Hay un trasfondo que es el que ha nutrido nuestras instituciones y las cartas magnas de todos los países del Mediterráneo, que es la idea de dignidad. No son palabras mías, son palabras de Francesc Torralba.
La dignidad inherente es algo esencial que recordar. El valor de las personas por el mero hecho de ser personas. La palabra igualdad también aparece.
Quizá en esta etapa hasta 2030, los políticos decentes actuales (que sí, que aún quedan) comiencen a darse cuenta de aquello que estaba claro hace un siglo y que la democracia ha abandonado indecentemente:
Que hay muchas cosas que cambiar, muchas leyes que mejorar o hacer de nuevo, pero la base de todo en la política pública, a nivel local y territorial, es sin duda la educación. Es la educación, primero la formal, la que capacita para vivir y vacuna contra la ignorancia a toda la población por igual.
Pero al mismo nivel debería estar la educación no formal. La de las agrupaciones, grupos de scouts, esplais, casas de juventud, campamentos de asociaciones sin ánimo de lucro, los ateneos jóvenes, las asociaciones de alumnado y los movimientos asociativos en general, si no nos ponemos exquisitos. Porque cuando acaba la rigidez del sistema educativo actual, por las tardes, quien no va a un club deportivo va al cau o va a tocar el saxo en la banda del pueblo. Y ahí hay EDUCACIÓN DE LA BUENA.
Esa educación que tiene lugar en el ocio, a la que todos los niños y adolescentes deberían tener derecho de acceso total y que ayuda a integrarse socialmente, a la vez que politiza.
Una politización entendida no como señalamiento de las corrientes ideológicas que hay que seguir (eso se lo dejamos a la Iglesia, que de eso tiene mucha experiencia). Una politización entendida como la adquisición consciente de valores de progreso humano o de transformación social a través de un proceso personal mediante la convivencia diaria con iguales. Conviviendo en grupo, mientras se hace algo en común y gestionando los conflictos que aparecen, es como realmente se forjan ciudadanos politizados y con sistemas de valores fuertes que son impermeables al racismo, la xenofobia, la misoginia o la ignorancia. Son lugares donde la gente aprende a pensar por sí misma.
Son imprescindibles los espacios de trabajo educativo en el ocio con niños y jóvenes para tener una población que:
- Cuando haya una pandemia, reaccione organizadamente para ayudar a la comunidad donde vive.
- Cuando haya una DANA, vaya a retirar barro, si hace falta.
- Cuando haya un incendio, se implique en voluntariados que hagan sentir al resto del mundo que nos mantenemos ocupados, que no está todo perdido.
Y es imprescindible que estos espacios de ocio estén vinculados al tejido asociativo tradicional, o, como mínimo, a algún tejido asociativo. La educación no se mercantiliza. Se participa en ella. Y mucho menos la educación popular. La educación popular ocurre para generar población politizada, y es imposible que eso suceda en manos de contratos públicos de servicios menores, con empresas precarizadoras y sin programa alguno.
No se trata de ocupar el tiempo, para tenernos entretenidas haciendo cosas. Es ocupar las mentes, para que la gente joven entienda que entre todas, con su tiempo, pueden cambiar las cosas.
A ver si veis a algún político que tenga la capacidad de entenderlo y defenderlo, y se lo explicáis. Nos hace falta urgentemente un programa público coherente de ocio educativo en todo el Estado, protagonizado por el tejido asociativo, y, por qué no, en toda Europa.



0 comentarios