Antón Saracíbar Sautúa ha sido Presidente de la Fundación Francisco Largo Caballero. Ingresó en el Partido Socialista Obrero Español y en la Unión General de Trabajadores en 1971 durante el franquismo. Fue procesado y condenado por asociación ilícita en 1973 a dos años y medio de prisión. Miembro de la Ejecutiva Confederal de UGT desde 1980 a 1994. Fue Diputado por el PSOE por Vizcaya al Congreso en las elecciones de 1986.
“Hay una legislación social en España de la que no se cumple nada o casi nada. (…). La garantía para el cumplimiento de las leyes es nula. Por eso, cuando las leyes sociales se cumplen es precisamente porque lo exige la fuerza de la clase trabajadora organizada en sindicatos”. Francisco Largo Caballero. Obras completas editadas por la Fundación F. Largo Caballero.
La memoria histórica en torno al movimiento sindical nos remite a la revolución industrial y al nacimiento de dos figuras claramente antagónicas: el capital y el trabajo. La acumulación del capital necesario para financiar el maquinismo conduce a una feroz explotación de los trabajadores, sobre todo en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX. En este escenario, y al grito desesperado y claramente defensivo de “Organización o Muerte”, surgen las Sociedades de Socorros Mutuos, los primeros sindicatos y más tarde la Asociación Internacional de Trabajadores, en 1864 (la 1º Internacional), secundando el llamamiento de “trabajadores del mundo uníos”. El enfrentamiento posterior entre los seguidores de Bakunin (anarquistas) y de Marx (socialistas) condujo a la creación de una nueva Federación de la 1º Internacional en Madrid, en 1879, de clara inspiración marxista, que apuesta por la total emancipación de los trabajadores: es decir, por la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores libres, iguales, honrados e inteligentes. Para conseguirlo, luchará por la toma del poder político por la clase trabajadora.
Había nacido el futuro PSOE y, de la misma manera, en 1889, lo hace la 2º Internacional, en París- a la que asisten Pablo Iglesias y José Mora como delegados españoles-, en este caso controlada y dirigida exclusivamente por los seguidores de Marx. En este contexto político, económico y social se celebra el congreso constituyente de UGT, en Barcelona, del 12 al 15 de agosto de 1888, por iniciativa de 6 sociedades del Centro de Clases de Mataró, en un congreso al que asistieron 46 sociedades obreras con 5.154 asociados.
De los comienzos de UGT destacan 4 hechos relevantes, de acuerdo con nuestro querido y malogrado Luis Gómez Llorente: el primero se refiere a la actitud desplegada en las “Casas del Pueblo” para divulgar las ideas socialistas, hacer proselitismo y formar a la clase obrera; sobre todo a los jóvenes a los que se quería separar de las plazas de toros, de las iglesias, de las juergas y de los abusos alcohólicos. En las Casas del Pueblo se fomentaba el entusiasmo por la organización obrera, la miitancia, la austeridad, la ética, la honradez y la solidaridad internacional. El mejor ejemplo de todo ello es que se elegían como tesoreros a los militantes más honrados; sin embargo, se les vigilaba como si fueran auténticos ladrones. A este comportamiento se llamaba y se sigue llamando el “Pablismo” en reconocimiento de lo que representaba Pablo Iglesias dentro de las organizaciones socialistas.
En aquel entonces se aspiraba a formar un hombre nuevo, distinto, cuando no opuesto al que se suponía que había contribuido a crear la sociedad burguesa y la moral católica. El llamado obrero “consciente” que, posteriormente, se transformaba en el militante “organizado”; en este caso, primero se afiliaba al sindicato y, posteriormente, los más comprometidos al partido, bajo el principio de que la emancipación de los trabajadores debería de ser realizada por ellos mismos.
El segundo hecho se refiere al antimilitarismo y por lo tanto a su radical oposición a la guerra, que conectaba fácilmente con los jóvenes, y cuyos lemas eran “no a la guerra”, “todos o ninguno” o “guerra a la guerra”, lo que hizo que Pablo Iglesias denunciara “que los esclavos de aquí luchan contra los esclavos de allí”, a propósito de la guerra de Cuba y posteriormente de Marruecos.
El tercer hecho se refiere a las celebraciones del 1º de Mayo, que se llevaron a cabo por primera vez en España en el año 1890. Debemos recordar que el 1 de mayo de 1886 estalló una huelga- para limitar la jornada de trabajo a ocho horas- de costa a costa en EE.UU. Más cinco mil fábricas fueron paralizadas y 340.000 obreros salieron a la calle para defender sus reivindicaciones. En Chicago, los sucesos tomaron rápidamente un sesgo violento que culminó en una auténtica masacre, el 4 de mayo, en la plaza Haymarket: 38 obreros muertos, 115 heridos y 6 policías muertos; y, lo que es más grave, en el posterior juicio amañado contra los dirigentes anarquistas y socialista de esa ciudad, de los cuales cuatro fueron ahorcados un año y medio después. Prueba de ello es que en el entorno del juicio el fiscal encargado del caso manifestó: “en todo caso los vamos a ahorcar. Son demasiado inteligentes, demasiado honrados y orgullosos para nuestros privilegios”.
Sólo teniendo en cuenta estos hechos adquiere una total significación la fecha designada, desde entonces, como Día Internacional de los Trabajadores. En todo caso, el 1º de mayo resultaba emblemático y causaba horror a la burguesía, no tanto por el número de los participantes, sino porque aquellas banderas rojas, aquellos líderes obreros, aquellas masas, rompían el retablo, la organización del Estado, los moldes y la forma de estar en el escenario político. En definitiva, el 1º de mayo representaba la movilización de una clase social contra la burguesía (la lucha de clases), que se concretaba en el eslogan: “es necesaria otra política”.
Y, finalmente, debemos de recordar las manifestaciones y huelgas en contra de la carestía de la vida y, particularmente, de la subida del precio del pan, que se agudizan en torno a la 1º guerra mundial. Estas movilizaciones contaron con una gran participación de mujeres, lo que justificó el dicho de que “España no entró en la guerra pero la guerra entró en España”.
Desde luego, desde su constitución, UGT se confunde con la historia del movimiento obrero en España como lo demuestran infinidad de hechos relevantes recogidos en los libros de historia (en particular sobre la II República y su oposición al fascismo). También el protagonismo de UGT resultó decisivo en la transición política hacia la democracia. Las referencias que marcaron la transición sindical desarrollada por UGT eran los trabajadores y, en consecuencia, la centralidad del trabajo en una sociedad democrática; el movimiento sindical europeo y, por lo tanto, la solidaridad internacional; también las ideas socialdemócratas, que se seguían con el mayor rigor posible; y, desde luego, la memoria histórica que diferenciaba en positivo a UGT de CCOO y de otros sindicatos.
En concreto, el pensamiento socialdemócrata se identificaba con: Una política económica que tuviera como prioridad el pleno empleo; un empleo de calidad y con derechos y, desde luego, respetuoso con el medio ambiente; un sector público empresarial estratégico como instrumento de la política económica del gobierno; una política de inversión pública adecuada, sobre todo para ser utilizada en un contexto económico en recesión; una política fiscal progresista, basada en la imposición directa, no en la indirecta y, desde luego, contraria a la reducción de impuestos; una protección social avanzada que garantizara un sistema público de pensiones suficiente y una prestación económica para los desempleados y para las personas dependientes; y, por último, una sanidad y una enseñanza pública gratuita y de calidad contrastada, como ejemplo de servicio público para todos.
Estas eran algunas de las medidas capaces de llevar a cabo una política redistributiva. Dando por hecho que la redistribución siempre se puede llevar a cabo, incluso, en una situación económica particularmente difícil. Depende de la voluntad política del gobierno, no del crecimiento de la economía como defiende el pensamiento liberal conservador.
“…apostando por un sindicalismo renovado y en permanente contacto con la realidad social: más democrático, más participativo, más abierto, más de combate y, por lo tanto, más creíble y capaz de ilusionar a los trabajadores”.
En el año 1994 se celebra el 36º congreso de UGT donde Nicolás Redondo, en edad de jubilación, es sustituido por Cándido Méndez, que dirigió el sindicato durante 23 años y fue además presidente de la Confederación Europea de Sindicatos. El 36º congreso cierra y abre una nueva etapa en UGT. Una etapa decisiva para los trabajadores, donde se reconoce el balance de lo conseguido desde 1976 a 1994 por los sindicatos y las fuerzas progresistas: la consolidación de la libertad y la democracia, la modernización de la economía, la reconversión industrial, la integración en la UE, el combate por un empleo decente y con derechos, la lucha contra la inflación, el considerable avance de la protección social, la educación y la sanidad para todos, la consolidación de un marco de relaciones laborales y particularmente el protagonismo de los sindicatos en la opinión pública y en el conjunto de la sociedad.
Desde 1994 hasta nuestros días, los sindicatos han conseguido notables logros y también han sufrido algunos retrocesos, alternado el diálogo social y la concertación con las movilizaciones obreras: huelgas generales en 2002, en 2010 y en 2012. Estas últimas para responder a la ofensiva neoliberal (al amparo de la crisis) encaminada a reducir el déficit y la deuda a través de políticas de austeridad, lo que generaron una profunda recesión y, como consecuencia, un fuerte desempleo, una intolerable precariedad y una baja protección social.
Por eso, en las actuales circunstancias, los sindicatos deben seguir respondiendo a nuevos retos y tienen que asumir nuevos compromisos en la lucha contra el incremento exagerado del desempleo; el incremento de la desigualdad, la pobreza y la exclusión social; el desmantelamiento y la privatización de los servicios básicos; la presencia creciente del capitalismo financiero en las empresas; el cambio climático; la digitalización; el fenómeno de las migraciones; el déficit en la protección social; la pérdida de salarios en la renta nacional; el desarme fiscal; la baja participación de los jóvenes en los partidos políticos y sindicatos; o, si se quiere, el fenómeno de la globalización- el nuevo orden mundial, el pensamiento único-, que se ha convertido en una pesadilla para todos, salvo para unos pocos.
Efectivamente, los años finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI aparecen como testigos del fracaso del capitalismo realmente existente, que es precisamente el que gobierna el fenómeno de la globalización. En este escenario, muchos partidos de izquierda han desmoralizado a sus miembros al no haberlos defendido contra las políticas de sus enemigos o, lo que es peor, haberlas adoptado como propias (el ejemplo más significativo de todo ello fue “la tercera vía”). Se han quedado sin impulso, sin ideas. A veces parece como si se hubieran quedado sin futuro aparente, como se puede comprobar en los partidos de la Internacional Socialista y en el Partido Socialista Europeo.
El fenómeno de la globalización ha consolidado la plena libertad de los movimientos de capital cuyas transacciones bursátiles- la mayoría de naturaleza especulativa- son realizadas en tiempo real por la aplicación de los avances tecnológicos en los campos de la informática y de las comunicaciones. En este marco, la economía financiera, con sus componentes fuertemente especulativos, ha dominado el mundo de los negocios sin que los gobiernos ni las instituciones internacionales hayan sabido ni querido establecer regulaciones efectivas que evitaran los enormes riesgos de la desrregulación de unos mercados financieros plenamente globalizados, donde las grandes empresas basan su actividad en la generación de valor bursátil en un entorno de libertad absoluta de movimientos de capitales y en el que los paraísos fiscales no son combatidos ni siquiera en situaciones extremas.
A esta situación hay que añadir las exigencias de una competitividad sin límites, no suficientemente regulada, que se traduce en el deterioro de las condiciones de trabajo; la precariedad en la contratación; la pérdida del poder adquisitivo de los salarios; la deslocalización de actividades; la subcontratación; y en un lamentable aumento de los riesgos laborales. Y todo ello se lleva a cabo a sabiendas de que esta competitividad sin límites es una carrera que no se gana. No hay una llegada en la carrera hacia el abismo porque no se puede competir en ningún caso con “el trabajo de esclavos”.
A ello ha contribuido, de acuerdo con Tony Judt, la obsesión por la riqueza, el culto a la privatización de los servicios públicos y la elevación del sector privado a nuestra iconografía y, desde luego, la creciente desigualdad entre ricos y pobres. Y, sobre todo, la acrítica admiración de la desrregulación de los mercados, el desdén por el sector público y la quimera de un crecimiento sin límites. La expresión “más mercado menos estado y más empresa menos sindicato” resume de forma lapidaria la orientación de la política económica neoliberal y el fundamentalismo del mercado que ha resultado nefasto porque, como bien se manifestó en su día: “el dinero es un buen siervo pero un mal amo”. Será difícil que semejante programa pueda ser impuesto en toda su magnitud en las democracias industriales, sin abolir la democracia, pero ésta no puede darse por sentada, ni siquiera en sus bastiones tradicionales de la UE, como se ha demostrado en las últimas crisis económicas, particularmente en España, donde se han incumplido muchos de los compromisos contraídos con los electores y se observa con preocupación el avance de VOX.
La respuesta sindical no puede ser otra que la organización global reafirmando la “centralidad del trabajo” en el mundo en que vivimos, porque no estamos ante el fin de la sociedad del trabajo como manifiesta el profesor Juan José Castillo: “ni siquiera ante una cesión del papel del valor trabajo; trabajo fluido, disperso, invisible, intensificado, desrregularizado, sobre bicicletas…, pero trabajo al fin”. Por eso, las ideas que inspiraron la constitución de UGT tienen plena actualidad. Sobre todo siguen vigentes en medio de la fuerte crisis política, económica y social que estamos sufriendo y que, en todo caso, demuestran que no es la primera vez, ni será la última, que el sindicato y los trabajadores tengan problemas.
Razones poderosas para seguir apostando por un sindicalismo renovado y en permanente contacto con la realidad social: más democrático, más participativo, más abierto, más de combate y, por lo tanto, más creíble y capaz de ilusionar a los trabajadores, sobre todo a los más jóvenes (el futuro del movimiento sindical depende de los jóvenes). Un sindicalismo con capacidad para responder a los cambios sociológicos que se expresan a través de las redes sociales a la velocidad de la luz; un sindicalismo capaz de conectar con los movimientos sociales emergentes y de llegar a acuerdos con ellos en defensa de los más desfavorecidos.
No debemos olvidar que nada será posible si los sindicatos no inspiran respeto y mejoran sustancialmente su relación de fuerzas, única manera de acrecentar su capacidad de negociación y de movilización social (la llamada “amenaza creíble”). Y eso requiere actuar sobre cinco grandes asuntos: aumentar la afiliación (actuando sobre todo en las pequeñas empresas y en colectivos específicos: Jóvenes, parados, autónomos, inmigrantes, pensionistas, técnicos y cuadros…); aumentar la representatividad sindical; avanzar en la formación sindical de cuadros y delegados; fortalecer la autonomía del sindicato; y, finalmente, potenciar el desarrollo de la acción sindical a través de la negociación colectiva y de las movilizaciones a todos los niveles. No debemos olvidar que los gobiernos y los empresarios nunca regalan nada. Prueba de ello es que los sindicatos de clase vienen sufriendo desde hace años una fuerte campaña antisindical sin precedentes en democracia.
Por eso, una sobre actuación sindical de carácter burocrático e institucional; o, si se quiere, una acción sindical acomodaticia, encaminada simplemente a limitar daños y a conseguir pequeños logros a corto plazo, está condenada al fracaso. No debemos olvidar que la crisis no es sólo coyuntural. Se trata de una crisis de valores, de una crisis medioambiental, migratoria y política que nos conduce a un auténtico desmantelamiento de la democracia. Por lo tanto, su solución requiere un cambio radical en los modos de producir, de consumir, de vivir y de asumir los costes que implica nuestra vida personal, familiar y de relación con los demás seres humanos y con la naturaleza. Debemos debatir también sobre “el empleo”, “el reparto del trabajo existente”, la “teoría del decrecimiento”, la superación del “desarme fiscal”, el papel relevante de los servicios públicos, la grave pérdida de derechos, la renta mínima garantizada y la plena igualdad de género (sobre todo luchando contra la brecha salarial), lo que nos ayudará a romper el hábito de vivir para trabajar, trabajar para obtener dinero y emplear ese dinero para consumir (mucho y mal), lo que representa la principal causa de nuestra desmedida huella ecológica. En definitiva: colaborar por la existencia, porque “otro mundo es posible”.
Por último, no debemos olvidar nunca nuestra historia, y particularmente a nuestros fundadores, a nuestros mayores y a los miles y miles de héroes anónimos, que han luchado desinteresadamente, desde hace más de cien años, por defender las ideas socialistas. A todos ellos, nuestro más sincero y profundo agradecimiento. Ello nos obliga a reforzar nuestro decidido y firme compromiso de seguir luchando por la causa obrera y por una cierta utopía: nadie sin empleo; nadie sin casa; sin abrigo; sin alimentos; sin educación; sin asistencia sanitaria; y, como consecuencia, nadie sin un “ingreso mínimo garantizado” en una “democracia participativa y real” que haga posible una sociedad de hombres libres, iguales, honrados e inteligentes. Para el éxito de esta tarea es imprescindible que los jóvenes participen activamente- y con renovada ilusión- en los sindicatos y en el Movimiento Laico y Progresista de Aragón en el 25º aniversario de su constitución.
¡Muchas felicidades!



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