Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

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Hacia un espacio asociativo

Ignacio Grávalos y Patrizia Di Monte son fundadores del despacho de arquitectura GrávalosDimonte.  Comprometidos con una arquitectura social defensora del espacio público, han dirigido la rehabilitación  del Ateneo Laico Stanbrook y la tercera fase del Centro de Formación la Nave, sedes administrativas y de formación del MLPA.

 

En el transcurso de los años sesenta a los setenta se cuestionaron las relaciones existentes entre espacio y sociedad. Desde posiciones sociológicas, muy vinculadas al pensamiento neo-marxista, se produjo un llamamiento a la apropiación ciudadana del espacio, al derecho inherente del individuo y de sus múltiples asociaciones a decidir y a participar en la construcción de la ciudad. Esta reacción no hacía sino denunciar la enorme distancia existente entre las decisiones de los planificadores y los deseos de los ciudadanos, que se encontraban inmersos en estructuras impuestas o heredadas y que no siempre se ajustaban a sus necesidades. Todo ello se reflejaba en una decadencia del espacio público, en su acepción más amplia, cada vez más denostado y abandonado por las administraciones.

Del mismo modo sucedía con todos aquellos espacios que conformaban el espectro urbano y que abarcaban diversas categorizaciones espaciales según su mayor o menor apertura o ambición pública. Los espacios asociativos, se mostraban así como escenarios privilegiados para representar y activar los commons, aquellos reductos en los que cultivar intereses y valores comunes y que representaban el deseo de los individuos de salir de sí mismos para poder construir una realidad colectiva de mayor complejidad.

La construcción de una identidad comunitaria estuvo muy determinada no ya solo por las afinidades culturales, políticas o sociales, sino también por cuestiones espaciales (simbólicas), muy condicionadas por la clandestinidad en el contexto español y que fue transformándose paulatinamente a medida que se fueron conquistando porciones de libertad. Las acciones colectivas precisan adquirir imágenes que las mantengan unidas y, en ese sentido, el espacio constituye un elemento de anclaje emocional que permite compartir una identidad común. Tal y como se argumenta desde la antropología urbana, el espacio tiene un carácter performativo, ya que por una parte se va adaptando a las numerosas situaciones de la vida cotidiana y, a su vez, las situaciones se van moldeando a los imperativos del espacio. No hay relaciones sin espacio, del mismo modo que no hay espacio sin relaciones. Todo ello ha derivado en un sistema muy complejo que a lo largo del siglo XX ha ido visibilizando numerosas identidades y fragmentando los puntos de vista históricos. La ciudad, por tanto, debe garantizar la existencia de espacios para esta expresión de la diversidad dado que ya no es posible comprender la realidad bajo un único relato.

A pesar de su reconocimiento como catalizador social, el tejido asociativo no siempre ha dispuesto de espacios que dignifiquen su actividad. Los espacios asociativos han procurado escenificar las condiciones democráticas de una sociedad abierta y las ideas de igualdad, de inclusión o de libertad. Esta condición les ha situado, como es lógico, en espacios que transitan por los límites (que no las fronteras) ya que es a lo largo de sus bordes porosos precisamente donde los ecosistemas, como nos recuerda Sennett, manifiestan su máxima actividad. Actualmente son numerosas las referencias a los tratados biológicos que han inspirado lecturas urbanas y sociales. Por una parte, la naturaleza acoge una taxonomía de los espacios en los que las especies progresan y que están caracterizados por la convivencia de especies diversas. Por otra, y en base a conceptos de supervivencia y adaptabilidad, rechazan lecturas deterministas que han venido configurando los diversos espacios de la ciudad.

Bajo este prisma y adquiriendo lecciones de los ecosistemas, la ciudad debería contener espacios para lo imprevisto, como así lo verifican las diferentes crisis ambientales y sanitarias, capaces de reaccionar y evolucionar ante las posibles interferencias de una supuesta evolución natural. La relación con la incertidumbre y la imposibilidad de prever todas las variables que conforman la complejidad de las ciudades contemporáneas nos hace ver que solo las comunidades resilientes que son capaces de acoger una gran diversidad en su interior consiguen evolucionar. No en vano la naturaleza humana contiene en su ADN una gran capacidad adaptativa y de resolución de adversidades que consigue superar sobre todo gracias a la creatividad.

 

“…los espacios asociativos abarcan espacios periféricos y liminales, transitando por territorios que se expanden entre los límites de las convicciones…”

 

En este contexto, los espacios asociativos abarcan espacios periféricos y liminales, transitando por territorios que se expanden entre los límites de las convicciones y los espacios inabarcables de las sociedades cambiantes y, por eso mismo, oscilando entre la utopía y la realidad, si es que para los soñadores no son una misma cosa. De igual modo, el espacio, en su condición simbólica, forma parte de aquellos lugares constitutivos de la memoria, produciendo topologías afectivas que hilvanan realidad y deseo. Son los vectores de lo humano los que convierten al espacio en un lugar, pasando de un contenedor anónimo a un cruce de destinos, a una encrucijada de situaciones azarosas o de interacciones múltiples. Todo ello es posible gracias a la ilimitada imaginación humana, a sus procesos creativos y a su necesidad de imprimir afectos y emociones a través de la apropiación de los diversos espacios.

Tal y como defiende Marc Augé, el teórico de los no-lugares, el lugar se define como triplemente simbólico, como espacio de identidad, de relación y de historia. Y en ese sentido, es fundamental la capacidad que genera en los individuos para reconocerse en él, para establecer relaciones y narrar historias comunes. Esta triple función propone una dialéctica continua con el espacio; un espacio que nos viene dado pero que, a pesar de su abstracción, admite su re-escritura inventando lo cotidiano. A esta dinámica, De Certeau la denominó “mil maneras de cazar furtivamente”, subrayando las posibilidades infinitas de generar movimientos no previstos por el sistema que permiten reprogramar el espacio escribiendo frases imprevisibles y, por tanto, post-producirlo mediante la acción colectiva. El espacio, de ese modo, vendría a ser una página en blanco que, bajo los deseos del ser humano, tiene la posibilidad de ser escrito y reescrito, convirtiéndose en un espacio de oportunidad.

Las acciones comunitarias están adquiriendo un protagonismo cada vez mayor en los estudios sobre la construcción de las sociedad contemporánea. La próxima Bienal de Arquitectura de Venezia (2021), con el lema How will we live together?, mostrará la importancia de ser sensibles al “ruido de fondo periférico” para afrontar el futuro de las ciudades, revalorizando la resiliencia que emerge de los tejidos asociativos. Se trata de un reconocimiento a los sistemas abiertos fundamentados en la inteligencia colectiva. Del mismo modo, en los últimos años la Comunidad Europea ha prestado mucha atención a las diversas formas del asociacionismo, entendiendo que constituyen estructuras fundamentales para el tejido de una sociedad flexible. Muchas de estas cuestiones están emergiendo gracias a la investigación que estamos desarrollando en el proyecto europeo Generative Commons en el que se está estudiando una red de realidades colaborativas en Europa. Entre ellas, siendo uno de los casos que más han interesado a Europa, se encuentra el Stanbrook, tanto por su capacidad de acoger en un manto muy amplio a diversas asociaciones juveniles, como por su forma de gobernanza y por su capacidad de inclusión hacia las franjas de población que generalmente son menos representadas en la sociedad. El caso del Stanbrook constituye una de las best practices del proyecto europeo.

 

Stanbrook. La construcción de las ideas. (La construcción de la realidad)

El espacio Stanbrook nació en el año 2013 cuando Serpas (Asociación de Servicios para la Animación Sociocultural) nos planteó la posibilidad de realizar un proyecto que pudiera acoger las diversas actividades realizadas por un amplio tejido asociativo. El proyecto del Stanbrook, tanto en su fase inicial como en su proceso constructivo ha tenido diversas peculiaridades de las que se pueden desprender una serie de reflexiones.

La primera de ellas tiene que ver con una idea de reciclaje urbano. Se decidió reutilizar un edificio existente sin uso que anteriormente había sido utilizado como taller mecánico. Por tanto, existe un primer posicionamiento sobre los ciclos de vida de los edificios y de cómo el espacio se va adaptando a nuevas funciones sobrevenidas a través de su inmersión en nuevos ciclos de vida. En ello subyace una voluntad de no construir un mundo a partir de una tabula rasa, de no expandir más lo construido, sino aprovechar la energía latente que existe en la ciudad, de reutilizarla, de reciclarla haciendo frente a la inercia de la obsolescencia.

Retomando la metáfora biológica, el ciclo constructivo se entendió bajo el concepto de la “exaptación”, fenómeno que explica la evolución de ciertos elementos desarrollados por los seres vivos que adoptan funciones para los que no habían sido dispuestos inicialmente. Esta situación ha sido entendida desde ópticas científicas como mecanismos desarrollados por la naturaleza para admitir variables imprevistas en la programación inicial de la evolución natural. El traslado a la disciplina arquitectónica, sigue siendo igualmente sugerente: el espacio que inicialmente había servido para conectar piezas mecánicas ahora estaría destinado a las conexiones sociales.

Dentro de esa premisa inicial, se realizaron intervenciones de microcirugía que daban respuesta tanto a cuestiones estructurales que permitían generar espacios diáfanos, como a nuevas entradas de luz a través de patios que facilitaban el desarrollo de las nuevas funciones. Sin embargo, el espacio no ha quedado excesivamente determinado, disponiendo de la suficiente flexibilidad y adaptabilidad como para poder coger diferentes tipos de usos. La planta baja se ha liberado, pudiendo compartimentarse mediante tabiques móviles de modo que posibilita el desarrollo de multitud de actos diversos con diferentes posibilidades espaciales: presentaciones, eventos, conferencias, teatro, clases, etc. Los servicios fijos (aseos, office, bar) se han compactado en una caja de madera que queda inmersa en el espacio principal, como un mueble-contenedor que a pesar de su inmovilidad, no añade peso al espacio.

Algunas de las ideas del proyecto se han ido plasmando a través de la materialidad de los espacios. Se ha procurado utilizar materiales reciclables y sostenibles como la madera y el policarbonato. Desde un punto de vista simbólico, se ha trabajado con cuestiones relativas a la ligereza y a la transparencia, principalmente en los diversos accesos y en los espacios de conexión, desmaterializando los límites y acentuando su condición porosa. En la fachada exterior, un forro metálico recubre la antigua fachada del edificio, con un carácter férreo, como un barco varado en una marea urbana. Como el Stanbrook.

Otro aspecto muy especial fue la propia ejecución de la obra. Muchas de las tareas fueron desarrolladas por la colaboración de numerosos jóvenes asociados que construyeron con sus propias manos los espacios que darían lugar a sus actividades asociativas. La idea de participar en el espacio desde la misma construcción no solo contiene una dimensión instrumental, sino que simboliza una actitud participativa en el que la realidad es producto de la intervención directa del ser humano, del homo faber que, como defiende Hanna Arendt, dueño de sí mismo y de sus actos, no hacen otra cosa que construir una vida en común.

 

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