Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

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Somos hijos de la República

Enrique Deltoro Rodrigo es Técnico de Juventud.  Fue Animador de la Casa de Juventud de Manises y principal impulsor de los espacios de participa­ción juvenil en la Comunidad Valenciana. Fundador del Movimiento Laico y Progresista de Valencia, en la actualidad es miembro del Patronato de la Fundación Movimiento Ciudadano. Autor de la novela  “Eiximenis: Que de la comunidad sean expulsados… Guía diferente de la ciudad Valenciana” y de los manuales “Cómo trabajar con adolescentes en el Tiempo Libre”; “Como hacer proyectos de animación para trabajar con niños y jóvenes” y “Apuntes básicos para el animador juvenil”.

La II República Española fue un periodo de explosión en cuanto a innovación social en España. En muchas cosas. También en el ámbito educativo y cultural. Un auténtico ejército de agentes culturales y educativos, bien como profesionales o de manera voluntaria, pretendieron dar un vuelco de modernidad a una sociedad mayoritariamente anclada, desde siglos atrás, en posiciones educativas y culturales casi medievales.

Las nuevos aires de renovación pedagógica impregnaron la actividad cultural y educativa. Las ideas de Freinet se extendieron tanto en el ámbito de la educación formal como en las experiencias culturales y educativas en el tiempo libre. En muchas escuelas, colonias escolares, grupos de teatro, coros de las misiones pedagógicas… las asambleas de grupo eran el espacio y tiempo destinados a plantear problemas y buscar medios para su resolución. Lugares para planificar y posibilitar la realización de proyectos. Estos se desarrollaban  al amparo de unas decisiones de grupo, que se llevaban a cabo mediante un reparto de responsabilidades, y una planificación y revisión del trabajo, y de la vida del grupo.

Muchas experiencias educativas y culturales de la república basaban su organización de convivencia en la elaboración, por parte de los propios educandos, de las normas de sociabilidad del grupo

Además, siguiendo las ideas de Claparède, la educación era activa, funcional,  centrada en satisfacer las necesidades de las personas con las que se trabaja, detectadas previamente, buscando preparar para la vida.

La acción y la experimentación en proyectos de grupo, basada en las ideas de Dewey, eran las que permitían, a partir de las vivencias personales,  un crecimiento humano, social y formativo de la persona, tal y como pretendía don Gregorio, el maestro de “La lengua de las Mariposas”

Y todo, partiendo de los centros de interés de las personas a quien se pretende educar, como inspira Ovide Decroly.

Los centros juveniles de ocio educativo para adolescentes (casas de juventud, clubes juveniles… se llaman de diferente manera en distintos países de Europa) son espacios donde la libre elección de implicación de cada persona adolescente permite compartir en grupo experiencias de  actividades de tiempo libre.Y esto ocurre, mediante la toma de decisiones de manera grupal, tanto en lo que corresponde a las actividades a realizar, como en lo referente a la organización de la vida del grupo, sus normas y las consecuencias por el incumplimiento de las mismas. Tal y como decía Freinet.

Siguiendo el ideal de Dewey, son escuelas de democracia, donde esta se aprende practicándola de la manera más intensa. Partiendo de que sólo hay una forma de aprender a participar: participando.  Y esto, en el tiempo libre, obliga a que aquello en lo que se participe sea un interés personal, que se desarrolla de manera compartida con otras personas, en grupo, el cual que funciona de manera estable a lo largo del tiempo. Son estos centros de interés, como decía Decroly, los que permiten el desarrollo educativo.

Centros de interés que eligen libremente desarrollar las personas jóvenes, y que por tanto satisfacen sus necesidades, como planteaba Claparède.

Somos, como se ve, hijos de la República. De esa que, en palabras de Marcelino Domingo, Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes  de la II República Española, quería que el maestro fuera el primer ciudadano. Finalmente fueron los militares los que alcanzaron ese puesto. Y las consecuencias de ello siguen presentes, aunque nos moleste reconocerlo.

Quienes educamos (en el ámbito formal, informal, no formal) estamos lejos de ser los primeros ciudadanos. Ni aunque volviese la República lo seríamos. Gestores, administradores, burócratas, técnicos de oficinas y temáticas varias están, en reconocimiento social, por delante de quienes día a día, poco a poco, hacemos tarea de mejora social con nuestra intervención educativa. Ellos nunca podrán decir lo que en nuestro caso es claro y evidente: somos hijos de la República. Con humildad, pero con orgullo.

 

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