María Jesús Luna Serreta, Luna, fue animadora de Casas de Juventud, fundadora de la ONGD Hermanamiento León (Nicaragua) – Zaragoza (España) y en la actualidad es Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.
Lo primero que recuerdo es el pánico. Tenía 23 años y era mi primera experiencia laboral. Sin trayectoria asociativa, no tenía ni idea en qué consistía el trabajo en las Casas de Juventud. Animación sociocultural, trabajo con grupos, en los barrios. Volví el fin de semana a Robres y rescaté del granero los apuntes de Trabajo Social Comunitario y con Grupos, de Metodología y lo repasé todo antes de volver a las reuniones sucesivas el siguiente lunes por la mañana. Diez días antes me había llegado una carta del INEM que me pedía que me presentase en un equipamiento municipal para “gestionar colocación”. Un examen y dos entrevistas después, el Servicio de Juventud del Ayuntamiento de Zaragoza me había contratado. Joaquín García me acompañaba paciente esos días. Un mes después, sin haber superado mi pánico, me dijo que me quedaba al cargo de la Casa de Juventud A Dalla de la Margen Izquierda. Años después durante un corto pero intenso periodo de tiempo, también lo haría de la Casa de Juventud del Barrio Oliver.
Los y las jóvenes de la Margen Izquierda tenían ganas de participar y de hacer actividades. Por su experiencia previa en el CTL Picarral animado por la PAI, desde los scouts, o por su incipiente militancia en organizaciones políticas, por su participación en los medios de comunicación del barrio, desde el IES Avempace, donde hacían teatro y Carmen Magallón promovía un grupo no sexista,… Del Actur, La Jota, Barrio Jesús, Covasa, el Arrabal y el Picarral, había muchas ganas. También encontré en los jóvenes del Barrio Oliver creatividad y ganas que habían surgido en el CTL y en los programas de actividades del IES María Moliner y del Centro Cívico.
Por primera vez los y las jóvenes de los barrios podían hacer danza, teatro, comic, fotografía, cine, … Podrían organizar sus torneos deportivos, sus jornadas, presentaciones,… hasta ese momento oportunidades reservadas a quienes podían pagar esos estudios en academias privadas. Y lo aprovecharon muy bien, todos los cursos, talleres, grupos que proponía, se llenaban. En A Dalla se conformaron 63 grupos estables, más de 1.200 jóvenes realizando actividades semanalmente y participando en sus grupos y equipos de voluntarios.
En mi casa de juventud, el equipo de voluntarios tenía una especial potencia. Muy jóvenes, alumnado del IES Avempace, con un fuerte compromiso que representaban a sus grupos, tomaban decisiones, planificaban actividades y encuentros, se coordinaban con los centros educativos y entidades del barrio y aprendían rápido. Eran equipos muy diversos, plurales, que representaban a esa pluralidad de los jóvenes y por eso nos permitían conectarnos con ellos. Con enorme generosidad dedicaban su tiempo a la Casa de Juventud, desde un modelo de militancia que empezaba a desaparecer. Me tocó de nuevo en el Barrio Oliver generar un equipo con estas características, mi primer voluntario, Luis Algaba que en el momento en que nos conocimos, me dijo a mi llámame Perro y así lo hice hasta que murió prematuramente. Se enfrentaban no solo al reto de la participación de los y las jóvenes de sus barrios, también a problemas tan complejos como la prevención de las adicciones en la época terrible de la heroína y la integración en las Casas de jóvenes en grave riesgo de marginación.
A través de lo que llamábamos proyectos interasociativos, se impulsaba un trabajo comunitario en los barrios que tuvo muchos frutos. En coordinación con las AMPAS de los centros escolares, con el IES Avempace y María Moliner, las asociaciones de vecinos, culturales, Comisiones de Mujeres y con unos Centros Cívicos volcados en la dinamización de los barrios, organizamos multitud de Proyectos, Jornadas, los primeros años del Día Escolar por la Paz, … Un verdadero trabajo de articulación social. Agradezco que personas con una larga trayectoria asociativa en los barrios, nos dieran ese espacio, nos escucharan y aceptaran nuestras propuestas. Creo que nosotros correspondimos a esa confianza inyectando vitalidad en la vida asociativa y cultural.
También se generaba un grupo de profesionales de diversa procedencia que quería apostar por la participación real, el impacto y llegar a todos los y las jóvenes. Nos tomamos muy en serio el certero análisis sobre la realidad de la juventud de José Luis de Zárraga. Para superar el bloqueo que la crisis estaba provocando, había que proporcionarles experiencias significativas, oportunidades para asumir responsabilidades, para adquirir las competencias que deberían venir del mundo laboral y social, en aquel momento inaccesibles. Aquel grupo de profesionales, en un ejercicio constante de creatividad, desarrollaba y sistematizaba la experiencia.
La Coordinadora de Casas de Juventud, después convertida en Federación, se convertía en el espacio de articulación del conjunto. A la misma, se incorporaban jóvenes desde las Casas de Juventud de los Barrios que ampliaban su mirada a la totalidad de los y las jóvenes de la ciudad, que se coordinaban con otros proyectos de ciudad y se convertían en interlocutores ante las administraciones públicas y tejido social. Los proyectos globales, como los encuentros de formación, se hicieron cada vez más consistentes, nuevos espacios de participación para el conjunto de la ciudad.
La Animación Sociocultural fue la metodología de referencia, por su apuesta por los procesos participativos, de democratización de la cultura, la articulación de iniciativas sociales, el trabajo comunitario en los barrios, la transformación social. Sistematizando las experiencias identificamos la pirámide de participación, definimos la dinámica de trabajo de los equipos de voluntarios, generamos estrategias de comunicación eficaces, protagonizadas por jóvenes que entendían muy bien lo que interesaría a otros jóvenes.
El Servicio de Juventud del Ayuntamiento de Zaragoza había desarrollado este proyecto, recuerdo con tristeza a José Ángel Martí, junto con otras iniciativas en aquel pionero primer Plan Joven. Nunca se ha entendido tan bien a los jóvenes y se ha confiado tanto en ellos como en aquel momento. El Banco de actividades hacía posible ese despliegue de actividad, nos proporcionaba monitores para los innumerables talleres, cursos y grupos estables. Desde el CIPAJ se difundían nuestras actividades, nos coordinábamos con los PIEES y con los UTJ, Unidades Técnicas de Juventud que había en los barrios. La apuesta por el protagonismo de los jóvenes fue total.
Es esta para mi una historia de aprendizajes, de una manera de mirar la realidad, de una cultura de hacer las cosas, una ética del trabajo, que compartimos y en la que nos reconocemos cuando nos encontramos los que coincidimos en algún trecho de ese camino, en otros contextos sociales o de trabajo.
Es también una historia de afectos, los jóvenes de los grupos, mis voluntarios de Arrabal y Oliver, de la Coordinadora y la Federación, a los que quiero de manera incondicional. Es emocionante encontrarme con algunos de esos jóvenes que siguen haciendo teatro, danza, cine, fotografía, que han convertido aquellos aprendizajes en una carrera profesional, que desde sus experiencias de participación en Casas de Juventud pasaron a otras entidades y hoy desempeñan puestos de responsabilidad o simplemente que siguen contando conmigo. Lejos de cualquier tópico, tengo que decir que Casas de Juventud cambiaron mi vida, como estoy segura que cambiaron la de muchos jóvenes de los barrios de Zaragoza. Gracias a todos y todas los que habéis sido parte de esta experiencia.



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