José Ángel Oliván García es en la actualidad presidente de UCA Aragón. Ha sido dirigente de UGT Aragón, a cuya Comisión Ejecutiva Regional perteneció. En 1997, tras el cierre de las Casas de Juventud de Aragón propuso la constitución del Movimiento Laico y Progresista de Aragón, como espacio de organización juvenil y de construcción de ciudadanía democrática; impulsando la suma de esa energía social a la lucha de los y las trabajadoras de Aragón.
En algún momento de la gestación de lo que luego sería la Federación de Casas de Juventud y más tarde Movimiento Juvenil Laico y Progresista de Aragón, se tomó la decisión de convertir una estructura institucional de oferta y organización de actividades de ocio y tiempo libre en un modelo de canalización de las aspiraciones políticas y sociales de la juventud zaragozana.
No era una idea original, la Iglesia Católica, los partidos fascistas, las organizaciones religiosas, los nacionalismos… llevaban décadas utilizando estas estructuras de cultura, ocio y tiempo libre para anclar a la juventud en un ideario concreto. Se trata de canalizar la rebeldía juvenil, su necesidad de encontrar un hueco en la sociedad, hacia un objetivo partidista, social o religioso. A su vez este modelo funcionaba como vivero de activistas e incluso de futuros cuadros de las organizaciones que los promueven.
Lo original de la propuesta era que el ideal político que se proponía trasmitir a la nueva generación era simplemente la democracia y los derechos humanos. Toda una revolución. No se trataba de reclutar o de adoctrinar en una idea política o religiosa concreta, sino en ejercitar en la práctica de la democracia y en el respeto a principios de igualdad sexual, racial, política, social, económica, etc. No se apostaba por un partido político concreto o por una opción religiosa o identitaria excluyente. Se practicaban instrumentos democráticos de toma de decisiones y de organización. Debates, asambleas, grupos de trabajo, espacios de convivencia, servían para que fueran los propios protagonistas los que avanzaran en sus propias propuestas. Tampoco ninguna organización “mayor” podía utilizar en exclusiva estas reuniones como vivero de militantes, aunque de ellas saldrían, sin duda, activistas de diversos grupos, pero siempre como fruto de su propia reflexión, no del adoctrinamiento externo.
El modelo se fue consolidando al amparo de un gobierno municipal social-comunista que poco a poco fue incrementando su suspicacia hacia una estructura que consideraba de menor importancia, pero que por su propia naturaleza pronto tuvo una dinámica propia y alcanzó una presencia social que inmediatamente fue percibida como una amenaza.
A partir de ese momento la confrontación con el poder municipal fue ya imparable y creciente. Al principio solo fueron recortes presupuestarios, campañas de desprestigio e intentos de división del grupo dirigente. Finalmente, con la llegada de la derecha a la alcaldía de la ciudad comenzó la fase de liquidación y cierre.
¿Qué había ocurrido? ¿Cómo una experiencia de educación en los valores democráticos había llegado a alarmar a los representantes del Ayuntamiento democrático de la ciudad? ¿Cómo era posible que una propuesta plural y no partidista que ofrecía un mecanismo de recambio generacional de alta calidad, fuera percibida como un peligro hasta el punto de desencadenar una furibunda persecución que perseguía su aniquilación?
Mas adelante intentaremos dar algún atisbo de explicación a lo sucedido. Pero la cuestión era que un nutrido y muy preparado grupo de hombres y mujeres jóvenes había sido expulsado del amparo institucional del Ayuntamiento de Zaragoza. No obstante, permanecían vivas las organizaciones de participación juvenil autogestionadas que habían ido creando a lo largo del tiempo, y en especial aquellas ligadas a los ámbitos educativos.
Simultáneamente a estos hechos se había venido produciendo un proceso de amplio calado en una de las mayores organizaciones de la izquierda aragonesa. La Unión General de Trabajadores. Esta organización centenaria, que desde los tiempos de su fundación había estado estrechamente ligada al Partido Socialista Obrero Español, había sufrido una enorme convulsión tras la llegada de este partido al poder político ya que, debido a su desacuerdo con las políticas económicas desarrolladas por el mismo, efectuó una traumática separación y trasformación para dejar de ser una organización subordinada y configurarse como una opción sindical autónoma y plural.
En Aragón, el grupo de sindicalistas que asumió la dirección de la UGT, todos ellos en torno a los treinta años, asumió estas nuevas premisas y encauzó la labor del sindicato en una visión amplia de su función. La explotación de los trabajadores no se producía sólo en seno de las empresas, sino que continuaba en el conjunto de la sociedad. El sindicato debía pues acompañar al trabajador también fuera de la fábrica. Era una concepción global de la acción sindical que comenzaba también a explorar terrenos como la llegada de trabajadores de otras tierras y otras culturas, la necesidad de la solidaridad internacional, la lucha contra las desigualdades por razón de sexo, las capacidades especiales, la defensa del medio ambiente, los derechos de los consumidores y sobre todo los derechos de los trabajadores como ciudadanos. El sindicato pasaba así de ser un agente laboral a ser un protagonista en la sociedad. No importaba ya la opción política de cada uno sino el lugar que ocupaba y el papel que podía desarrollar. Y en esa visión nueva de la confrontación total con el poder, la acción entre los jóvenes, incluso antes de incorporarse al mercado de trabajo, era esencial.
Se produjo pues una de esas extrañas coincidencias que nos ofrece la historia, en el mismo tiempo y en el mismo lugar se encontraron dos concepciones complementarias de la realidad social y de la manera de afrontar su transformación. El sindicato se sentía cómodo con una organización juvenil plural, de hecho, pretendía ser un sindicato plural. El movimiento juvenil encontraba acomodo y respeto en una organización cuyo objetivo compartía en términos generales. Como siempre ocurre para que la reacción química diera resultado fueron necesarios catalizadores. En este caso fueron, por una parte, la expulsión del Movimiento de las Casas de Juventud y por otra la buena relación personal entre dirigentes de ambas organizaciones.
Así comenzó la relación estrecha entre la UGT y lo que pasó a llamarse Movimiento Juvenil Laico y Progresista. Este se configuró como un entramado de organizaciones juveniles en sectores como la Enseñanza Media, la Universidad, los movimientos de igualdad, la solidaridad internacional, el ocio y tiempo libre, entre los cuales estaba el departamento de juventud del sindicato. Y pronto el éxito acompañó a esta extraña alianza.
No fue un proceso exento de problemas, pero poco a poco los jóvenes organizados y los sindicalistas se fueron encontrando cómodos unos junto a otros. Las huelgas generales, las luchas por la escuela pública, las manifestaciones, la presencia conjunta en las calles, fueron creando un reconocimiento y un respeto mutuo que superó las desconfianzas o los desconocimientos. Era todo un espectáculo ver a viejos sindicalistas ir cambiando de cara al compartir la calle con grupos de jóvenes que reivindicaban cosas tan raras para ellos como los derechos LGTBI. Y a jóvenes que paulatinamente dejaban de ver al sindicato como una organización ajena y entendían que cada batalla sindical era una batalla por su futuro.
Fueron buenos tiempos, pero no duraron para siempre. Los movimientos sociales los hacen las personas y en este caso una serie de circunstancia personales, la más dolorosa de las cuales fue la pérdida de la mejor dirigente del MJLP, Lola Soler, fueron minando el modelo. Otros dirigentes juveniles o sindicales fueron abandonando las organizaciones por razones de todo tipo. Una de las cuales, sobre la cual volveré más tarde, fue la inmensa atracción de la política institucional.
A todo esto, hay que añadir que la UGT volvió a sufrir una nueva transformación y las corrientes que ciñen la acción sindical al ámbito laboral, fueron ganando posiciones en los órganos directivos de ámbito nacional y poco a poco se abandonó la pretensión de actuar en el conjunto de la sociedad a cambio de un repliegue a las empresas. Desde esta vieja concepción del sindicato, la relación con el MJLP se concibió cada vez más como un vivero de cuadros. Lógicamente los jóvenes, en su mayoría, no aceptaron este cambio y la simbiosis terminó aproximadamente con el cambio de siglo. Pasaron a ser dos organizaciones amigas, pero no aliadas.
Parecía que un modelo de integración de la juventud sustanciado en la formación basada en la autogestión y en la participación activa en la sociedad, había fracasado. Pero la Historia nos enseña que la sociedad avanza a trompicones. La participación activa de las nuevas generaciones en la sociedad a la que pertenecen ha sido siempre complicada. La sustitución de una generación por otra en los mecanismos de poder, raramente es ordenada y planificada. A todos se nos llena la boca en público alabando a la juventud y sus valores, pero en privado, los que ocupan las esferas de influencia, difícilmente las abandonan por voluntad propia y en la sombra, pondrán cuantos palos puedan en la rueda de la sucesión.
Pero por otra parte a la resistencia de los que tienen, se opone la ambición de los que no tienen. Los jóvenes quieren ocupar su sitio. Quieren pertenecer. Y en una sociedad democrática, no se pertenece si no se participa. El instrumento, el Movimiento Laico y Progresista podría estar debilitado, pero mientras la necesidad de pertenecer de los jóvenes permaneciera, ese instrumento u otro alternativo, sería necesario y acabaría surgiendo.
Por otra parte, los instrumentos utilizados; la autogestión, la participación, la responsabilidad colectiva, etc., no sólo no habían desaparecido, sino que la pedagogía institucional los estaba incorporando, normalizados, a los modelos educativos avanzados. Asambleas, didáctica por proyectos, transversalidad, son conceptos ya imprescindibles en cualquier oferta educativa actualizada y todos ellos estaban ya presentes en la primigenias Casas de Juventud. Permanecía la necesidad y permanecían los instrumentos. Tarde o temprano aparecería una nueva propuesta que integraría ambos. Pero ahora ya no sería en una sola ciudad, ni estaría limitado en sus objetivos y propuestas. Sería de alcance nacional y tendría por objetivo asaltar el cielo. Llegó el 15 de mayo de 2011. Y los jóvenes volvieron a ocupar las plazas. Pero ahora no se volvieron a dormir a sus casas. Permanecieron allí. Ahora no querían que el poder los escuchara, querían el poder.
El progresivo debilitamiento del potencial de cambio, tanto del MLP como del 15M tiene que ver con la rapidez con la que los integrantes de ambos procesos aceptaron que la ocupación de los instrumentos ya establecidos de poder político era la forma más rápida para procurar los cambios que su generación reclamaba. Desdeñaron el enorme poder corruptor de la pureza que tiene el ejercicio del poder. Una vez aceptadas las reglas del juego, no puedes escapar de su influencia. El gatopardo de Lampedusa debería ser una lectura obligada de todo proceso de cambio.
Los jóvenes tienen una enorme ventaja que a la vez es un profundo inconveniente. Tienen el tiempo a su favor y en su contra. A su favor, porque sus vidas acaban de empezar, en contra porque tarde o temprano dejan de ser jóvenes. Su necesidad de pertenecer, su ansia de importar, no desaparecen porque la generación anterior no lo consiguiera. Los que fuimos jóvenes sabemos el precio que hay que pagar por la madurez. Afortunadamente los que siguen a los que nos siguieron no verán mermada su ilusión por nuestro aparente fracaso. Y nosotros, los más viejos, sabemos ahora que lo que entonces nos pareció una derrota, realmente fue trasformador.
El riesgo que corremos es que la posibilidad de cambio se les ofrezca a los siguientes desde opciones que identifican los derechos humanos y la democracia con el poder y con lo viejo. De hecho, es el escenario más probable. El gran reto pues de los movimientos progresistas es el de proponer de nuevo el cambio, identificar los cimientos reales del poder, crear nuevos instrumentos que ofrezcan a la siguiente generación un panorama que resuelva las incongruencias de lo anterior. Recobrar la ilusión, recobrar la utopía, recobrar el futuro.
Permitidme que termine esta reflexión recordando los versos del Ulises de Tennyson que decoraban mi despacho en la UGT de otros tiempos: “…si bien no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos movía tierra y cielo, somos lo que somos: corazones heroicos de parejo temple, debilitados por el tiempo y el destino, más fuertes en voluntad para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse”. No rendirse.



0 comentarios