Un fantasma recorre Europa: el fantasma de las protestas sociales. Todas las potencias de la vieja Europa sienten la presencia de este fantasma. Macron y LePen lanzan la policía contra los jóvenes que ocupan Liceos y Universidades para denunciar los recortes en educación. Merz impone el servicio militar a la juventud alemana que se organiza contra el belicismo. Los antifascistas italianos resisten como pueden la deriva autoritaria de Georgia Meloni. Por supuesto, el injusto desahucio y posterior fallecimiento de la señora Maricarmen Abascal ha despertado la calle.
De nuevo, hay tiendas de campaña en las plazas. He querido empezar este artículo sobre los sucesos recientes inspirándome libremente en el famoso comienzo del Manifiesto Comunista por una razón: las búsquedas en Google del célebre manifiesto se han disparado un 5000% y esto es fácilmente comprobable entrando en la aplicación de análisis Google Trends. Sin obsesionarnos demasiado con este número, es evidente que hay un renovado interés por la obra de Marx y Engels, que coincide temporalmente con las acampadas del movimiento por la vivienda.
¿Pero no eran todos los jóvenes reaccionarios enganchados a las pantallas? Sin querer denostar el peligro de los discursos fascistas en las redes sociales, hay motivos para la esperanza. Casos como el de Maricarmen o el suicidio de Olga, vecina de Hospitalet que vivía bajo amenaza de desahucio inminente, han conseguido que los medios dejen de hablar de Ceuta para poner el foco de la conversación en la vivienda.
Pagar setecientos por una habitación ya es algo normalizado. La vivienda es, según todas las estadísticas, el principal problema que afronta nuestra clase trabajadora. ¡Y no solo la juventud! Es terrible, pero una persona mayor que viva de alquiler con una pensión modesta puede perder su vivienda a manos de la voracidad de la especulación. Es indudable que la inflación espoleada por los conflictos geopolíticos hace que los flujos de capital busquen refugio en activos como el oro, pero también en el ladrillo.
Ante la negativa de Junts a la aprobación de los decretos que conseguirían prorrogar los alquileres o incluso hacerlos indefinidos (algo cotidiano en muchos países europeos), el presidente del Gobierno ha convocado elecciones el 29 de noviembre. Con manifestaciones masivas en la calle, Pedro Sánchez entiende que el cambio de tema le beneficia y que puede transitar la senda de la remontada.
Poco se habla de los riesgos que ha asumido. Lejos de una jugada maestra, la posibilidad de que las fuerzas progresistas puedan evitar un gobierno PP-VOX no es todavía muy sólida. Al contrario, las divididas izquierdas responden (de momento) muy poco a la demanda social de un Frente Popular capaz de frenar, o de intentar frenar, la llegada de Santiago Abascal al Ministerio de Interior. Por otra parte, los jóvenes que se organizan en las calles, plazas o universidades seguramente observan con una elevada desconfianza la política institucional. ¿Qué pasaría si en la próxima huelga general hubiera una dura represión policial contra estudiantes y trabajadores? ¿Y si el movimiento por la vivienda fuera capaz de desbordar las previsiones?
Sin duda, se está desarrollando un otoño caliente que desembocará en la huelga del 11 de noviembre. Y no me estoy refiriendo a las elevadas temperaturas de este octubre por gracia del cambio climático, sino a algo más parecido al autunno caldo del 1969. Pasado el mayo del 68, en Italia estudiantes y trabajadores participaron de un tremendo movimiento huelguístico. En este escenario, los comités locales de huelga superaron al PCI y a los sindicatos mayoritarios que intentaron organizar el malestar social. Finalmente, las manifestaciones fueron duramente reprimidas por la policía italiana. Naturalmente, hay diferencias obvias: en la Italia del 1969 gobernaba la Democracia Cristiana y en la España del 2026 tenemos un gobierno progresista. ¿Quién saldrá quemado de nuestro otoño?



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