Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

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Primer discurso de Zohran Mamdani tras su triunfo electoral

28/11/2025

Discurso pronunciado por Zohran Mamdani en el Paramount Theatre de Brooklyn, Nueva York,  la noche del 4 de noviembre. 

Gracias, amigos míos. Puede que el sol se haya puesto esta tarde sobre nuestra ciudad, pero tal como dijo en cierta ocasión Eugene Debs [gran líder socialista norteamericano de principios del siglo XX]: «Puedo ver el amanecer de un día mejor para la humanidad».

Desde que tenemos memoria, los ricos y los que están bien relacionados les han dicho a los trabajadores de Nueva York que el poder no les pertenece.

Los dedos magullados por levantar cajas del suelo del almacén, las palmas callosas por el manillar de la bicicleta de reparto, los nudillos marcados por quemaduras de cocina: no son manos estas a las que se les haya permitido ostentar el poder. Y, sin embargo, durante los últimos doce meses, os habéis atrevido a aspirar a algo más grande.

Esta noche, contra todo pronóstico, lo hemos conseguido. El futuro está en nuestras manos. Amigos míos, hemos derrocado a una dinastía política.

Le deseo a Andrew Cuomo lo mejor en su vida privada. Pero que sea esta noche la última vez que pronuncio su nombre, ya que pasamos página a una política que abandona a la mayoría y sólo responde ante unos pocos. Nueva York, esta noche lo has conseguido. Un mandato para el cambio. Un mandato para un nuevo tipo de política. Un mandato para una ciudad que podamos permitirnos. Y un mandato para un gobierno que cumpla exactamente con eso.

El 1 de enero, tomaré posesión como alcalde de la ciudad de Nueva York. Y eso es gracias a vosotros. Así que, antes de decir nada más, debo decir esto: gracias. Gracias a la próxima generación de neoyorquinos que se niegan a aceptar que la promesa de un futuro mejor sea una reliquia del pasado.

Habéis demostrado que cuando la política se dirige a vosotros sin condescendencia, podemos dar paso a una nueva era de liderazgo. Lucharemos por vosotros, porque nosotros somos vosotros.

O, como decimos en Steinway [calle del barrio neoyorquino de Astoria en el que reside Mamdani], ana minkum wa alaikum [“soy de vosotros y para vosotros” en árabe].

Gracias a aquellos que tan a menudo olvida la política de nuestra ciudad, a los que hicieron suyo este movimiento. Me refiero a los propietarios de ultramarinos yemeníes y a las abuelas mexicanas. A los taxistas senegaleses y a las enfermeras uzbekas. A los cocineros de Trinidad y a las tías etíopes. Sí, tías.

A todos los neoyorquinos de Kensington, Midwood y Hunts Point, que sepáis esto: esta ciudad es vuestra ciudad, y esta democracia también es vuestra. Esta campaña tiene que ver con personas como Wesley, un organizador del 1199 [unidad de atención médica y prestaciones sociales a los trabajadores] que conocí delante del hospital Elmhurst el jueves por la noche. Un neoyorquino que vive en otro lugar, que viaja dos horas en ambos sentidos cada día desde Pensilvania, porque el alquiler es demasiado caro en esta ciudad.

Se trata de personas como la mujer que conocí en el Bx33 [ruta de autobús] hace años y que me dijo: «Antes me encantaba Nueva York, pero ahora no es más que donde vivo». Y se trata de personas como Richard, el taxista con el que hice una huelga de hambre de 15 días frente al Ayuntamiento, que todavía tiene que conducir su taxi los siete días de la semana. Hermano mío, hoy estamos en el Ayuntamiento.

Esta victoria es para todos ellos. Y es para todos vosotros, los más de

100.000 voluntarios que habéis convertido esta campaña en una fuerza imparable. Gracias a vosotros, haremos de esta ciudad un lugar que los trabajadores puedan volver a querer y en el que puedan volver a vivir. Con cada puerta a la que habéis llamado, cada firma que habéis conseguido y cada conversación que habéis mantenido con esfuerzo, habéis erosionado el cinismo que ha llegado a definir nuestra política.

Ahora bien, sé que os he pedido mucho durante este último año. Una y otra vez, habéis respondido a mis llamamientos, pero tengo una última petición. Nueva York, respira este momento. Hemos contenido la respiración durante más tiempo del que podemos recordar.

La hemos contenido en previsión de la derrota, la hemos contenido porque nos han dejado sin aliento demasiadas veces como para contarlas, la hemos contenido porque no podemos permitirnos exhalar. Gracias a todos aquellos que han sacrificado tanto. Estamos respirando el aire de una ciudad que ha renacido.

A mi equipo de campaña, que tuvo fe cuando nadie más la tenía y que tomó un proyecto electoral y lo convirtió en mucho más: nunca podré expresar la profundidad de mi gratitud. Ahora podéis dormir tranquilos.

A mis padres, mamá y papá: vosotros me habéis convertido en el hombre que soy hoy. Estoy muy orgulloso de ser vuestro hijo. Y a mi increíble esposa, Rama, hayati [“vida mía” en árabe]: no hay nadie a quien prefiera tener a mi lado en este momento, y en todo momento.

A todos los neoyorquinos, tanto a los que me votaron, como a los que votaron a uno de mis oponentes o a los que se sintieron tan decepcionados con la política que ni siquiera votaron: gracias por darme la oportunidad de demostrar que soy digno de vuestra confianza. Me despertaré cada mañana con un único propósito: hacer que esta ciudad sea mejor para vosotros que el día anterior.

Hay muchos que pensaban que nunca llegaría este día, que temían que estuviéramos condenados a un futuro peor, en el que cada elección nos relegara simplemente a más de lo mismo.

Y hay otros que ven la política actual como algo demasiado cruel como para que siga ardiendo la llama de la esperanza. Nueva York, hemos respondido a esos temores.

Esta noche hemos hablado con voz clara. La esperanza está viva. La esperanza es una decisión que han tomado decenas de miles de neoyorquinos día tras día, turno tras turno de voluntariado, a pesar de un anuncio negativo detrás de otro. Más de un millón de nosotros nos reunimos en nuestras iglesias, en gimnasios, en centros comunitarios, mientras llenábamos el libro mayor de la democracia.

Y aunque votamos por separado, juntos elegimos la esperanza. La esperanza por encima de la tiranía. La esperanza por encima del gran capital y las ideas mezquinas. La esperanza por encima de la desesperación. Ganamos porque los neoyorquinos se permitieron albergar la esperanza de que lo imposible pudiera hacerse posible. Y ganamos porque insistimos en que la política ya no fuera algo que nos impusieran. Ahora es algo que hacemos nosotros.

Ante vosotros, pienso en las palabras de Jawaharlal Nehru: «Llega un momento, aunque sea rara vez en la historia, en el que dejamos atrás lo viejo para entrar en lo nuevo, en el que una era llega a su fin y en el que el alma de una nación, largamente reprimida, encuentra su voz».

Esta noche hemos dado el paso de lo viejo a lo nuevo. Así que hablemos ahora, con claridad y convicción que no puedan malinterpretarse, sobre lo que traerá esta nueva era y para quién.

Esta será una era en la que los neoyorquinos esperen de sus líderes una visión audaz de lo que vamos a lograr, en lugar de una lista de excusas por lo que somos demasiado tímidos para intentar. El eje central de esa visión será el programa más ambicioso para abordar la crisis del coste de la vida que ha vivido esta ciudad desde los días de Fiorello La Guardia: un programa que congele los alquileres de más de dos millones de inquilinos con alquiler estabilizado, haga que los autobuses sean rápidos y gratuitos y ofrezca servicios de guardería a todos en toda la ciudad.

Dentro de unos años, ojalá lo único que lamentemos sea que este día haya tardado tanto en llegar. Esta nueva era será de mejora constante. Contrataremos a miles de profesores más. Reduciremos el gasto innecesario de una burocracia inflada. Trabajaremos sin descanso para que las luces vuelvan a brillar en los pasillos de los complejos de la NYCHA [Autoridad Municipal de Vivienda de Nueva York], donde llevan mucho tiempo parpadeando.

La seguridad y la justicia irán de la mano, ya que trabajaremos con los agentes de policía para reducir la delincuencia y crear un departamento de seguridad comunitaria que aborde de frente la crisis de salud mental y la crisis de las personas sin hogar. La excelencia se convertirá en la norma en todo el gobierno, no en la excepción. En esta nueva era que estamos creando para nosotros mismos, nos negaremos a permitir que aquellos que trafican con la división y el odio nos enfrenten a unos con otros.

En este momento de obscuridad política, Nueva York será la luz. Aquí creemos en defender a aquellos a quienes amamos, ya sean inmigrantes, miembros de la comunidad trans, una de las muchas mujeres negras a las que Donald Trump ha despedido de un empleo federal, una madre soltera que sigue esperando que bajen los precios de los alimentos o cualquier otra persona que se encuentre entre la espada y la pared. Su lucha es también la nuestra.

Y construiremos un Ayuntamiento que se mantenga firme junto a los neoyorquinos judíos y no vacile en la lucha contra el flagelo del antisemitismo. Donde los más de un millón de musulmanes sepan que pertenecen, no solo a los cinco distritos de esta ciudad, sino también a los salones del poder.

Nueva York ya no será una ciudad en la que se pueda traficar con la islamofobia y ganar unas elecciones. Esta nueva era se caracterizará por una competencia y una compasión que durante demasiado tiempo han estado reñidas entre sí. Demostraremos que no hay ningún problema demasiado grande como para que el gobierno no lo resuelva, ni preocupación alguna demasiado pequeña para que se ocupe de ella.

Durante años, los miembros del Ayuntamiento sólo han ayudado a aquellos que pueden ayudarles a ellos. Pero el 1 de enero daremos la bienvenida a un gobierno municipal que ayude a todos.

Ahora bien, sé que muchos han escuchado nuestro mensaje sólo a través del prisma de la desinformación. Se han gastado decenas de millones de dólares para redefinir la realidad y convencer a nuestros vecinos de que esta nueva era es algo que debería asustarlos. Como tantas veces ha ocurrido, la clase multimillonaria ha tratado de convencer a quienes ganan 30 dólares la hora de que sus enemigos son los que ganan 20 dólares la hora.

Quieren que la gente luche entre sí para que sigamos distraídos y no nos dediquemos a rehacer un sistema que lleva mucho tiempo roto. Nos negamos a dejar que sigan dictando las reglas del juego. Pueden jugar con las mismas reglas que el resto de nosotros.

Juntos, daremos paso a una generación de cambio. Y si aceptamos este nuevo y valiente rumbo, en lugar de huir de él, podremos responder a la oligarquía y al autoritarismo con la fuerza que temen, no con el apaciguamiento que ansían.

Después de todo, si alguien puede mostrar a una nación traicionada por Donald Trump cómo derrotarlo, es la ciudad que lo vio nacer. Y si hay alguna forma de aterrorizar a un déspota, es desmantelando las condiciones que le permitieron acumular poder.

Así es como detendremos no sólo a Trump, sino también al siguiente. Así que, Donald Trump, ya que sé que estás viendo esto, tengo cuatro palabras que decirte: sube ya el volumen.

Haremos que los malos propietarios rindan cuentas, porque los Donald Trump de nuestra ciudad se han acostumbrado demasiado a aprovecharse de sus inquilinos. Pondremos fin a la cultura de corrupción que ha permitido a multimillonarios como Trump evadir impuestos y aprovecharse de exenciones fiscales. Nos alinearemos con los sindicatos y ampliaremos las protecciones laborales porque sabemos, al igual que Donald Trump, que cuando los trabajadores tienen derechos inquebrantables, los jefes que buscan extorsionarlos se vuelven muy pequeños de veras.

Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes: una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, dirigida por un inmigrante.

Así que escúcheme, presidente Trump, cuando le digo esto: para llegar a cualquiera de nosotros, tendrá que pasar por encima de todos nosotros. Cuando entremos en el Ayuntamiento dentro de 58 días, las expectativas serán elevadas. Las cumpliremos. Un gran neoyorquino [Mario Cuomo, gobernador del estado de Nueva York entre 1983 y 1992 y padre de Andrew Cuomo] dijo una vez que, mientras se hace campaña con poesía, se gobierna con prosa.

Si eso tiene que ser cierto, que la prosa que escribamos siga rimando y construyamos una ciudad brillante para todos. Y debemos trazar un nuevo camino, tan audaz como el que ya hemos recorrido. Después de todo, la sabiduría convencional os diría que estoy lejos de ser el candidato perfecto.

Soy joven, a pesar de mis esfuerzos por envejecer. Soy musulmán. Soy socialista democrático. Y lo más irrecusable de todo es que me niego a disculparme por nada de esto.

Y, sin embargo, si esta noche nos enseña algo, es que las convenciones nos han frenado. Nos hemos postrado ante el altar de la cautela y hemos pagado un elevado precio por ello. Hay demasiados trabajadores que no se reconocen en nuestro partido y demasiados de nosotros que han recurrido a la derecha en busca de respuestas a por qué se han quedado atrás.

Dejaremos la mediocridad en nuestro pasado. Ya no tendremos que abrir un libro de historia para demostrar que los demócratas pueden atreverse a ser grandes.

Nuestra grandeza no será en absoluto abstracta. La sentirán todos los inquilinos con alquiler estabilizado que se despiertan el primer día de cada mes sabiendo que la cantidad que van a pagar no se ha disparado con respecto al mes anterior. La sentirán todos los abuelos que pueden permitirse quedarse en la casa por la que han trabajado y cuyos nietos viven cerca porque el coste de las guarderías no les ha obligado a mudarse a Long Island.

La sentirá la madre soltera que se desplaza segura al trabajo y cuyo autobús circula lo suficientemente rápido como para no tener que correr para llevar a los niños al colegio y llegar a tiempo al trabajo. Y la sentirán los neoyorquinos cuando abran el periódico por la mañana y lean titulares de éxitos, en lugar de escándalos.

Y, sobre todo, la sentirá cada neoyorquino cuando la ciudad que aman por fin les corresponda.

Juntos, Nueva York, vamos a congelar los alquileres juntos, Nueva York, vamos a hacer que los autobuses sean rápidos y gratuitos juntos, Nueva York, vamos a ofrecer guarderías para todos.

Dejemos que las palabras que hemos pronunciado juntos, los sueños que hemos soñado juntos, se conviertan en la agenda que cumpliremos juntos. Nueva York, este poder es tuyo. Esta ciudad os pertenece a vosotros.

Por deferencia de la revista Sinpermiso

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