Un hombre llamado Otto (2022), o El peor vecino del mundo, como la han traducido aquí, me ha dejado removido por fuera y por dentro. Es impresionante cómo una película puede llegar a tocar tantos palos.
La muerte está presente de manera continua. Para mí es aliviante, porque me acompaña. Durante todo el visionado he sentido cerca la muerte del protagonista, y creo que incluso me he reconciliado con ella. Bufff. No sabéis cómo alivia esto.
Está catalogada de comedia, pero todavía no he llegado a comprender muy bien porqué. Y mira que he reído viéndola…
Si tuviera que resumir la peli en una frase, por decir de que trata, creo que me quedaría con Cómo la comunidad sostiene a las personas o la fuerza de la comunidad. El movimiento vecinal norteamericano de los años 80 y 90, confrontado directamente con el individualismo “pantallil” de la gente joven actual, es como una suave línea de bajo durante toda la película. No está, pero lo notas. Cada cosa que hace el protagonista tiene, para mí, relación con la solidaridad vecinal, y los valores de la comunidad y la protección de la dignidad humana.
Si os habéis enfadado con alguien en alguna ocasión, y habéis dejado de hablarle, conoceréis esa sensación que ocurre cuando, un día, de repente, retomas conversación y piensas “no era para tanto”. Como el autismo no explicitado del protagonista influye en esta forma de tener relaciones con los demás (mejor dicho, de no tenerlas) también es un punto. Pero todos somos un poco autistas ahora mismo.
Como a mí me molestan mucho las multitudes, y tengo la necesidad de huir a espacios naturales y de estar solo a menudo, entiendo lo que le pasa a este pobre hombre. El punto de que todo el mundo sea idiota no lo compartiré nunca, pero me resulta familiar, me conecta a él. Y cuando miras a Otto a los ojos, cosa que la película te permite hacer en muchas escenas, te das cuenta de que es un perfil humano muy sensible, a pesar de la rigidez. Lo prometo, te das cuenta. Tardas un poco, casi al final de la peli, pero te das cuenta.
Tiene la casa hiperordenada. Cuida la urbanización con rutina diaria, no deja que las normas de convivencia se degraden. Habla claro. Y añora dos cosas: el bosque de enfrente y a su mujer, de la que habla muy poco, pero qué revive a cada minuto en su cabeza.
El suicidio como final digno, para reencontrarse con ella, o al menos con la paz y el silencio es la única parte cómica de esta película. Y es que no hay manera de acabar con todo, porque siempre aparece un vecino a interrumpir sus planes.
Es la maldita especulación urbanística actual la que parece rescatar a Otto de la desesperanza sobre la humanidad, y qué hace que lidere, como solía hacerlo antes, una última batalla contra una inmobiliaria. Me encanta. La redención gracias a la lucha contra la especulación.
Al final, como dice Otto, estos de ahora ya no plantan batalla como los de antes, son más fáciles de derrotar. Quedémonos con esto, y también con la reflexión final sobre la importancia de tu legado, que Otto planifica meticulosamente bien.
Maravillosa.




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