Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

España llena / España vacía

12/05/2023

Tampoco hemos aprendido demasiado. Pasado el repunte momentáneo de unas pocas gentes que, viendo el confinamiento de la ciudad, apostaron por los espacios más abiertos, la España despoblada sigue con sus enormes problemas mientras que la otra, la congestionada, continúa con otros distintos, específicos, no por ello menos importantes. Caminamos hacia un cataclismo demográfico de brutales consecuencias y fáciles, incluso hoy, de prever. Mantener la perspectiva de que las dos terceras partes del país —Aragón, las dos Castillas, Extremadura, amplias zonas interiores andaluzas, Rioja, buena parte de las provincias/autonomías de Asturias, Lugo, Orense, Cantabria, Lérida, Castellón— solo se pueblen por una sexta parte de españoles  sin poner soluciones que vayan equilibrando espacio y población, sin plantear, a rebato, la importancia del tema, más que suficiente como para llenar las ocupaciones de un ministerio ad hoc, es de irresponsables, de insensatos, de necios.

Porque el panorama que se vislumbra, a veinte años vista, es este: diez millones de personas —sobre un total de 55— con densidad media de 28 h/km2 y mínimas de 1,5 h/km2, conviviendo en 350.000 km2. Al tiempo, 45 millones de españoles lo harán en 150.000 kilómetros cuadrados costeros (con la salvedad del agujero del donut que es Madrid), con densidades medias de 300 h/km2 y extremas de 40.000 h/km2.

Este panorama es único en Europa. Ningún país europeo tiene una densidad de desierto a lo largo de tanta superficie y, a la vez, disponer de 23 de los 33 espacios europeos con más de 40.000 h/km2, densidades de hacinamiento.

Si advertimos, además, que esta inmensa superficie casi vacía será la que tenga que dar de comer, de beber al resto, de posibilitar la totalidad energética, de tener la casi completa disponibilidad de agua, regadíos, terrenos para alimentación o superficie para el bienestar funcional y que, para más inri, esta población estará avejentada en grado sumo, el paisaje no es alentador. Alguien podrá decir, sin pensar demasiado o de manera atolondrada, que la España repleta, la congestionada, carece de problemas serios y que es el futuro, aquel por el que camina, indefectiblemente, la población de cualquier país.

Es posible. Pero si es así, no tendrá en cuenta los importantísimos conflictos que los y las ciudadanas urbanitas padecen. Enfermedades más acusadas y letales originadas por nubes contaminantes, por concentraciones de monóxido de carbono, de dióxidos, de nitratos. Aires que originan cánceres, asmas, afecciones respiratorias agudas y graves. Tampoco el que las grandes ciudades producen marginalidad. Tanto en la vivienda —barrios de chabolas, favelas o dormitorios—, como en empleo —desempleo alto y salarios de hambre—, o en las relaciones entre sus habitantes: millonarios y acaudalados junto con pobres de solemnidad e indigentes. Quizá no piense en que las ciudades generan mucha más delincuencia —acelerada de manera geométrica con la densidad— e inseguridad entre sus gentes. Por no decir que los tiempos perdidos en los transportes, en las idas y venidas al trabajo, en la enormidad de las distancias, confluyen hacia menor espacio y tiempo de habilitación familiar, con mayores conflictos entre adultos y menores, padres e hijos. Y todavía faltarían los mayores costos —geométricos conforme se van haciendo macro-urbes— generados por los servicios: canalizaciones, zonas de ocio, culturales, transporte, agua, viales, escolarización, zonas verdes, basuras, etc., etc.

Cada vez queda menos tiempo, aquí pasa lo mismo que con el cambio climático. Cada año que pasa sin resolver, sin poner los cimientos que solventen estos problemas que dejaremos a la generación posterior, queda menos tiempo. Hasta llegar el día que sea, ya, irresoluble. Si no comenzamos a reequilibrar, paso a paso, la demografía, la población entre las dos Españas, y rápido —es decir, desde ya— no habrá tiempo ni lugar ni motivo. Y hacerlo con el concurso de la industria, del sector energético, de la   repoblación a fondo de nuestros montes, de unos sostenibles sectores alimentario, tanto agrícola, ganadero o pesquero, como el conservero, bio-alimentario y transformador. Potenciar servicios esenciales al tiempo que se desarrollan polos rurales que sirvan de locomotoras en los espacios comarcales, son algunos de los palos que hemos de poner, no en las ruedas sino clavados en el suelo, que sirvan de puntales y apoyos para esta España, hoy despoblada. Y trabajar, a la par, para que las ciudades, mirando el bienestar de sus pobladores, se vayan vaciando, lenta pero progresivamente.

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