Bordera, Juan y Turiel, Antonio (2022). El otoño de la civilización. Textos para una revolución inevitable. Escritos Contextarios.
El título del libro, como nos hacen saber los autores, hace referencia a la situación previa a una escasez que podríamos afrontar. Nuestros antepasados no tan lejanos debían prepararse durante todo el año para la llegada del invierno, una época en la que las cosechas son especialmente escasas, y todo lo que no se ha hecho durante las estaciones anteriores se sufre cuando llega el frío. Con este título, Juan Bordera y Antonio Turiel quieren decirnos que estamos en otoño y todavía no hemos empezado a prepararnos para una época que se prevé marcada por la escasez energética, de materiales y un cambio climático profundo. Quizá sea un aviso contra ese “capitalismo primaveral” en el que nada se agota y todo brota sin fin.
Cabe recordar que, con el aumento de la temperatura media mundial de 3 ºC, se prevé que las sequías se produzcan con el doble de frecuencia, y que las pérdidas anuales absolutas a causa de éstas, en Europa, asciendan hasta los 40.000 millones de euros, siendo los impactos más graves en las regiones mediterránea y atlántica. En el otro extremo, también a causa del aumento de temperatura, encontramos las inundaciones: las tormentas serán más extremas e intensas, provocando inundaciones repentinas. El aumento del nivel del mar amenaza tanto a la biodiversidad de las zonas costeras como a las poblaciones humanas que viven en ellas, y puede también afectar a la disponibilidad de agua dulce. El cambio climático altera el comportamiento y los ciclos de vida de especies vegetales y animales, lo que puede provocar un aumento de plagas y especies invasoras. Estas consecuencias del calentamiento global representan una amenaza para la continuidad de nuestras sociedades: problemas de salud por la mala calidad del aire, aumento de la mortalidad por temperaturas extremas, enfermedades zoonóticas, desigualdad creciente, migraciones forzadas, incendios devastadores cada vez más frecuentes, etc.
Ante todo esto, ¿qué nos dicen Turiel y Bordera? Que no solo no estamos preparados como sociedades, sino que el trabajo que deberíamos haber iniciado en primavera o verano apenas lo estamos empezando en otoño, y ni siquiera lo estamos haciendo bien.
Cuando los autores afirman que no nos estamos preparando adecuadamente, se refieren, por un lado, a que las medidas que se toman son insuficientes y, por otro, a que el método aplicado es inviable, ya que confía en que la tecnología nos libere, una vez más, de nuestros problemas. Este, podríamos decir, es el punto fuerte del libro: alertarnos contra las falsas soluciones, las rutas equivocadas, todo ello con un alto rigor científico. Así, Turiel y Bordera explican que ni las placas solares, ni el coche eléctrico, ni las máquinas capturadoras de CO2, ni ningún otro artilugio tecnocientífico nos librará del problema en el que estamos inmersos, ya que las transformaciones deben acometerse principalmente desde los ámbitos económico, político y social. «Unas tecnologías que ni están desarrolladas ni mucho menos, y que representan otra patada hacia adelante, pensando que la evolución tecnológica vendrá siempre al rescate».
El filósofo japonés Kohei Saito apunta en una dirección similar en su libro La naturaleza contra el capital:
«Sin embargo, es posible formular la tendencia histórica general del capitalismo: el capital siempre intenta superar sus limitaciones a través del desarrollo de las fuerzas productivas, las nuevas tecnologías y el comercio internacional, pero precisamente como resultado de tales intentos continuos de expandir su escala, refuerza su tendencia a explotar los recursos naturales (incluyendo la fuerza de trabajo) en la búsqueda global de materias primas, alimentos y energías más baratas. Este proceso profundiza sus propias contradicciones, como ocurre con la deforestación masiva en la región del Amazonas, la contaminación del agua, la tierra y el aire por la industria extractiva en China, los derrames de petróleo en el Golfo de México y la catástrofe nuclear de Fukushima» (Saito, 2022).
Pasar por encima de los problemas no significa superarlos, sino desplazarlos hacia el futuro (deuda) y hacia las periferias (deslocalización), como se hizo en los años 80 con la contrarrevolución neoliberal. Lo que plantean Turiel y Bordera es si realmente nos queda ya futuro y periferia hacia donde desplazar nuestros problemas.
Su diagnóstico afirma que el problema no es la falta de tecnologías suficientes, sino que el nivel de vida de nuestras sociedades se sostiene en los combustibles fósiles, junto a una mala distribución y desperdicio de los recursos. Turiel indica que existen estudios que muestran que en España podríamos reducir el consumo de energía en un 90% manteniendo el nivel de vida actual. Como señalan ambos autores, no se trata de tecnociencia, sino de tecnologías sociales. Seguir en un modelo basado en el crecimiento y el consumo de recursos naturales no es viable.
«El crecimiento del consumo de energía y materiales es la causa principal del incremento de Gases de Efecto Invernadero (GEI). El ligero desacoplamiento observado entre crecimiento y uso de energía [motivado en gran parte por la deslocalización de la producción] no ha podido contrarrestar el efecto del crecimiento económico y poblacional. Esto demuestra que los desarrollos tecnológicos que mejoran la eficiencia y permiten el cambio hacia fuentes de energía bajas en emisiones no bastan. Por tanto, una transición masiva en el consumo de materiales puede, incluso temporalmente, disparar las emisiones».
No podemos salir de la crisis climática mediante un crecimiento sostenible. He aquí otra falsa ruta. El crecimiento siempre implica un mayor uso de recursos y emisiones de GEI. No podemos solucionar la crisis con los mismos métodos que la provocaron.
Ejemplos significativos los encontramos en el riego por goteo y la aviación comercial. En España, la implementación del riego por goteo aumentó la eficiencia hídrica, pero también la superficie cultivada, abaratando los costes y, en consecuencia, elevando el uso de agua a niveles incluso superiores a los previos. Lo mismo sucedió con la eficiencia de la aviación: en lugar de reducir el consumo de hidrocarburos y las emisiones de CO₂, éstas aumentaron por el mayor uso del transporte aéreo. En una economía de mercado, aumentar la eficiencia significa abaratar costes, lo que a menudo incrementa el consumo total.
Como dicen Bordera y Turiel, el IPCC señala que debemos abandonar el mantra del crecimiento económico. «Se acepta implícitamente que los escenarios de mitigación supongan pérdidas del PIB. En el fondo, se admite lo que decía la propia Agencia Europea del Medio Ambiente: la preservación medioambiental no es compatible con el crecimiento económico».
No se puede crecer indefinidamente en un mundo finito. Todo crecimiento, incluso el tecnológico, está basado en recursos naturales. Desde la UE se promueve un crecimiento sustentado en tecnologías TIC, presentadas como verdes, pero esto es una farsa. Las TIC ya generan al menos un 2% de las emisiones anuales de CO2, a lo que hay que sumar el consumo hídrico y energético para producirlas. Un solo microchip requiere unos 130 litros de agua. Pensemos en todo lo que lleva microchips: cafetera, lavadora, teléfono, ordenador, etc. Además, la extracción de tierras raras, imprescindibles para esta tecnología, es altamente contaminante.
Como señalan los autores, preservar el medio ambiente es incompatible con el capitalismo. «Asumir que seguir creciendo sin causar más daño es obviamente imposible; en consecuencia, hay que planificar una estabilización y/o un decrecimiento de la esfera material. Repartir para vivir bien, pero dentro de los límites». El capitalismo necesita crecer para existir. Si no crece, no es capitalismo. Y si no planificamos el uso de los recursos, lo dejamos en manos del azar, como si fueran ilimitados.
Seguir creciendo económicamente tiene fecha de caducidad. Debemos planificar un decrecimiento. Las consecuencias de no hacerlo son imprevisibles, y afectarán sobre todo a las capas más vulnerables. El aumento del precio de la energía, la escasez de productos, la dificultad para pagar la calefacción o llenar la cesta de la compra son ejemplos claros. Lo mismo sucede con las pequeñas empresas, que podrán tener serios problemas de continuidad.
Decrecer, cooperar y planificar es el único camino. El decrecimiento no es solo necesario e inevitable: ya está ocurriendo. Aunque el sistema económico ignore los límites biofísicos del planeta, tarde o temprano chocará con ellos. Mejor anticiparse y decidir democráticamente cómo hacerlo.
La profesora Marta Tafalla explica:
«La cuestión clave es diferenciar qué debe decrecer y qué no. Lo que no tiene que decrecer es la sanidad pública, la educación, el sistema de pensiones, las medidas de protección social, el conocimiento, la cultura, la amistad, el cuidado mutuo, la empatía con otras especies, la biodiversidad» (Tafalla, 2022, p. 162).
Lo que debe decrecer es todo lo que nos quita tiempo de vida:
«Ejércitos, producción y comercio de armas, guerras, colonialismo, trabajo esclavo, caza, pesticidas, consumismo compulsivo, obsolescencia programada, industrias de la moda rápida, alimentación basada en animales, comercio de fauna salvaje, aviación para el ocio, ciudades dominadas por el coche privado. Y, sobre todo, debe decrecer hasta desaparecer nuestro antropocentrismo» (ibid).
Decidir en qué gastamos el tiempo de nuestras vidas y en qué no es una de las decisiones más democráticas que podríamos tomar. Este tipo de decisiones debería ser el centro del gobierno de una república.
Bibliografía
Saito, Kohei. La naturaleza contra el capital. Manresa: Bellaterra, 2022
Tafalla, Marta. Filosofía ante la crisis ecológica. Madrid: Plaza y Valdés, 2022.
Saber més
Riechman, Jorge, Adrián Almazán Gómez, Carmen Madorrán Ayerra, y Emilio Santiago Muíño. Ecosocialismo descalzo. Barcelona: Icaria, 2018.
Riechman, Jorge. ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista? Madrid: Catarata, 2015.
Valero Capilla, Antonio, Alicia Valero Delgado, y Adrián Alamzán Gómez. Thanatia, Los límites minerales del Planeta. Ulzama: Icaria, 2021.



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