Vitoria, 50 años de memoria y dignidad obrera
José Arturo Val del Olmo: Miembro de las CCRR del 3 de marzo de 1976.
No ha sido un camino fácil, durante años, partidos mayoritarios e instituciones intentaron pasar página y silenciar la lucha y la matanza de Vitoria en 1976 porque contradecían su relato de una Transición que, ni fue modélica, ni pacífica. Hoy hay consenso en considerar que esa lucha, y la solidaridad que generó, fue determinante para hacer fracasar los intentos de reformar el franquismo e impulsó de forma decisiva las libertades. Sin embargo, los dirigentes obreros renunciaron a la ruptura democrática propiciando una Transición que mantuvo intactos resortes del poder franquista y legitimó la injusticia y la impunidad con las víctimas.
100.000 personas participamos en el funeral de los tres primeros asesinados aquel aciago día, la mayor manifestación contra la dictadura fascista que se resistía a morir matando. Durante el recorrido, miles de brazos se alzaban haciendo el signo de victoria. La brutal intervención policial no pudo empañar el éxito de una huelga general que consiguió el apoyo de todo el pueblo de Vitoria, con una clase trabajadora que, durante dos meses, demostró su capacidad de lucha y sacrificio enfrentándose a una patronal intransigente enriquecida bajo la dictadura, gracias a leyes criminales y una represión sistemática del movimiento obrero. Pagamos un precio muy alto, pero los asesinatos de Pedro María, Francisco, Romualdo, José, y Bienvenido, acribillados a quemarropa al disolver la Policía una asamblea obrera, concitaron la solidaridad de medio millón de personas en la huelga general más importante de Euskal Herria, y amplia contestación en el Estado y en el mundo, con dos nuevos asesinatos en Basauri y Tarragona.
Los asesinatos de Vitoria fueron terrorismo de Estado y no una «respuesta policial abusiva», como ha declarado recientemente una dirigente del partido socialista. Esa sutil diferencia impide que se consideren delitos de lesa humanidad, que ni prescriben, ni pueden ser amnistiados, y establece víctimas de primera y de segunda categoría. Sin órdenes o autorización del Gobierno franquista, el gobernador civil no hubiera violado el concordato de 1953 con la Santa Sede, que prohibía entrar en las iglesias, ni la policía hubiera intervenido tan fría y premeditadamente. Además, las instrucciones de «no os importe matar», dadas cuando Fraga y Martín Villa eran ministros de Interior y de Relaciones Sindicales, avalan que fueron crímenes de Estado. No fueron los únicos, más de cien asesinatos de trabajadores y personas de izquierdas, como el de los sanfermines de 1978, desde la muerte de Franco hasta que se aprobó la Constitución. Por eso, es necesario que el Gobierno de España reconozca, pública y políticamente, que existió violencia de Estado.
Defendiendo lo más básico; poder elegir a nuestros representantes, un sueldo decente y una jornada laboral digna, conquistamos las libertades ejerciéndolas, y nos enfrentamos al poder económico que tenía a su servicio el sindicato vertical, las instituciones, las leyes, los medios de comunicación y la policía. Nos golpearon, nos despidieron, nos detuvieron, nos torturaron, nos balearon, nos asesinaron, pero no pudieron doblegarnos. No nos regalaron nada, todo hubo que conquistarlo. Conseguimos romper los topes salariales, mejoras laborales, reconocimiento de asambleas y comisiones representativas, readmisión de despedidos, garantizar el puesto de trabajo a los detenidos, que se potenciarán las asociaciones de vecinos y se pusiera en pie un movimiento propio de las mujeres, pero después hubo que seguir luchando porque, bajo el capitalismo, ninguna mejora es estable ni permanente.
Hoy sobran razones para seguir peleando. El constante incremento de los ritmos de trabajo aumenta las bajas laborales por trastornos mentales, la subida de los precios adelgaza los salarios en favor de los beneficios del capital. Interminables cadenas de subcontrataciones recaen en las empresas con empleos más precarios, las mujeres ganan un 30% menos que los hombres, la jornada aumenta porque se obliga a meter horas extras que en muchos casos no se pagan, los precios de la vivienda están por las nubes debido a la especulación, la sanidad, la educación o la dependencia se deterioran y se privatizan, el fraude y la elusión fiscal de las grandes empresas son endémicos y la desigualdad es creciente.
La crisis del capitalismo y la disputa por la hegemonía imperialista incrementan el militarismo y la agresividad, las migraciones masivas, el negacionismo climático de la extrema derecha, la dictadura de las plataformas digitales, la degradación del planeta, o los planes para hacer negocios con los genocidios y el sufrimiento de millones de personas, mientras se aplican leyes como la Ley Mordaza, que criminalizan la protesta y atacan de raíz derechos que han costado sangre, sudor, y lágrimas conseguir. Sin embargo, la clase trabajadora seguimos ocupando la centralidad social y económica y la historia enseña que podemos ocupar también la centralidad política, impulsando cambios profundos en la sociedad. Ahora mismo, en Euskadi, más de cincuenta empresas o sectores afectando a miles de trabajadores están en huelga. El movimiento pensionista lucha para mejorar las pensiones de miseria de miles de mujeres que no cotizaron lo suficiente por dedicarse a tareas de cuidados, de menores y personas dependientes, porque el PSE y PNV ni siquiera permiten que se debata en el Parlamento Vasco a pesar de haber recogido más de 145.000 firmas de apoyo. El próximo día 17 de marzo hay una convocatoria de huelga general en Euskal Herria en favor de un salario mínimo de 1.500 euros, lo que beneficiará a mujeres, personas migradas y jóvenes, y reducirá la pobreza y la precariedad. Buen momento para recuperar lecciones del 3 de marzo; la organización, la solidaridad, la unidad de acción o la extensión y coordinación de las luchas, mientras seguimos defendiendo la verdad, la justicia, la reparación y un memorial del 3 de marzo que contribuya a conseguir esos objetivos.
50 años después. Vitoria, hermanos nosotros no olvidamos
Miguel Salas: Sindicalista. Es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.
“Entonces, a las dos de la tarde del día 3 de marzo,
ante el éxito fulgurante de la huelga,
hay un silencio en Vitoria.
Y, efectivamente, era un silencio
como esos silencios que se dan antes de las tormentas, ¿no?”.
Testimonio de José Antonio Abásolo
Han pasado cincuenta años y el Reino de España sigue sin reconocer ninguna responsabilidad sobre la masacre de Vitoria, el asesinato por la policía de cinco obreros y varias decenas de heridos el 3 de marzo de 1976. El 26 de febrero de 2026, el Parlamento vasco aprobó una resolución, sostenida por el PNV y el PSE, en la que se pide que se «reconozca el papel del Estado y condene la actuación desproporcionada». Lo acordado ha decepcionado a las asociaciones de las víctimas del 3 de marzo (Martxoak 3) que pedían que se reconociera la “responsabilidad” del Estado. No es una cuestión de matiz, ya que rebaja el nivel de exigencia y se mantiene en el marco de quienes siguen hablando de que la masacre fue una “actuación desproporcionada” y no quieren reconocer que se trató de crímenes.
Durante todos estos años se ha mantenido viva la memoria de lo que pasó. Marcó a toda una ciudad y es un recuerdo vivo del movimiento obrero. Cada año se han organizado actividades y manifestaciones para recordarlo y este 3 de marzo hay diversos actos preparados en la ciudad, en un momento en el que la iglesia de San Francisco de Asís (donde sucedió la masacre) se ha reconocido como lugar de memoria democrática. Medio siglo después las asociaciones de víctimas siguen reivindicando “verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición”.
***
Los sucesos de Vitoria, y sucedieron muchos otros, son más que suficiente para desmontar toda la mentira sobre la “modélica” transición pacífica de la dictadura. La clase trabajadora pagó a sangre y fuego la continuidad monárquica elegida por Franco y nunca votada por el pueblo.
Lo que ocurrió el 3 de marzo es bastante conocido: una huelga general en Vitoria que acabó con la vida de Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, José Castillo García y Bienvenido Pereda Moral. En las huelgas y manifestaciones de solidaridad que recorrieron España fueron asesinados Vicente Antón Ferrero en Basauri y Juan Gabriel Rodrigo en Tarragona. Quizás no es tan conocido todo el proceso previo que desembocó en la huelga general.
El 3 de marzo no fue un estallido puntual, sino el resultado de un largo proceso. Empezó el 9 de enero con la huelga en Forjas Alavesas. Al día siguiente se sumó Mevosa, una de las principales empresas de la ciudad, y poco a poco se fueron incorporando diferentes fábricas como Aranzabal, Gabilondo, Ugo, Apellaniz, Cablenor, Talleres Velasco, Industrias Galycas, Areitio, Apellaniz u Orbegozo de Salvatierra. Hacia el 26 de enero los huelguistas eran unos seis mil, que se mantuvieron hasta después del 3 de marzo, y previamente hubo dos huelgas generales, los días 16 y 23 de febrero. Las reivindicaciones eran bastantes parecidas: un aumento salarial lineal (para romper la división entre las categorías que se iban distanciando con los aumentos porcentuales) de entre 5.000 y 6.000 pesetas (1975 se cerró con una inflación de más del 17%) la reducción de la jornada laboral a 40 o 42 horas semanales, un mes de vacaciones y media hora para el bocadillo, 100% del sueldo en caso de accidente o enfermedad y la jubilación a los 60 años, además de temas sociales o particulares de cada empresa. Como se ve no tan diferente a las negociaciones de convenio actuales.
Tiene una gran importancia el sistema de organización y representación. Desde 1974 existía en Vitoria una coordinación de empresas denominada Coordinadora Obrera de Vitoria (COV). La asamblea fue el instrumento de reunión y decisión, donde se debatía y decidían las cosas. La asamblea elegía una Comisión Representativa que negociaba con la empresa (sin capacidad de decisión, ya que sólo la tenía la asamblea) se coordinaba con otras empresas y se ocupaba del desarrollo de la huelga. En la mayoría de las empresas se exigió la dimisión de los enlaces y jurados (la representación del sindicato franquista). Con el tiempo la COV perdió su función y las CC.RR. se convirtieron en la genuina representación y dirección durante los dos meses que duró el movimiento. Para comprender su verdadera amplitud solo hay que citar que, según el Gobierno Civil de la época, en ese período se realizaron 229 asambleas, que debieron ser más porque hay que dudar que estuviera informado de todas las que se realizaron.
Ese funcionamiento abierto, participativo y democrático sostuvo el movimiento, y permitió estrechar la solidaridad entre los huelguistas y ampliarla a otros sectores, como estudiantes, bancarios o empleados del comercio, sin el cual es difícil imaginarse la resistencia contra todos los poderes: la policía, los gobernantes y los empresarios. Años después, el sindicalista Agustín Plaza resumía su vivencia: “yo no he visto nunca en mi vida tanta democracia como en aquella época porque la participación de los trabajadores era totalmente activa, los trabajadores participaban dando su opinión sin ningún tipo de problema. Jamás en la historia, y llevo muchos años, en el sindicalismo […] nunca he conocido un período mejor de democracia obrera y participativa. Ojalá volviesen aquellos tiempos donde los trabajadores son los que deciden la situación”.
Orgullo de clase
Los despidos, la represión, los detenidos y la negativa de los empresarios a las reivindicaciones cambiaron con rapidez la conciencia de la clase trabajadora. Las reivindicaciones laborales dieron paso a la libertad de los detenidos y la readmisión de los despedidos y, además, la negativa a aceptar la representación sindical franquista enfrentaba el movimiento ya no sólo al patrón sino también a las autoridades y a la falta de libertades.
Cada paso que se daba reafirmaba la conciencia. La asamblea reforzaba la solidaridad y el compañerismo frente al patrón. Las asambleas conjuntas de empresas en lucha ampliaban la confianza de que no estaban aislados. Las cargas policiales desnudaban el régimen franquista y hacía visible la identidad entre los empresarios y el Estado represor. “Era sobre todo un momento excepcional -relata Arturo Val del Olmo, miembro de una Comisión Representativa- en el que nos hacíamos conscientes de nuestra pertenencia a una clase social, en el que aprendíamos todas las implicaciones de nuestra lucha incluida la necesidad de cambiar la sociedad y en el que comprendíamos la importancia de organizarnos. Eran los sectores más activos los que sacaban conclusiones más rápidamente pero el ambiente involucraba a todos incluidas nuestras familias y otros sectores sociales”.
Algunos ejemplos de ese orgullo de clase que se iba configurando. Imanol Olabarría, representante de la empresa Cablenor, explica la reacción de los obreros frente a un tiránico jefe de personal que les conminó a volver al trabajo y al que ningunearon quedándose en silencio: “la gente yo creo que empezó a descubrir algo, que aquel […] jefe de personal, que antes nos mandaba a todos y cada uno de nosotros, de repente todos juntos allí lo habíamos hecho marcharse con el rabo entre las dos piernas”. O cuando los obreros, vestidos con su mono azul de trabajo, recorrieron el centro de la ciudad y se pasearon desafiantes frente al Círculo Vitoriano, el lugar de reunión de la burguesía de la ciudad, como diciendo “aquí estamos y representamos lo opuesto a vosotros”. La Coordinadora de Fábricas en Lucha se hizo eco de ese orgullo: “A lo largo de esta importante huelga […] hemos ido aprendiendo lo que es el nuevo movimiento obrero. La fuerza de nuestra clase cuando permanece unida y las posibilidades de la clase mayoritaria de la sociedad en un futuro democrático. Está siendo la clase obrera el centro de la vida alavesa”. Es conveniente tener bien presentes estas ideas de que la lucha de clases sigue siendo el motor de la historia y que la clase obrera, a pesar de las dificultades presentes, es quien puede organizar una alternativa a la sociedad capitalista.
Los informes policiales constataban ese cambio en la conciencia. Se lee en uno de sus informes: “los descritos dispositivos tácticos, que tienen en la experiencia huelguística de Vitoria su punto de lanzamiento, deben ser considerados como un importante avance teórico en la lucha obrera. De cuajar tales dispositivos -de crearse Comisiones Representativas en toda la nación y realizarse efectivamente el pretendido engranaje entre ellas- el avance del movimiento obrero sería práctico y se traduciría -opinamos- en una prepotencia muy difícil de contener” (Fondos Contemporáneos. Mº Interior-Policía. H, Exp. 21.086. “Boletín Informativo Nº 26, de 6 de julio de 1976”. Comisaría General de Investigación Social. Págs. 34 y 35)
Como hemos explicado en este artículo, los meses posteriores a la muerte de Franco estuvo en juego un futuro distinto al del pacto monárquico entre los franquistas y los dirigentes del PSOE y del PCE, fue posible que el movimiento obrero, popular y democrático abriera el camino de una ruptura o un movimiento revolucionario frente al fin del franquismo. Una octavilla de la Asamblea de Fábricas en Lucha lo expresaba así: “Es urgente romper con el engaño y la confusión que nos tienden, creando ilusiones de que todos los cambios nos vendrán desde arriba para que la clase obrera no luche”.
En la maduración de la conciencia de clase tuvieron que responder a provocaciones de división. Aparecieron octavillas queriendo enfrentar a los obreros y obreras en función de su procedencia. En una de ellas se leía: “Castellanos, andaluces, extremeños, gallegos, basta ya de hacer el juego a separatistas, vascos que reniegan de su condición de españoles, que de siempre han pretendido mantenernos como ciudadanos de ínfima categoría a los que, llegados de otras provincias, buscando el pan para nuestros hijos y un meritorio deseo de asegurarles un futuro mejor, estamos aquí con nuestro sudor […]. No, no estamos en casa ajena. Las provincias Vascongadas son España”. No tuvieron ningún éxito, pero lo intentaron. No estamos tan lejos cuando ahora se pretende enfrentar a la clase trabajadora autóctona con la inmigración.
Marchas de bolsas vacías
No hay movimiento social y político importante que no haya contado con la presencia activa de las mujeres. A menudo se las ha considerado como acompañantes de los huelguistas, pero es hora de incorporarlas como parte troncal de todo el proceso huelguístico, con sus propias experiencias y reivindicaciones. Las mujeres de Vitoria lo confirman.
No era muy numerosa la presencia de mujeres en las fábricas, con la excepción de Areitio, con mayoría de mujeres en la plantilla, pero desde el primer momento participaron en el proceso. Las que trabajaban en las fábricas porque veían la discriminación salarial con los hombres y el resto se sintieron interpeladas como mujeres de los obreros. El 21 de enero se reunió la primera asamblea de mujeres. No pocas mujeres acudieron acompañadas de sus maridos, pero en seguida encontraron su propio marco de debate y de acción y, sobre todo, ampliaron el repertorio de las movilizaciones, la extensión del conflicto a los barrios no hubiera sido posible sin ellas, e incorporaron temas que excedían los estrictamente laborales, como la situación de la sanidad, de las escuelas y de los propios barrios.
La acción más llamativa fueron las marchas semanales con las bolsas vacías. Los jueves, día de mercado, recorrían los barrios y llegaban hasta el centro de la ciudad llamando la atención sobre la carestía de la vida y el apoyo a quienes estaban en huelga. Caminaban por las aceras sin interrumpir la circulación, en alguna ocasión llegaron a reunirse unas 3.000 mujeres, y como a veces la policía cargaba, por el otro lado de la calle iban los hombres en huelga, produciendo una imagen impresionante y de fuerza de la movilización. Otras veces se dirigían a alguna empresa en huelga o se encaraban con los esquiroles. Llegó a ser tan importante que, por ejemplo, en Mevosa decidieron retrasar una hora la asamblea para esperar el final de la manifestación de las mujeres.
Recoger dinero para el mantenimiento de la huelga fue otra tarea esencial. Por toda la ciudad, en bares y comercios, se podía apoyar económicamente, consiguieron un gran apoyo solidario y la caja de resistencia permitió aguantar las huelgas y, después de la represión, sostener económicamente a quienes fueron detenidos o tuvieron que huir para evitar la detención.
En todo ese proceso, y más después del 3 de marzo, fueron tomando conciencia de la importancia de lo que hicieron y cómo las cosas no hubieran sido igual sin su valiosa participación. Begoña Oleaga, recuerda el cambio que fueron experimentando: “Y luego ibas viendo la transformación […] que de ser unas mujeres miedosas con una baja autoestima, porque nosotras no entendemos, incluso alguna decía yo soy analfabeta […] se atrevían a salir allí, se subían en público en las asambleas de mujeres, daban clases de economía, de cómo hacer esto para que salga más barata la comida, de cómo limpiar en casa sin comprar productos, es que eran auténticas clases de economía, yo me quedaba alucinada, de verdad […] y esas mujeres cómo se fueron transformando en seres valientes, con una autoestima, diciendo nosotras aquí tenemos cosas que decir y las vamos a decir”. María Teresa Pontón, otra de las participantes, explica: “Me acuerdo de que allí empecé a despertar a una cantidad de cosas: la sumisión de las mujeres, las luchas sociales por diversas causas, del ambiente social. Yo me acuerdo de muchas amigas mías que me decían, ¡ah yo no tengo conciencia de estar oprimida! Digo: mira estamos oprimidas por ser clase trabajadora y todavía más por ser mujeres. Por ser mujeres estamos a las órdenes del marido, de la sociedad, del qué dirán y de todo. Estamos oprimidas de manera doble, triple y cuádruple”. No se puede decir mejor.
La memoria que mira el futuro
Han pasado cincuenta años, muchas cosas han cambiado, las generaciones son distintas como lo es la situación del movimiento obrero. Pero hay cosas que no cambian porque forman parte del sistema capitalista: la explotación de la clase trabajadora y la lucha contra ella y contra todo tipo de opresión; la necesidad de organizarse para defenderse; la solidaridad de clase como herramienta imprescindible y el ejercicio de la democracia entre la clase trabajadora.
Si conmemorar este aniversario atrae la atención de tanta gente no es solo por su recuerdo y la repulsión de los asesinatos, sino por la esperanza que surge de un movimiento tan profundo como el de Vitoria, de sus objetivos, de su organización y de cómo la clase trabajadora fue capaz de movilizar en torno suyo a la mayoría de la población de la ciudad, y la posterior solidaridad del País Vasco y del resto del Reino de España.
Por eso, la memoria no es sólo recordar el pasado sino aprender de él para utilizarlo en las luchas presentes y futuras. Son certeras las palabras de Imanol Olabarría, uno de los representantes de las CC.RR., que tiempo después diría: “es el recuerdo de una lucha pasada y de la que nos sentimos orgullosos […] pero este recuerdo desprovisto y no recordando sus sueños, sus formas organizativas, en el fondo no es ajeno a atemorizarnos, para gente que pudiera pensar que habría que repetir, que habría que saltar de nuevo a la arena. Recordarlos sin sus sueños es matarlos de nuevo”.
Y como no olvidamos a los cinco asesinados por la causa obrera, nos viene a la memoria la rabia que tan bien supo expresar Lluis Llach en Campanades a mort:
Assassins de raons, de vides,
que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies
i que en la mort us persegueixin les nostres memòries.
(Asesinos de razones, de vidas
que no tengáis reposo en ninguno de vuestros días
y que en la muerte os persigan nuestras memorias)



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