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DEBATS PEL DEMÀ: El Front d’Esquerres, ¿una hipótesis socialista?

15/02/2026

Albert Portillo

La evocación de la victoria del Front d’Esquerres el 16 de febrero de 1936 permite poner diferentes cuestiones sobre la mesa. La primera de ellas, la relación entre memoria democrática y proceso democratizador. No se trata sólo del hecho que la victoria del Front d’Esquerres se producía cinco días más tarde de la proclamación de la Primera República el 11 de febrero de 1873. Sino que seis años antes, a partir del 14 de abril de 1931, el nuevo marco democrático había permitido instaurar la celebración de la Primera República. Algo imposible durante la dictadura de Primo de Rivera y clandestino durante buena parte de la Restauración borbónica. Pero la proclamación de la Segunda República permite entonces una dignificación inédita.

Así, la democratización toma un cariz no solo político sino también intelectual y casi podríamos decir espiritual. Pero esta conmemoración en este nuevo marco depende de un régimen democrático que solo puede sobrevivir a partir de la redistribución del poder y la riqueza, es decir, abordando la cuestión de la propiedad y, sobre todo, de la propiedad agraria. Buenaventura Durruti expresaría el 19 de abril de 1931 esta expectativa en nombre de los sectores más combativos de la clase obrera: “La República no nos interesa como régimen político, y si la hemos aceptado es pensándola como punto de partida de un proceso de democratización social”[i].

El principal sindicato del movimiento obrero organizado, la CNT, manifestaría los puntos de este proceso de democratización social: la reforma agraria contra los latifundios, la solución del paro y la acción justiciera contra “los bandidos responsables del terror blanco”[ii]. Unas demandas a las que habría que añadir la lucha por la vivienda teniendo en cuenta que el 1 de mayo del 31 150.000 personas se manifestaron en Barcelona convocadas por la CNT bajo el eslogan «Contra el paro, la inflación y por la rebaja de los alquileres».

Pero estas expectativas en un proceso de democratización social se verían frustradas por las resistencias de las élites que desprestigiadas por décadas de corrupción tendrían que dejar lugar a la extrema derecha. Así se establecería de manera inmediata un desplazamiento oblicuo de extrema-derechización de la burguesía y relevo de las fuerzas conservadoras tradicionales por las opciones de extrema derecha reviviendo así al carlismo como defensa paramilitar de la propiedad. En este sentido tradición reaccionaria y proceso de extrema-derechización se imbricarían para sabotear la reforma agraria y destruir la República. Por eso, el fascismo adoptaría unas características nacionales propias que consistirían en la “resurrección en otras circunstancias del carlismo clásico, modernizado, claro está, con influencias mussolinescas y hitlerianas”[iii], a ojos de un dirigente obrero tanto atento como Maurín. Por esto, la principal fuerza de la extrema derecha escuadrista en la Barcelona de los años treinta sería la carlista —con 2.000 militantes sobre 4.000, unas cifras ridículas, por otro lado, comparadas con los 291.000 militantes que la CNT tenía en junio del 31—. El carlismo pero recuperaría así su función histórica, inaugurada contra la Primera República, con la guerra santa por la propiedad. Cosa que ilustraría perfectamente cuando los requetés hagan de escolta a la patronal del Instituto Catalán de San Isidro en su manifestación a Madrid para oponerse a la reforma agraria promulgada por el gobierno de Lluís Companys. Una deriva del catalanismo conservador hacia formulaciones de extrema derecha augurada proféticamente treinta años antes por Valentí Almirall —“Han absorbido casi todo el carlismo de Cataluña”, había escrito en el prólogo de la edición en castellano de Lo Catalanisme (1902).

En todo caso, lo que sale a relucir a lo largo de los años treinta es una relación dialéctica en la que se enfrentan la matriz republicana federal bajo el émbolo obrero contra el carlismo uniformado de fascio de las ramblas, dialéctica que llegaría a su clímax justamente en 1936. Este clímax no emergería de la nada, sino que difícilmente se puede entender sin el sabotaje practicado desde el interior del Estado contra la reforma agraria y el conjunto de impulsos reformistas del primer Bienio, así como de las tentativas golpistas desencadenadas, de hecho, ya en 1932 bajo el protagonismo del establishment militar. Produciéndose así una paralización del proceso democratizador que no podía sino decepcionar a la clase obrera y al campesinado. A la vez que este bloqueo permitía la victoria del bloque de derecha y extrema derecha en noviembre de 1933.

Significativamente, la resistencia democrática contra este gobierno la protagonizaría la clase obrera asturiana, en primer lugar, y, en segundo lugar, los rabassaires republicanos y los obreros comunistas de Cataluña. Si en estos hechos de Octubre del 34 había unas dinámicas unitarias en la forma de las Alianzas Obreras estas tendencias se intensificarán después de la sanguinaria represión en Asturias y de las medidas autoritarias tomadas en el resto del país. El protagonismo de los mineros asturianos en Octubre del 34 plantearía la cuestión de las alianzas entre clase obrera y clases medias republicanas, una alianza entendida de diferentes maneras. Una de ellas sería la de la consigna del Frente Popular emanada de un debate estratégico de las izquierdas a nivel internacional plasmado en agosto de 1935 en el VII Congreso de la Internacional Comunista celebrado en la Unión Soviética. Si bien esta dimensión haría del Frente Popular un aliciente lo cierto es que sus causas explicativas habría que encontrarlas más bien en la dinámica nacional de la lucha de clases.

En Cataluña su configuración, como Front d’Esquerres, tendría un centro de gravedad en la orientación seguida particularmente por Esquerra Republicana de Cataluña. Una formación especialmente central en la construcción de un bloque de alianzas contra el fascismo pero también para dar un contenido socialista a la revolución democrática. Estos elementos se encontraban en su nacimiento en la Conferència d’Esquerres celebrada en marzo del 31 donde se llegó incluso a proponer como nombre el de Partit Republicà Socialista de Catalunya[iv].

Más importante que esto es el programa formulado en esta conferencia donde se abordaba un conjunto de reformas pensadas como “mitjans evolutius per a arribar a un sistema econòmic definitiu de caràcter socialista”[v]. Como resultado se planteaba una política de alianzas que miraba a su izquierda política y al movimiento obrero. Cómo se vería en las elecciones municipales y en el primer gobierno de Macià aliado con la Unión Socialista de Cataluña y la invitación de la CNT al gobierno —invitación finalmente rehusada. Una trayectoria pero que proseguiría especialmente con la Esquerra de Companys —una vez muerto Macià en diciembre de 1933— en previsión de la oleada reaccionaria ascendente en España. Entonces Companys trataría de fortalecer el gobierno con la inclusión de todas las izquierdas e intensificando la tarea reformista con la reforma agraria —la Ley de Contratos y Cultivos. Una actuación que permite valorar: una política de alianzas que se avanzaba a la idea misma del Frente Popular a la vez que ponía en marcha una aceleración «del mitjans evolutius per a arribar a un sistema econòmic definitiu de caràcter socialista».

Por otro lado, esta orientación de partido, a pesar del programa y la trayectoria militante de una parte importante de Esquerra junto al movimiento obrero, no dejaba de estar amenazada por algunas tensiones internas de alto voltaje. Hay que tener presente que Esquerra Republicana como partido de masas con un componente obrero importante podría ser comparada perfectamente con las formaciones socialdemócratas de otras partes de Europa —difícilmente con el laborismo británico dado su antirrepublicanismo estructural— pero sin un charco de sangre como el que había protagonizado el SPD con sus freikorps al inicio de la República de Weimar, cosa que facilitaba la alianza, o al menos el diálogo, con formaciones comunistas y anarco-sindicalistas. En este aspecto, el rol de ERC la haría más similar a la socialdemocracia republicana austríaca à la Otto Bauer. Dicho esto, también es cierto que el desarrollo interno de una rama social-chovinista —alrededor de las juventudes, en las JEREC, dirigidas por los hermanos Badia y los Dencás— mostraba una corriente interna pequeño burguesa decidida a emular a los freikorps alemanes. Y no era esta la única tendencia anti-obrera y anti-izquierdista dentro del partido. Había otros torpedos igual de peligrosos como toda la retahíla de intelectuales con vocación de freikorp—Amadeu Hurtado, los Rovira y Virgili, y, sobre todo, los Nicolau de Olwer y los Anguera de Sojo— y trastornos de miedo al socialismo. A modo de ejemplo, si Amadeu Hurtado se burlaba del paternalismo social de Macià —que ya veía como un tipo de radicalismo insoportable— Anguera de Sojo como gobernador civil de Barcelona contribuiría —quizás más y todo que los Badia y Dencàs— a crear una grieta entre las izquierdas al reprimir el movimiento obrero durante el primer año de la Segunda República. Ealham ha abordado bastante en detalle el papel de Ebert barcelonés jugado por Anguera de Sojo en su libro —La lucha por Barcelona (Virus, 2022)—, si bien se le podría objetar a Ealham el obviar la existencia de aquellos sectores verdaderamente socialdemócratas que como Companys habían militado junto al movimiento obrero y rabassaire, cosa que justamente permite entender el trasvase de militantes anarco-sindicalistas, y también comunistas, a las filas de Esquerra.

En todo caso, la política de alianzas abierta a la izquierda y la aceleración del programa de transición al socialismo realmente solo se culminaría a partir de la revolución obrera del 19 de julio del 36 —hay que leer el libro de Abel Paz sobre estas jornadas para admirar su fuerza titánica[vi]— y el desplazamiento del social-chovinismo y la intelectualidad republicana conservadora de la Generalitat con la presencia del primer sindicato de la clase obrera, la CNT, del campesinado, la Unión de Rabassaires, y de fuerzas comunistas como el POUM y el PSUC. Este gobierno de Frente Popular tendría lugar el 26 de septiembre de 1936, es decir, nueve meses después del cartel electoral del Front d’Esquerres que había permitido ganar las elecciones en febrero de 1936. Y si bien es cierto que la revolución del 19 de julio incluso había planteado la posibilidad de una forma de gobierno de nuevo tipo en que las organizaciones obreras tomaran la delantera, había hecho falta una revolución para transformar un cartel electoral en un bloque político real. Es en este aspecto que creo que se puede señalar la diferencia más importante entre el Front d’Esquerres y el gobierno de septiembre de 1936. En la transición de una coalición electoral sin participación de la CNT a un gobierno con las fuerzas obreras y campesinas vemos el cambio en el rol de estas: de un papel más bien pasivo y reducido al voto a otro activo a partir de la movilización. Este hecho tan interesante es el que ha destacado Ricard Vinyes en su ya clásico La Catalunya internacional. El frontpopulisme en l’exemple català (Curial, 1982).

Se podría remarcar que, ni que sea teóricamente, este era el camino señalado por Dimitrov en el VII congreso de la Internacional Comunista, es decir, la movilización obrera como requisito número uno para determinar las alianzas y el programa de estas. Y si bien Esquerra Republicana había planteado esta apertura frentepopulista antes, durante el 35 lo hará con menciones bastante explícitas a los postulados de Dimitrov —de hecho, el VII congreso fue bastante seguido por La Humanitat, el diario del partido. La realización pero de esta apertura frentepopulista solo se produciría a partir de julio. También se podrían considerar las colectivizaciones del 36 como una consumación del programa esbozado en la Conferència d’Esquerres de marzo del 31, aunque seguramente yendo más allá. Una lección interesante, en cualquier caso, para observar en este peculiar momento histórico como la derrota efectiva del Alzamiento Nacional solo había sido posible a partir del cumplimiento de la tarea que Durruti había planteado como deber ineludible de la República

El filósofo marxista György Lukács lo expresaría de otro modo en un ensayo de 1938, para él, si el frente popular tenía que significar algo era crear normas y consignas que despertaran políticamente las tendencias progresistas del pueblo[vii]. En este sentido, se podría pensar en el Frente Popular como una hipótesis socialista. Al menos así lo plantearán algunos y algunas de sus protagonistas. Desde el consejero cenetista autor del decreto de colectivizaciones —que planteará la República Federal como corolario de éstas— hasta la misma Frederica Montseny cuando consigne la lucha contra el fascismo como guerra de clase que tenía que resultar en la Federación Ibérica de Repúblicas Socialistas. Una aspiración no tan diferente a la declarada por Companys en septiembre del 36: «Crec que l’esdevenidor immediat d’Espanya és una república federal adaptada a les normes del proletariat i de la revolució»[viii]. Por otra parte, éste había sido el reclamo de la Alianza Obrera cuando en la lucha contra la extrema derecha había movilizado a la clase obrera con el objetivo puesto en «el triunfo de la República Socialista Federal»[ix].

[i] Abel Paz, Durruti en la revolución española, Barcelona, Editorial Laia, 1986.

[ii] “La Confederación Nacional del Trabajo ante el momento actual”, Solidaridad Obrera, 14-5-1931.

[iii] “La amenaza fascista existe”, La Batalla, 23-3-1933.

[iv] Ponències que han d’ésser objecte de deliberació a la Conferència d’Esquerres Catalanes, Barcelona, Tip. Cosmos, 1931, p. 5.

[v] “Programa del partit d’Esquerra Republicana de Catalunya”, El Poble. Rotatiu setmanal adherit a l’Esquerra Republicana de Catalunya, 11-7-1931.

[vi] Abel Paz, El 19 de juliol de 1936, Barcelona, Manifest, 2023.

[vii] György Lukács, “Se trata del realismo”, Problemas del Realismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1966.

[viii] Josep M. Figueres (ed.), Lluís Companys i Jover. Discursos de guerra, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 2020.

[ix] “La Conferencia de Alianza Obrera de Cataluña”, Sindicalismo, n. 72, 27-6-1934.

 

 

 

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