Soy un aficionado acérrimo de los encierros de los Sanfermines de Pamplona. Mejor dicho, soy de los que no van a Pamplona, ni se levantan a las ocho. Pongo el televisor a las doce del mediodía, vamos a suponer, y veo la retransmisión de los Sanfermines en diferido como diría Cospedal. Por cierto, fui a Confluencias en Torrellas donde celebramos el Consejo Editorial de esta revista, y al volver cogí un tren en Tudela. El tren iba abarrotado de Sanfermineros con su atuendo con una pinta como si hubieran vuelto de una guerra. Demacrados, dormitando en posiciones totalmente anómalas, en fin, pocas ganas que tenía de ir…
Hay que reconocer que la retransmisión de TVE es impresionante. Uno de los elementos de los Sanfermines es que se encomiendan a San Fermín con un ritual: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición”. Después se recita en euskera “Entzun arren San Fermín, zu zaitugu patroi, zuzendu gure oinarrak, entzierru hontan otoi”. Y se acaba con “Viva San Fermín” y “Gora San Fermín”.
¿Pero quién era San Fermín? Para documentarme busco el libro «La leyenda dorada” de Santiago de la Vorágine Vol II, o Jacopo da Varazze o da Varagine (1230-1298). Un libro de santos que tiene cualquier ateo que se precie. En él se explica que Fermín natural de Pamplona e hijo del gobernador fue a Tolosa donde estaba el obispo Honorato. Ya obispo, Fermín regresó a Pamplona. Pero el hombre se fue a las Galias para predicar a los infieles. Pobre Astérix qué culpa tenía de ser normal. Fermín defendía la doctrina con gran ahínco. Por ello fue detenido y encarcelado. La multitud lo liberó. Ya en Amiens unos Marchenas y Peinados le acusaron de multitud de delitos inventados. Lo volvieron a encerrar y mandaron secretamente degollarlo. Podríamos decir que era un corredor de los encierros avant la lettre: buscaba fervorosamente morir ensangrentado.
Memoria del Futuro ha ido un paso más allá de las crónicas habituales, hemos buscado declaraciones del protagonista, el propio San Fermín. Nos ha dicho: “estoy hasta el gorro (eufemismo) de que se encomienden a mi protección y acto seguido se pongan delante de seis toros bravos. ¡Pero a qué alma de cántaro se le ocurre semejante despropósito! Durante ocho días tengo que trabajar a destajo”. Sant Fermín continúa desbocado: “¿sabéis cuánto cuesta desviar una asta de toro que pasa pegado a un corredor? Si fuera uno o dos, vale. El problema es que hay centenares actuando al unísono y es casi imposible salvarlos a todos. Porque nunca un medio de comunicación me ha preguntado mi opinión, pero yo aprovecho ahora para decir que me parece una burrada absoluta”.
Bien, una vez escuchada la voz autorizada de San Fermín les voy a decir que si tengo que escoger bando, lo tengo clarísimo, cuando veo el encierro yo voy con el toro a muerte. Ya sé que la vida es riesgo, pero qué manera más tonta de jugarse la vida. Lo que más me impresiona es el parte de guerra que al cabo de pocos minutos da la organización. Tantos traumatismos, tantas cornadas, en qué lugares, etc. Pero aún me impresiona más el parte del Hospital Universitario de Pamplona al cabo de media hora, que es por decirlo así, un poco más científico y detallado. Pienso en las médicas, enfermeras y personal sanitario en general y muy especialmente en las cirujanas que desde las ocho de la mañana esperan que vengan los corredores accidentados. Creo que las cirujanas deben tener poca presión ya que si los pacientes la palman es porque se lo han buscado, no pasa nada: ya sabían a lo que venían. La vida y la muerte viene de un centímetro escaso del cuerno del toro. Me ha quedado una frase lapidaria, que vale para todo. Con este artículo ya hemos rendido el tributo anual al incansable empeño de los amigos humanistas de la Federació Darwinista Valenciana de Bous al Carrer. Tengo una curiosidad y creo que el CIS tendría que hacer una encuesta para averiguarlo. La gente que lo ve, ¿con quién va, con el corredor loco o con el toro? José Félix Tezanos, ¡ya tardas!




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