va a compaginar la judicatura con la maternidad, que le hicieran cargar con la discriminación brutal que sufren las mujeres trans, doblemente castigadas solo por existir… y, para rematar, le recordara también que podría acabar asesinada, como ocurre cada año con decenas de mujeres en este país (25 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que va de año).
Así que, claro, se quitó el disfraz en tiempo récord y volvió corriendo a su cómodo traje de señor togado. Porque ser mujer es aguantar siglos de desigualdad metidos en vena. Y ahí, amigas, el muy Borrego no quiso arriesgarse. Ni dos segundos aguantó.




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