Cuando Gregory Maguire publicó Wicked: The Life and Times of the Wicked Witch of the West en 1995, propuso una relectura radical de El mago de Oz, tanto de la novela de L. Frank Baum como de su adaptación cinematográfica de 1939. Maguire imagina la vida de Elphaba, la futura Bruja Malvada del Oeste: ¿y si no fuera una villana, sino el producto de un régimen autoritario que fabrica enemigos para consolidar su poder? Wicked dio también el salto a los escenarios: el musical, estrenado en 2003 en Broadway, fue creado por el compositor Stephen Schwartz y la dramaturga Winnie Holzman, quienes transformaron la novela en una historia más emotiva y accesible al gran público, sin renunciar a su núcleo político. El montaje teatral se convirtió en un fenómeno global, llegando a ser uno de los musicales más longevos de Broadway, con giras internacionales constantes y, ahora, dos adaptaciones cinematográficas que amplían su alcance mundial: Wicked (2024) y Wicked: For Good (2025), dirigidas por Jon M. Chu, que han vuelto a situar esta historia en el centro del panorama cultural.
En un proceso de “disneyficación”, la novela es oscura, radical y explícitamente política, mientras que el musical y el cine mantienen el conflicto político, pero se abren a públicos más amplios. No obstante, todas las versiones exploran el mismo hilo conductor: cómo se fabrica la maldad, quién se beneficia de ello y quién sale perdiendo, pues en esencia sigue siendo la historia de una mujer acusada de “malvada” por atreverse a desafiar al poder.
Wicked narra la juventud de Elphaba, la futura Bruja Malvada, y muestra cómo su piel verde y su pensamiento crítico la convierten en objeto de marginación en un territorio de Oz que ya apunta a formas de control autoritario. En la Universidad de Shiz conoce a Glinda, quien más adelante será conocida como la Bruja Buena. Entre ambas florece una amistad compleja que pone en tensión el origen social, las aspiraciones y las concepciones del poder. Elphaba descubre pronto que el Mago gobierna mediante el miedo y la propaganda, mientras su estricta profesora, Madame Morrible, articula un sistema de manipulación y vigilancia sutil pero constante. En Oz no existe armonía entre especies: los animales dotados de habla y raciocinio sufren una discriminación que Elphaba, víctima también de burlas y de un racismo evidente por ser verde, va percibiendo como cada vez más flagrante, hasta llegar a presenciar cómo pierden su voz y su capacidad de agencia. Precisamente en el descubrimiento del fraude que encarna el Mago y de la supuesta paz de Oz se halla la raíz de su “maldad”: la decisión de rebelarse. Glinda, en cambio, aun teniendo en general buenas intenciones, opta por adaptarse al régimen para conservar su posición de comodidad. A partir de ahí, la historia se entrelaza con la del relato clásico de El mago de Oz, pero subvirtiéndolo: la persecución de la Bruja no es justicia, sino represión política, y Dorothy no es una heroína elegida, sino una joven manipulada por el relato oficial. Como se comentó en las redes sociales, si El mago de Oz es propaganda, Wicked es el documental.
Elphaba, su hermana Nessarose, Boq, Glinda y Fiyero (que forma un triángulo amoroso con Elphaba y Glinda) constituyen el núcleo de personajes en torno a los cuales gravitan las tramas, todos ellos con evoluciones vitales complejas y muy interesantes. En el centro de los acontecimientos se sitúa el conflicto entre Elphaba y Glinda, que simboliza la tensión entre revolución y reforma. Elphaba, incisiva, crítica e incómoda, se enfrenta al régimen y denuncia la injusticia estructural de Oz. Glinda, por el contrario, opta por la vía de la asimilación: adapta su identidad, modula su comportamiento y logra prosperar en un sistema que premia la conformidad y castiga la disidencia. Pero ¿hasta qué punto puede reformarse un sistema injusto desde dentro? ¿Y qué ocurre con quienes deciden no ser funcionales al statu quo? Elphaba asume que un sistema construido sobre la jerarquía racial, la explotación y la mentira no puede reformarse, sino que debe ser confrontado. Glinda, en cambio, encarna la reforma amable, la bondad institucional, la política que “hace lo que puede” sin cuestionar los cimientos del poder. El musical deja claro que la bondad no siempre es ética, sino que a menudo es simplemente cómoda. La asimilación al sistema, convirtiéndose en un rostro moderado que promete orden y esperanza, funciona como una alegoría de la socialdemocracia que gestiona el autoritarismo sin romper con él.
Oz se presenta como un fascismo amable, disfrazado de felicidad, tranquilidad y orden. El Mago es su imagen perfecta: un líder incompetente, sin habilidades reales, que gobierna gracias a la propaganda y al control de la información. A su sombra, Madame Morrible encarna a la intelectualidad cómplice: manipula discursos, crea enemigos imaginarios y justifica la represión con argumentos supuestamente razonables. Son dos caras de un mismo poder autoritario: el carisma vacío y la maquinaria ideológica.
La propaganda es, de hecho, la clave del régimen. Elphaba se convierte en enemiga pública mediante una campaña de manipulación psicológica que transforma cualquier acción suya en una amenaza. No importa la verdad, sino lo que parece serlo: se necesita una figura “malvada” que cohesione a la población en nombre de la seguridad. Elphaba es uno de esos enemigos: su pensamiento crítico y su voluntad de proteger a los animales la convierten en una amenaza para el relato oficial. La maldad, al fin y al cabo, no es una cualidad innata: es una etiqueta política.
“Defying Gravity”, una de las canciones emblemáticas del musical, que cierra el Acto I, es el himno de la renuncia de Elphaba a suplicar aceptación y representa su ruptura con la conformidad, en contraste, por ejemplo, con “The Wizard and I”, que muestra a una Elphaba que aún aspira a ser reconocida por el poder. Su evolución es la historia de alguien que pasa de querer encajar a querer liberarse, y las canciones del musical refuerzan esta lectura política. En un contexto mediático en el que las formas de fascismo contemporáneo se presentan de manera más o menos explícita para lograr la máxima aceptación posible, Wicked resulta incómodamente actual. Nos recuerda que la construcción del enemigo es una herramienta básica del poder, que la propaganda es más eficaz cuando se disfraza de sentido común, que la asimilación recibe más recompensas que la disidencia y que, muy a menudo, las personas etiquetadas como “malvadas” son simplemente aquellas que han decidido no callar. “No one mourns the wicked”, nadie llora a las malvadas, dice la canción que abre el musical: quizá porque llorarlas supondría reconocer que nunca lo fueron.
Artículo publicado originalmente en larealitat.cat



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