Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

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In memoriam. Xosé Manuel Beiras

10/10/2026

El pasado jueves murió a los 90 años Xosé Manuel Beiras. Ha sido un político, un pensador, un ideólogo, un polemista, un tipo con un gran sentido del humor y con una cultura vastísima. Todos los elogios que le podemos hacer siempre se quedarán cortos. Seguramente ha sido el mejor maestro en la política española de los últimos 60 años. Y lo ha sido al menos de dos generaciones. Un rara avis, en un país donde la generosidad y la alegría son difíciles de encontrar en la izquierda.

Tenía además una gran capacidad de análisis que se traducían en acciones políticas audaces. Cuando la aventura política no salía bien era capaz de hacer una cosa a la que no estamos acostumbrados: buscaba el momento propicio, con mucha gente y repercusión y se hacía una autocrítica. ¡Què gran político! ¡Qué gran tipo!

Realmente lo conocí porque lo habíamos invitado a hacer una conferencia de clausura en las jornadas de la Universitat Progressista d’Estiu de Catalunya (UPEC) del año 2017. Realmente fue memorable. Después fuimos a comer con Xavier Domenech y Gerardo Pisarello, David Companyon y Montse López. Tuvimos un debate muy interesante al estilo Beiras: contundente, sin eufemismos. Lo recordaré siempre. Pasaron los años y el que firma estas notas apresuradas le pidió un prólogo al libro “Carta a un republicano español. La revuelta catalana. Unos meses que estremecieron España.” (Bellaterra Edicions). Publicado el año 2021. Efectivamente se leyó el abultado tocho e hizo el prólogo que considero que es una de las mejores cosas que me han pasado a lo largo de mi vida como historiador.

Al leerlo ahora, cinco años después, las dudas que expresaba Beiras a algunas de mis afirmaciones, veo que tenía razón. Claro.

Memoria de Futuro publicamos a continuación este prólogo. Espero que al leerlo tengáis la misma sensación que tengo ahora mismo al releerlo: qué nivel y qué entusiasmo cuando la “Política” en mayúsculas aparece ante nuestros ojos.

Hasta siempre, infinitas gracias amigo Xosé Manuel Beiras

-Jordi Serrano-

 

Prólogo al libro “Carta a un republicano español

Recibí, hace ya días, tu hermosa y extensa Carta a un republicano español. Aunque yo no soy español, sino gallego de nación -como dirían nuestros ilustrados del XVIII- sí que soy republicano, o, mejor dicho, pertinaz y activamente republicano, y de inmediato me sentí interpelado. De modo que me precipité a leer, primero, el índice de tu escrito y, en seguida, a hacer un recorrido a vuelo de pájaro sobre el conjunto del texto, con intermitentes descensos en picado a determinados pasajes que suscitaban singularmente mi atención. La impresión causada en mi por este primer contacto me impulsó a abordar sin más demora una pausada y atenta lectura que acabo de terminar. Me llevó tiempo, ya ves. La hice lentamente, con frecuentes interrupciones para dar descanso a mi vista -estoy a tratamiento de un pequeño problema en la retina de mi ojo izquierdo, cosas de viejo, o de la edad, si así prefieres que lo diga. Lentamente y muy concentrado, tomando muchas notas sobre la marcha, porque tu texto lo requiere y las suscita constantemente, para poder reflexionar sosegadamente sobre tu relato y como guía para ulteriores relecturas.  He aprendido y reaprendido mucho en la lectura, recordado episodios que ya estaban borrosos en mi memoria, descubierto hechos o claves esclarecedoras que desconocía: es impresionante el caudal de información que has recogido y aportas, fuentes documentales consultadas, referencias que mencionas, frases de muy diversos pensadores que en cada caso se ajustan ‘como anillo al dedo’, desde un Voltaire a un Max Aub -y muy especialmente las frecuentes citas de Fontana y de Gramsci, siempre certeras. Y, en fin, he disfrutado, si cabe, mucho más.

Porque -quiero decírtelo ya- tu ensayo está escrito con una fluidez que hace deliciosa la lectura, y con una ironía muy similar a la que se suele atribuir al espécimen gallego arquetípico -aunque tantas veces estereotipado. En rigor, una clave de humor subyacente que permite distanciar y desdramatizar aquello que objetivamente constituye una auténtica tragedia humana, incluso en el sentido de los clásicos griegos, y que emite señales en forma de intermitentes expresiones sarcásticas muy coloquiales, como si fuese el lector cómplice quien salpica con ellas el relato de los hechos o la disección del problema patológico existente en el organismo de la sociedad que examinas. Porque -también esto quiero decírtelo ya- aunque La revuelta catalana. Unos meses que estremecieron a España es el sugestivo rótulo que anuncia el contenido central de tu Carta, en realidad el análisis abarca mucho más y arranca desde muy atrás y adentro de la realidad hispana:  en esa contextualización reside el primer gran acierto de tu relato o, mejor diré, tu examen -como escribiría Voltaire- y también ahí detecto nuestras primeras coincidencias, que lo serán, asimismo, quiero suponerlo, con cualquier otro republicano no catalán. Y como tu forma de narrar suscita o convida a la interlocución -de algún modo me recuerda la técnica literaria del diálogo con un interlocutor mudo, aunque no pretenda serlo- el lector, al menos en mi caso, sintoniza con tu actitud, se convierte en cómplice de tus intermitentes apostillas y tus ocasionales confidencias, y acaba dialogando mentalmente contigo a medida que te lee, tanto si coincide con tus apreciaciones como si, a veces, discrepa de ellas -lo que viene a ser precisamente la índole genuina de todo diálogo, explícito o tácito. De modo que, en rigor, no monologas, sino que dialogas, aunque no recibas a cada paso las réplicas de tu interlocutor, el destinatario de tu carta.

Desde el mismo comienzo. Como lector, el enunciado del preámbulo te interpela e interroga. Y de qué modo: Estás en peligro. ¿Qué pasa en España?  La pregunta no es retórica, pues la precede una clara advertencia dirigida a ti, lector. Ya estás implicado en cual sea la respuesta. En ella, quien te escribe no pretende ser neutral, ni objetivo, ni desinteresado, ni desapasionado. «Me conformaré -dice- con ser apasionado y militante. Alguien que sabe que la verdad no existe, que solo hay pequeñas verdades construidas a partir de un espejo roto». Y, a partir de ahí, tú tendrás que discernir si compartes o no que «el Reino de España resulta, a veces, un país fallido» -en mi caso suprimiría el ‘a veces’. O que «El Reino de España cuenta con cuatro naciones» -yo lo comparto con arreglo a nuestra historia, aunque coincido con Michael Löwy en que no es un comité de sabios quien puede decidir si un pueblo es o no una nación, sino ese pueblo mismo, y en que en la dinámica histórica hay naciones emergentes y naciones en el ocaso de su existencia como tales -o ‘en peligro de extinción’, como temo que lo esté la mía propia, gallega. O que «en los últimos años en el Reino de España se ha producido una evidente involución» -evidente, si: incluso un proceso de descomposición de un cadáver político que los poderes reaccionarios intentan momificar. O, en fin, que si hablamos del «ascenso de los fascismos en Europa (…) en España ya tenemos al PP, a Cs y a Vox» -la sierpe de tres cabezas: tres versiones del fascismo, respectivamente calvosoteliano, joseantoniano y hitleriano. Y esto en la sola ‘sociedad política’ -Gramsci dixit- porque habría que diagnosticar también el grado de fascistización en la ‘sociedad civil’ -o de otro modo no se comprendería la magnitud de los contingentes de votantes de esas organizaciones que protagonizan un auténtico proceso sedicioso de sabotaje del actual orden constitucional que tartufamente manejan como arma arrojadiza precisamente contra la ciudadanía demócrata titular de la soberanía política. Añadamos algo que nos diferencia de estados europeos como Alemania o Francia: las metástasis en el ejército y en la magistratura -muy singularmente en la mismísima cúpula del Poder Judicial, cuya incalificable ejecutoria en su ofensiva contra el cívico y pacífico procès catalán examinas tú pormenorizadamente- con reveladores hilvanes con la mismísima jefatura monárquica del Estado, y resultará patente un panorama de nuestro presente aún más inquietante y tenebroso de lo que cualquier ciudadano del común podría columbrar.

Acabo de entresacar solo unas muestras de afirmaciones que te interpelan como lector, todas de la sección preliminar de la obra, y acompañarlas de mi personal apreciación en cada caso. Mas todo lector resulta interpelado, y cada cual tendrá que fijar -interiormente- su posición. La síntesis de todas ellas se plasma en estas dos preguntas cardinales: «¿Vivimos en una democracia? ¿Es esto un Estado de Derecho?». Tú, Jordi, enuncias un principio que comparto plenamente: «la democracia no se conquista una vez y ya está, no se tiene una vez del todo y dura para siempre», sino que «puede perderse en cualquier momento. (…) Esta es la tesis de este libro». Al cabo, como dices, «son muchísimas las evidencias de que está en juego nuestro futuro». Yo incluso diría que lo está nuestro ‘presente como historia’, es decir, nuestra capacidad de percibir que en el presente está haciéndose nuestra historia,  que es preciso que ‘la hagamos’ y no simplemente que ‘se haga’, porque en este caso significaría que ‘la están haciendo otros’ a costa nuestra -y bien sabemos quiénes son esos ‘otros’, los poderes reaccionarios antidemocráticos, y por supuesto anti-republicanos, que suplantan la soberanía popular y utilizan las reglas de juego de la democracia formal para abolir los principios de libertad, igualdad y fraternidad entre los seres humanos y reconvertirnos, de ciudadanos, en súbditos, esto es, siervos esclavizados, objetos, que no sujetos de derechos cívicos y políticos.

Aún así, tú expresas una esperanza optimista y apuestas por un desenlace favorable en la actual dialéctica de confrontación entre el sujeto del avance histórico y los demiurgos de la involución, entre la marea de la democracia republicana, o del republicanismo democrático, y los diques del reaccionarismo fascista. Te envidio. Si, te envidio: yo que toda la vida practiqué el optimismo de la voluntad, aun profesando desde joven un cauto pesimismo de la razón, tengo a estas alturas dificultades para suscribir tu esperanzada prognosis. Escribes: «Defiendo en este libro que estamos asistiendo a una incipiente oleada republicana cívico-política absolutamente pacífica en España, que tiene su vanguardia en Cataluña. Oleada que tiene que ver con los éxitos de la democracia española, es decir, con la irrupción de los jóvenes educados en democracia» (las cursivas son mías).

Suscribo literalmente tu afirmación en lo que se refiere a Catalunya, pues lo ha demostrado la magnitud, potencia, amplitud  y capacidad de autoorganización del movimiento ciudadano que lleva años protagonizando en el seno de la sociedad civil el pacífico proceso político emancipatorio, de talante absolutamente democrático y republicano, orientado a obtener la independencia en términos de soberanía popular -el proceso que tú analizas en tu obra, y del que he sido testigo presencial como observador en las sucesivas ‘consultas municipales’ realizadas durante el pasado decenio y como participante en la campaña para el referéndum del 1-O de 2017. Absolutamente elocuente y aleccionador ejemplo de ‘rebelión cívica’ democrática y pacífica con aplicación práctica del sistema de valores que constituyen precisamente el núcleo de la cultura republicana y de la ética que conlleva: no se conoce ningún proceso semejante en la Europa de nuestros días. Mas, ¿en España también? ¿La ‘vanguardia republicana catalana’ ha arrastrado o inducido un proceso análogo en el conjunto de la sociedad española, o mejor dicho, del ámbito del Estado español?

Mi impresión es que no. Se pueden detectar fenómenos que, mutatis mutandis, resulten análogos al catalán. Quiero decir: procesos desencadenados autónomamente en el seno de la sociedad civil, no suscitados, y menos todavía dirigidos, por organizaciones políticas sino, inicialmente al menos, al margen de ellas. En Galiza fue el precursor caso de Nunca Máis, en el invierno de 2002-2003 -sin el que no se entendería el ulterior fenómeno de las Mareas municipales de 2015. Y en el ámbito del Estado, la revuelta de los indignados y la eclosión de las plazas, el famoso 15-M(ayo) de 2011 -sin el que no nacería la organización política Podemos. Pero la traslación de esas ‘erupciones’ de rebelión cívica de raigambre republicana a la ‘sociedad política’, al ámbito de las instituciones políticas, solo se consolidó en Catalunya. El nuevo rumbo de la izquierda abertzale en Euskalherría, aun teniendo raíces nutrientes en el común ciudadano, tiene otra historia y causas más complejas. Y en la ‘España estricta’, la formación política engendrada en ‘las plazas’ ha perdido por el camino, en la práctica, buena parte de su ‘código genético’ rupturista con el régimen y la sociedad actuales.

A la hora de la verdad, el ‘procès’ cívico-político catalán no ha recibido la necesaria solidaridad efectiva, la solidaridad republicana que se merece, ni de la sociedad civil ni de las fuerzas políticas ‘españolas’:  no es la situación de 1714, pero su soledad no puede por menos de recordárnosla a quienes, como ciudadanos y republicanos activos y combatientes, nos sentimos tan agredidos como vosotros, los catalanes. Por eso no alcanzo a ver, en la práctica, una ‘oleada republicana cívico política en España‘ -porque no veo que practique aquel de los tres principios que para mí es primordial: la fraternidad, y por tanto, la solidaridad. Tal vez el eclipse de este principio tan genialmente analizado en su historia por nuestro llorado Toni Domènech todavía no haya terminado en el solar hispano. Cierto que tu puntualizas: ‘incipiente oleada’. Quizá.

Y aquí enlazo con tu otro diagnóstico destacado más arriba en cursivas por mi: que la oleada republicana tiene que ver ‘con los jóvenes educados en democracia’. Ciertamente las condiciones socioculturales en las que se han formado las sucesivas generaciones de jóvenes posteriores a 1980 son bien distintas, por fortuna, de las padecidas por todos los que fuimos jóvenes bajo la asfixiante opresión franquista. Mas si hablamos de ‘educación’, lo que precisamente no ha hecho en absoluto el actual régimen es dotar de una educación democrática a las generaciones de jóvenes formadas durante los más de cuatro decenios que lleva vigente. Ni en la escuela ni en la sociedad. Me refiero por supuesto a una formación en cultura democrática y republicana. Lo ha hecho, en cambio y a su modo, la sociedad catalana. Porque en Catalunya la cultura democrática y republicana no fue destruida por el franquismo, sino que sobrevivió en el entramado de la sociedad civil, sobre todo de las clases ‘populares’. Como sobrevivió, con claves peculiares, en Euskalherría.

En Galiza, arrasado desde el primer día de la sublevación fascista todo el espacio social republicano, especialmente el nacionalista o ‘galleguista’, y sus élites, arrinconada entre el Atlántico, el Portugal salazarista por el sur y por el este ‘Terra Ancha’ (la Castilla española, en metáfora de Méndez Ferrin), e incomunicada con Francia -a diferencia de Catalunya y Euskalherria- sólo la heroica guerrilla antifascista luchó en campo abierto y resistió aún después de abandonada a su suerte por la estrategia estalinista: la lumbre de la cultura cívico-democrática republicana sólo ardía en pequeños, a veces incluso minúsculos, oasis en estado de sitio, y no comenzó a difundirse hata comenzada la segunda mitad de la longa noite de pedra franquista, años sesenta, para expandirse aceleradamente durante el tardo-franquismo de los setentas. A esa altura eclosionó, especialmente en la clase obrera, el mundo campesino y la juventud universitaria -pero el fraude de la transición la hizo abortar, entregó las nuevas instituciones tan-solo-autonómicas a las fuerzas coloniales ‘de ocupación’, con hegemonía de la derecha franquista reconvertida, que las transformó en un nuevo dique de contención frente a las clases trabajadoras, el nacionalismo y la izquierda republicanos: hubo que volver a empezar, como en el mito de Sísifo. ¿Educación democrático-republicana de la ciudadanía, o al menos de la juventud, en ese contexto? Solo en puntos dispersos del sistema escolar, mas no en el sistema como tal. Y, eso sí, en la práctica de combate cívico-político de los contingentes que se implicaron en él. Y en la universidad, apenas transcurridos los años ochenta, pronto comenzaría un proceso de involución en la asunción de la cultura democrática y republicana por esa institución -y de su ‘descolonización’: he ejercido la docencia en exclusiva en Compostela durante más de cuatro decenios desde mediados de los sesenta, y podría relatarte las enseñanzas de lo vivido durante esa larga experiencia.

Estas apreciaciones críticas mías sobre la realidad no implican escepticismo, sino cautela intelectual frente a frecuentes actitudes de un confiado optimismo -que no es tu caso, claro está. Y no excluyen que la cultura democrática, por la simple práctica cotidiana en la vida social, haya impregnado en buena medida, como por ósmosis, la idiosincrasia del común ciudadano. Negarlo sería ceguera. Y me refiero a la ciudadanía en conjunto -especialmente a la desalienada, claro- y no a la juventud en particular, porque la juventud no es el problema, pero tampoco la solución. La juventud actual no es ‘mejor’ ni ‘peor’ que la de otros períodos: en cada época la juventud se forma en una dialéctica con la etiología de la sociedad en la que está inmersa. Lo que resulta diferente es la forma en que varían las reacciones de los focos más conscientes y activos del segmento joven, y el modo y medida en que irradian y repercuten en el espacio juvenil -y fuera de él, en su entorno social. O no, y quedan encapsulados, confinados en guetos virtuales.

En el período actual tanto la juventud como el común ciudadano tienen asumido que ‘viven en democracia’ -pero, en gran medida, de modo acrítico. Eso es lo que les ha venido metiendo constante e insistentemente en la cabeza el régimen actual. Mas no los educa, no les enseña a reflexionar sobre lo que la democracia sea ni en qué medida lo es o no la sociedad en la que viven ni el régimen que gobierna sobre sus vidas. En uso de tus propias palabras: no se les enseña que «la democracia no se conquista una vez y ya está», ni que «puede perderse en cualquier momento». Bien al contrario: ni siquiera se les enseña que la actual (?) hubo que conquistarla, sino que por lo visto la trajeron unos magnánimos señores que hicieron la transición -o incluso el monarca investido por el franquismo- y se la entregaron altruístamente, a manera de redivivos déspotas ilustrados. De modo que igual que les fue otorgada puede serles sustraída, incluso en nombre del documento que la ‘constituyó’ hace cuarenta y dos años -como no han tenido reparo alguno en haceros a vosotros, ciudadanos catalanes, en el otoño de 2017. Claro está que la ciudadanía catalana reaccionó, se alzó, combatió democráticamente y, al menos, consiguió levantar el auténtico, aunque disfrazado, estado de excepción que los que ‘disque’ habían traído la democracia les habían impuesto por la brava. No así a sus líderes ominosamente encarcelados: la cúpula del poder judicial español, en ejercicio de ‘su’ peculiar democracia, se permitió incluso pasarse por el forro la rotunda sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea -de la que por lo visto el estado español forma parte y a cuya jurisdicción está formalmente sometido. El pueblo catalán, si, libró, sigue librando, un combate cívico-político democrático y republicano. Pero, ¿hicieron otro tanto la ciudadanía y las fuerzas políticas españolas? Innecesario escribir aquí la respuesta. Mas si en España estuviese floreciendo una cultura democrática republicana, habrían comprendido que la agresión a la democracia del pueblo catalán era también una agresión a los propios derechos y libertades democráticas y republicanas de la ciudadanía española -y se habrían alzado en defensa propia, además de en solidaridad fraternalmente republicana con vosotros.

Así que mi sexto sentido gallego, mecanismo de defensa y señal de alarma del colonizado, miembro de un pueblo innúmeras veces esperanzado y rebelado contra la opresión, pero reiteradamente derrotado o engañado por cantos de sirena a lo largo de la Historia, me hace ser cauteloso y -seré sincero- incluso relativamente incrédulo ante síntomas que, a ti, en cambio, te inducen a un esperanzado optimismo. Claro está, tú eres catalán, vives vuestro proceso de combate cívico-político desde dentro. Si yo estuviese en tu lugar, a buen seguro que compartiría tu estado de ánimo y tu diagnosis: ya te he dicho antes que comparto que Catalunya es la vanguardia de una oleada de republicanismo democrático en lucha. En Galiza lo fueron en 2015 las Mareas municipales a lo largo y ancho el país. Tanto sus alternativas programáticas como su código deontológico de prioridades y conductas no eran solo democráticos, sino explícita o tácitamente  republicanos -por ejemplo, el laicismo: el gobierno compostelano de ‘Compostela aberta’ rehusó participar en el tradicional acto religioso de la ofrenda al Apóstol Santiago cada 25 de julio, y ese mismo gobierno más el de la ‘Marea Atlántica’ coruñesa hicieron otro tanto en el también tradicional de las ciudades que habían sido capitales de las siete provincias históricas del Reino de Galicia al santísimo Sacramento en Lugo -las otras cinco no estaban gobernadas por Mareas. Y todas ellas innovaron o reforzaron drásticamente las políticas de igualdad, redistribución y garantistas de mínimos vitales para los sans-culottes de nuestros días. Pero resistieron una sola legislatura en auténtico ‘estado de sitio’, tanto mediático y empresarial como de fuerzas supuestamente de izquierda como el PSdG-PSOE o de ‘liberación nacional’ como el BNG, alineadas, abierta o tartufamente, en contra de las Mareas con el mismísimo PP.

De todos modos, tu actitud dista mucho de ser ingénua. Por el contrario, refleja un optimismo de la voluntad, dado que en diversos pasajes de tu relato confiesas haber sido defraudado en tu confianza, engañado o estafado, y aun así vuelves a apostar por confiar. En ese género de experiencias pasadas me siento hermanado contigo, incluso algunas de ellas resultan ser de algún modo compartidas, pese a no conocernos todavía por entonces. Cuando haces un primer enunciado de «los factores que explican la revuelta catalana», con su epicentro en «la crisis sistémica del régimen de 1978», escribes: «Fui partidario de la tercera vía», consistente en que «Catalunya pudiera decir qué relación quería tener con España». Certeramente atribuyes la iniciativa a la «estrategia política» de la ERC de Carod-Rovira que, profesando el ideario independentista, apostaba por «acompañar a los federalistas un tramo del camino hasta el límite posible» (subrayo yo). Ese fue el fundamento de que optasen por el gobierno de coalición con el PSC de Pasqual Maragall y la ICV de Saura -opción por cierto no comprendida, dentro del BNG de entonces, por la dirección de la UPG, que estimaba más congruente hacerlo con CiU (!)- y de que el govern presidido por Maragall iniciase la reforma del Estatut que sería aprobada por abrumadora mayoría en el Parlament, asumida por el presidente Zapatero, parcialmente traicionada por el PSOE en las Cortes -‘bien cepillada’, Guerra dixit- , plebiscitada en Catalunya, alevosamente saboteada por  el PP y finalmente mutilada por la aberrante y anticonstitucional sentencia del TC español: la espoleta que acabó de desencadenar el procès como respuesta cívico-política a la humillación infligida al pueblo catalán.

A mí me consta personalmente la exactitud de tu interpretación de esa génesis del proceso porque, en aquel período, el BNG mantenía una sintonía y estable relación   con ERC y yo mismo una muy fraternal y cómplice colaboración con Carod, pero también una fluida y cordial relación con Maragall. Carod tenía muy clara la necesidad de una estrategia de alianzas que impidiese el confinamiento del independentismo, o incluso del soberanismo, en un gueto social ideológico-político, y que por el contrario atrajese y sumase en una acumulación de fuerzas dentro del espacio republicano y progresista sensible al problema de las naciones sin estado y reconocedor del derecho de autodeterminación. En este sentido, actuó a la inversa de como lo había hecho la SPD de finales del XIX siguiendo la errónea ‘doctrina de los dos mundos’, tan bien analizada por Toni Domènech y de tan nefastas consecuencias políticas ulteriores en los primeros decenios del XX. Lo señalo porque algunas organizaciones nacionalistas han caído en ese grave error, que conduce al sectarismo y el aislamiento político. Así como aquella doctrina consideraba que el proletariado era, no solo la clase líder, sino la única protagonista posible de un proceso revolucionario, y las demás subalternas eran desechables para tal proyecto -con lo que acabó echándolas en brazos de las fuerzas reaccionarias y, al cabo, del fascismo- su traslación -inconsciente- a la estrategia del nacionalismo se tradujo en que todo lo que no era nacionalismo era antinacionalismo, hasta llegar en ciertos casos a proceder como si la nación lo fuese solo la ciudadanía nacionalista: no es preciso explicitar las consecuencias.

Y en cuanto a Maragall, es importante recordar que había lanzado previamente en el PSC la famosa tesis del ‘federalismo asimétrico’ como fórmula de articulación plurinacional del estado español, aprobada en su congreso, basada en el reconocimiento de cuatro naciones como sujetos de soberanía en el propuesto pacto federal: Galiza, Euskadi, Catalunya y España -por prudencia, no había querido pronunciarse sobre los otros dos Paísos Catalans, aunque  dejaba la puerta abierta a sus propias decisiones. Recuerdo perfectamente la conversación con Maragall en su despacho de la sede del PSC, poco después de aquel congreso, en la que me había explicado perfectamente su concepción del federalismo asimétrico e incluso las áreas de soberanía exclusiva que se reservarían cada una de las cuatro naciones en aquel nuevo diseño federal del Estado: nada que ver con las veleidades del PSOE español de simplemente vestir con ropaje de estado federal el de las autonomías de la CE de 1978. Más que una reforma de esa envejecida constitución resultaría ser, de facto, un nuevo proceso constituyente basado en cuatro sujetos de soberanía política. Por eso Maragall se convirtió en sospechoso para la vieja guardia psoeísta que pactara la reforma política -de lo irreformable- con el franquismo sin Franco. Aquella conversación y nuestra recíproca confianza durante el govern tripartito, combinada con mi fraternal relación con Carod y Esteve, aliado ya con ERC -e incluso con Arzalluz y su equipo en el PNV y Pere Esteve en su audaz, y por ello efímero, mandato en CiU a partir de  nuestra común reedición del histórico Galeusca en 1998- me había abierto la esperanza, que creía fundada, en que al cabo podríamos hacer realidad la fórmula de articulación del estado que propugnábamos, un cuarto de siglo antes,  en el movimiento por la ruptura democrática con el franquismo -en Galiza, en 1976, el documento del Consello de Forzas Políticas Galegas (CFPG) titulado «Bases constitucionais para a participación da nación galega nun pacto federal do estado español».

Mas discúlpame por esta digresión y volvamos a tu propio relato. Reproduciré tus lúcidas y francas conclusiones: «Me podéis llamar ingenuo, o incluso imbécil, pero yo era partidario de hacer este camino encabezado por Pasqual Maragall con Josep Lluís Carod-Rovira y Joan Saura. Y me siento estafado. No es cierto que sin armas encima de la mesa en España se pueda hablar de cualquier propuesta política. No es que no se pueda hablar de la independencia, cosa que es grave. Lo que sabemos ahora es que no se puede [ni siquiera] avanzar un poco hacia el federalismo». Exactamente. La constitución española de 1978 se ha tornado actualmente, de facto, en oligárquica -creo que lo ha escrito Pisarello en alguno de sus lúcidos textos. El Estado está controlado por oligarquías reaccionarias y, al cabo, filo-fascistas, que conciben e imponen dogmáticamente la ‘unidad de España’ como equivalente a su uniformidad: son incapaces de entender, menos aún asumir, y en absoluto respetar la alteridad. Con un estado así resulta inviable el diálogo, porque para dialogar es preciso empezar por reconocer al otro. Ellos solo admiten el monólogo –su monólogo. Y como además saben que esa concepción suya de España es una absoluta falsedad, tanto histórica como antropológico-social y cultural, están siempre a la defensiva y reaccionan agresiva y violentamente, es decir, inquisitorialmente, ante cualquier hecho que ponga en evidencia su mentira, cualquier reivindicación del derecho a ejercer una identidad peculiar -por más cívica y pacífica que sea la forma en que se haga.

Ahora bien, sin dialogar es imposible resolver racionalmente un problema entre dos: es imposible negociar una solución. De modo que, a quien padece el problema, solo le quedan dos opciones: la sumisión o el divorcio -como a la mujer víctima de maltrato por su pareja machista. De ahí que, ante el problema político que padecemos las naciones negadas, una vez ocluida por el actual Estado le senda conducente a un pacto federal-confederal, o renunciamos a ser nosotros mismos, o luchamos por nuestra independencia.

Lo más admirable en tu caso es que, habiéndote sentido ‘estafado’ en tu apuesta por una solución republicana federalista, en lugar de haberte dado por vencido, has decidido ‘tirar por elevación’. En efecto, sigues reivindicando el concepto pimargalliano del pacto sinalagmático, esto es, «un acuerdo entre iguales, libre de coacciones y de intromisión de la fuerza». Sigues considerando que «lo más parecido a un pacto sinalagmático» lo fue «el intento de reforma del Estatut iniciado en 2003» -yo recordaría que el proyecto de federalismo asimétrico de Maragall sí que tenía esa índole. Y vaticinas que, «pase lo que pase, Catalunya buscará un pacto sinalagmático». Pero, dado que, por el momento, «los federalistas nos quedamos en franca minoría, ante una muralla de indiferencia en el resto de España» -veo que ahí al cabo coincidimos-, aunque «a la izquierda española es posible que en el futuro le falte la izquierda catalana», en lugar de limitarte a esperar que llegue esa oportunidad para vuestro federalismo republicano, decides dar el salto: «Mientras tanto, muchos hemos optado por un independentismo accidentalista«.

Sin duda te das cuenta: curiosamente, la obtusa, antidemocrática y belicosa actitud y conducta de los poderes del Estado contra el cívico y pacífico procès independentista catalán, ha contribuido a que la opción estratégica de la ERC de Carod-Rovira de hace dos decenios, de acumular fuerzas «acompaña[ndo] a los federalistas un tramo del camino hasta el límite  posible», compartida desde el PSC por Maragall merced a su proyecto de federalismo asimétrico, y aplicada por el govern tripartito en la reforma del Estatut finalmente boicoteada, traicionada y mutilada, haya acabado por conseguir, no sólo el apoyo de vosotros, los federalistas republicanos, para ‘el límite posible’ de una reforma en profundidad del Estatut de autonomía, en el marco del Título VIII de la CE de 1978, sino vuestra conversión en independentistas -aunque lo sea con carácter ‘accidentalista’, es decir, como respuesta solidaria frente a la agresiva cerrazón de los poderes del estado español. Ante un estado que humilla a vuestro pueblo y agrede violentamente a vuestros conciudadanos independentistas, vuestra respuesta es: todos somos catalanes, todos somos independentistas. Realizáis todo un ejemplar ejercicio de un cardinal principio republicano: la fraternidad. El principio que deberíamos, mejor dicho debemos, practicar todos los ciudadanos libres, demócratas y republicanos en el ámbito de la pell de brau.

Recibe mi más cálida aperta fraternalmente republicana.

Xosé Manuel Beiras

Reboraina de Aguiar, solsticio de invierno de 2020.

Por santa Lucía, míngua a noite e medra o día. (refrán popular gallego)

 

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