Dos mundos llenos de dolor por la migración.
¡Dos mundos! Y uno no responde siempre con compasión.
Khalid El Paisano (músico urbano hispano-marroquí)
Si hay algo ahora mismo transversal, rampante y generador de un consenso difícil de poner en duda es el rechazo a Marruecos. En la opinión pública o publicada española, cuestionar que hay que rechazar todo aquello que sea marroquí es poco menos que traición a la patria. Para una nación recientemente ganadora del Mundial de Fútbol, la entrada masiva de Ceuta ha sido traumática, imposible de digerir ni siquiera con varias infusiones de manzanilla.
Para las derechas, se han despertado miedos atávicos. Si la visión de España (y Cataluña ojo) predominante es que la nación surge a través de la conquista de Al-Ándalus gracias a Pelayo, Jaume I y los Reyes Católicos, ver por la tele como decenas de miles de jóvenes norteafricanos alcanzaban el enclave ceutí era como ver el retorno de Musa y Tariq. A pesar de que el Rey de Marruecos es contrario al islamismo político, la invasión de Ceuta ha sido interpretado como el presagio de la islamización de Europa entera para las derechas neofascistas, de Trump a Le Pen. Para las mentes preclaras del facherío ibérico, lo que está pasando está clarísimo y quien no lo quiera ver está ciego: Mohamed VI pretende conquistar, como dicen algunos de sus ministros, Ceuta y Melilla a través de una nueva Marcha Verde, sin solados, solo con civiles. Para el PP, Vox y Núcleo Nacional, Pedro Sánchez es la personación del Conde Don Julián. Según la leyenda, Julián era el gobernador cristiano de Ceuta y el causante de la conquista árabe al traicionar al último rey visigodo.
Bien, este es el relato reaccionario. Las fuerzas progresistas, pero, también tienen razones para oponerse a Marruecos y las han sacado a relucir. Básicamente, son de índole geopolítica: argumentan que lo sucedido a Ceuta es un castigo de la tríada Trump-Netanyahu-Mohamed VI contra Pedro Sánchez por su posición contra Israel y por negarse a participar en la absurda guerra contra Irán. Aquí debemos sumar la conexión que existe entre las izquierdas internacionalistas con la legítima lucha del pueblo saharaui. A la sociedad española en general le escandaliza el haber dejado de nuevo tirados a su suerte a los excolonizados saharauis, e incluso se romantiza esto en la última película de Javier Bardem y Vicky Luengo, el ser querido. Si podéis, vale la pena ir al cine para ver la propuesta de Sorogoyen y Peña.
Todo dios se pregunta lo mismo: ¿por qué narices el PSOE no ataca al enemigo number 1, el Reino de Marruecos? Hay teorías de todos los colores, pero me permitiréis decir pesa mucho la razón de estado. No hay que olvidar que (discursos coloridos aparte) tanto Marruecos como España están en el mismo barco, ambos son atlantistas. La colaboración política, económica y cultural entre la Unión Europea se ha convertido en clave para las relaciones mediterráneas. Europa ha externalizado la gestión migratoria en terceros estados para que sean ellos los que vulneren Derechos Humanos. Que los palos los den ellos, tu.
Pero, ¿y si no hay conspiración? Es curioso ver que decía, según la desclasificación realizada por Moncloa, el CNI el mismo día de la entrada masiva de “jóvenes nadadores”:

Redes sociales, mafias, las consecuencias de la sentencia del Supremo contra las devoluciones en caliente… Todo parece cuadrar con la versión oficialista del Presidente. Quizá aceptar que no hay ninguna invasión dirigida por Mohamed VI sería aceptar que tal vez millones de personas quieren jugarse la vida para llegar a Europa y necesitamos refugiarnos en conspiraciones para no aceptar una verdad inaceptable. O no, o fue el gobierno marroquí que quería dar un susto al estado español y la policía transportó a los jóvenes en camiones hasta la frontera. Todavía no sabemos toda la verdad, pero es irrelevante. Como es natural, la versión hegemónica en todo el espectro político es la segunda: Marruecos es el enemigo.
En la geopolítica desparecen las clases sociales, los únicos sujetos políticos son los estados. La impregnación cultural de un fuerte antimarroquismo no afectará tanto al régimen autoritario alauí sino más bien al proletariado migrante norteafricano. La popularidad del rapero Morad o el futbolista Lamine Yamal a penas han erosionado el rechazo hacia los menas, culpables de todos los delitos posibles. Gorra, patinete y riñonera es el outfit del nuevo terror urbano. La delincuencia juvenil, naturalmente, existe y tiene como causa principal la exclusión social, pero… ¿Cómo se llevarán a cabo políticas de inclusión social hacia un colectivo que gran parte de la sociedad quiere deportar, encerrar en campos de concentración o (en el peor de los casos) eliminar de la faz del mundo?
Mencioné antes el mito de la Reconquista, pero no hace mirar a Covadonga para hablar de las relaciones hispano-marroquís. Nadie parece recordar como colonizamos a los vecinos de sur bajo la forma condescendiente de un Protectorado que se dirigía manu militari desde Ceuta y Melilla. Incluso, en muchos telediarios se sigue denominado a Fnideq como Castillejos, su nombre españolizado durante el periodo colonial. Sin duda, el pasado colonial se puede sentir en Larache, Tetuán y en toda la cordillera del Rif.
¡Ay, nos toca de nuevo tener una visión minoritaria! Mantenerla en estas condiciones mediáticas es poco agradecido, pero es lo correcto. Imitemos a Mélenchon, no hay que ceder en absolutamente nada que nos acerque al marco de la ultraderecha, pues cuando se se mezcla rojo y marrón siempre el resultado es marrón. El rechazo al estado marroquí no puede ser una excusa para abandonar la mirada antirracista y crítica con nuestro pasado colonial. Además, el proletariado migrante podría tener un papel más destacado en las posibles luchas por la vivienda, los salarios y los servicios públicos. Sino se integran en nuestros movimientos sociales, como es lógico, montaran sus propias organizaciones. El antimarroquismo no es solamente el arma electoral de la dupla PP-Vox, sino una herramienta para dividir al pueblo.



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