Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

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Una federación de la tierra? El futurismo de Ferrajoli

4/07/2026

Me he decidido finalmente a escribir una reseña de Por una Constitución de la Tierra. La humanidad en una encrucijada, después de semanas dándole vueltas a cómo hacerlo. El libro fue publicado en castellano por la Editorial Trotta en 2022, cuando todavía estábamos asimilando las graves consecuencias de la pandemia de la COVID-19, y aún no cuenta con traducción al catalán.

Ante un reto de escala planetaria como la pandemia, se abrió el debate sobre las organizaciones internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, y sobre el alcance de su actuación, así como sobre si debía prevalecer sobre los Estados nación. La lista de problemas globales es hoy larga y dolorosa: la desigualdad económica, el cambio climático, la futura escasez de combustibles fósiles, el desmesurado poder tecnoautoritario de las grandes plataformas digitales, el impacto de la inteligencia artificial y, por supuesto, las guerras imperialistas. De todo ello, y de mucho más, habla este libro.

Siempre es de agradecer encontrar una propuesta que eluda el tan habitual derrotismo de las izquierdas contemporáneas, desgraciadamente con un efecto depresivo y paralizante. Al mismo tiempo, sin caer en maximalismos proféticos, ya que Luigi Ferrajoli no nos habla de una utopía. En términos culturales, seguramente hemos hablado demasiado de recuperar el valor de las utopías y demasiado poco de cómo avanzar frente al capitalismo salvaje que nos devora mientras sentimos en la nuca el aliento de las guerras futuras.

Algo mejor que la ONU: una Federación con poder para someter constitucionalmente a los Estados y a las grandes multinacionales. Gustavo Petro, presidente de la República de Colombia y gran admirador de Ferrajoli, lo resume en pocas palabras:

«En medio de tantas barbaries, es bueno oír uno de los mejores juristas del mundo, es mi amigo, Luigi Ferrajoli. Propone una Constitución para la Humanidad, debía haberse escuchado en la reunión CELAC/Europa, pero allá solo hablan jefes de Estado. He propuesto, por ahí, pasar de la ONU a un Gran Consejo de la Humanidad. Pasar de la visión exclusivamente nacional a la humana.»

Ferrajoli, un juez republicano

Con vuestro permiso, quisiera dedicar unas líneas al autor de la obra.

Luigi Ferrajoli (Florencia, 1940) es un jurista, filósofo del derecho y magistrado italiano, reconocido como uno de los teóricos del derecho más influyentes de los siglos XX y XXI. Está considerado el padre del garantismo jurídico, una doctrina que defiende la protección estricta de los derechos fundamentales frente a la arbitrariedad del poder político y judicial.

El anciano profesor, que tuvo la fortuna de nacer rodeado de la sobrecogedora belleza de la ciudad de Florencia —insoportable para Stendhal—, ha sido uno de los máximos exponentes de una visión ilustrada y republicana del derecho penal y del constitucionalismo estricto. Fue miembro activo de Magistratura Democratica, un movimiento de jueces de izquierdas durante las décadas de 1960 y 1970.

Al leerlo, nunca he podido dejar de pensar en Cesare Beccaria, el primer gran reformador del derecho penal ilustrado, contrario a la tortura y a la pena de muerte, sobradamente conocido por cualquier estudiante de derecho penal o criminología. El penalismo de Beccaria fue un proyecto frustrado, y la idea de que la pena debería constituir la ultima ratio, el último recurso del Estado frente a los grandes crímenes que afectan a las sociedades, no se cumple en una sociedad capitalista en plena expansión policial, donde incluso se plantea enviar agentes de policía a los centros educativos.

En nuestro país, quizá Ferrajoli sea conocido por su intervención en los debates sobre los indultos y la amnistía de los presos políticos catalanes a raíz de la represión del referéndum del 1 de octubre de 2017. Además, fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Barcelona en 2019.

En definitiva, Ferrajoli forma parte de una tradición italiana muy mal comprendida en la España del Poder Judicial posfranquista: la de los juristas que encarnan los valores republicanos como garantía del no retorno del fascismo, la cultura de los derechos humanos y la rectitud ética.

La Federación, la pesadilla de Peter Thiel

Entremos en materia. La propuesta de la Constitución de la Tierra de Luigi Ferrajoli consiste en crear una norma jurídica global que esté por encima de los intereses de los Estados nación y de los mercados para hacer frente a las amenazas existenciales de la humanidad. Su objetivo es establecer instituciones mundiales de garantía capaces de proteger los bienes comunes vitales (como el clima, el agua y la naturaleza), garantizar los derechos humanos fundamentales en todo el planeta (salud, educación y alimentación) y prohibir las armas como método de resolución de conflictos. En esencia, pretende pasar de un derecho internacional basado en la voluntad de las potencias a un constitucionalismo global que limite los «poderes salvajes» para asegurar la supervivencia de la especie y de la Tierra.

Además, del mismo modo que ya existen tribunales internacionales para perseguir crímenes contra la humanidad, como aquellos que eventualmente deberían juzgar a Netanyahu por el intento de genocidio del pueblo palestino, Ferrajoli añade tribunales para perseguir los delitos sistémicos.

En primer lugar, estarían aquellos daños derivados de la dinámica del mercado global y de la omisión del deber de socorro. A diferencia de los delitos comunes, estos no tienen un autor individual claramente identificable, sino que son el resultado de decisiones económicas legales que provocan la muerte por hambre, la falta de acceso a medicamentos básicos debido al sistema de patentes o el mantenimiento de la pobreza extrema. Para Ferrajoli, que el sistema permita la muerte de millones de personas por causas evitables mientras protege el beneficio privado constituye una forma de criminalidad estructural que el derecho internacional actual ignora. Por otra parte, también se abordarían los crímenes contra las generaciones futuras y contra la naturaleza, destacando especialmente el ecocidio y el rearme masivo.

De forma muy problemática, el anciano profesor no explica qué fuerza tendría para imponer todo este aparato normativo y, de hecho, rechaza el concepto de soberanía en los términos de Carl Schmitt, lo que significaría que la Federación no sería en ningún caso un Estado soberano. En el fondo, el florentino simplemente actualiza el pensamiento de Immanuel Kant en su libro La paz perpetua: una apuesta ilustrada por la Humanidad que supere el «estado de naturaleza» en el que se encuentran Estados y empresas mediante una norma superior. La soberanía recaería sobre el conjunto del Pueblo de la Tierra, mientras que cada nación tendría derecho a la autodeterminación para defenderse de opresiones étnicas, religiosas o lingüísticas.

Normas, límites, constituciones mundiales. Todo ello representa la peor amenaza para que Peter Thiel pueda dormir tranquilo por las noches. El fundador de Palantir y de otras plataformas digitales, que ha financiado la campaña de Trump, lo tiene claro: las regulaciones mundiales (y Greta Thunberg) son, en su visión mesiánica neocristiana, ni más ni menos que el Anticristo. Curtis Yarvin, Nick Land y otros representantes de la corriente filosófica neorreaccionaria denominada Ilustración Oscura no han dudado en atacar a la ONU con la misma intensidad con la que critican la Revolución Francesa. Para ellos, al igual que para Bolsonaro, la ONU es un nido de comunistas y debería ser sustituida por una «Junta de Paz» dirigida por Donald Trump.

Los dos futurismos

El proyecto kantiano propuesto por el jurista florentino puede, sin duda, dejar frío al autor revolucionario en algunos aspectos, y no serían pocas las voces que rápidamente lanzarían la altisonante acusación de «pequeñoburgués», reformista o, en definitiva, poco ambicioso. En parte, podría aceptarse la crítica de que en ningún momento del libro se habla abiertamente de superar, mediante una revolución proletaria, el sistema capitalista hasta aniquilarlo definitivamente.

Naturalmente, la propuesta es más kantiana que marxista y, seguramente, su condición de jurista hace que afloren en el texto aspiraciones idealistas que prescriben una normatividad incompatible con la acumulación de capital. Sin embargo, la idea de convertir la Organización Internacional del Trabajo en un foro de discusión donde puedan negociarse convenios colectivos mundiales para sectores enteros resulta sumamente ambiciosa. Ninguna multinacional estaría interesada en que se debatiera a escala internacional la equiparación de las condiciones laborales para evitar las deslocalizaciones. ¡No es poca cosa!

Ferrajoli no piensa en convertir la ONU en un Estado planetario con un único ejército, sino en la abolición de todos los ejércitos y en un Tribunal Constitucional Mundial como máxima autoridad, algo que, visto desde Cataluña, no puede parecernos especialmente inspirador. Tampoco parece, a priori, que plantee una especie de Unión Europea a escala global centrada en cuestiones económicas. Aunque no lo diga de forma explícita, el núcleo de su propuesta no puede entenderse sin el internacionalismo obrero: una confederación de todos los pueblos trabajadores del mundo, pasada por el tamiz de la cultura del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. No obstante, tanto en Pi i Margall como en los revolucionarios de la CNT, el federalismo era el método capaz de vincular un pequeño pueblo con la Humanidad entera o una fábrica colectivizada con el conjunto de la economía comunal.

Debemos conquistar el futuro. La propuesta constitucional de la Federación de la Tierra es una herramienta más para plantear estrategias para el siglo XXI y los que vendrán. Si tecnoautoritarios como Elon Musk o Peter Thiel representan un futurismo fascista al estilo de Marinetti, la respuesta debe ser un futurismo social que recupere la visión de Gabriel Alomar.

Como ha repetido en numerosas ocasiones Roc Solà, el republicano mallorquín inventó el futurismo cinco años antes que Marinetti, obsesionado este con la velocidad, las guerras y una masculinidad destructiva del pasado. Muy al contrario, para Alomar el futurismo tiene que ver con los derechos sociales: la locomotora del tren y no la bayoneta de guerra. Citando al propio Alomar:

«La corriente federativa universal es innegable; pero así como las dos condiciones de ese movimiento son coordinadas e inseparables, la escuela federativa es también la que defiende el fortalecimiento y el fomento de la energía de cada personalidad nacional e incluso de cada organismo parcial, desde la ciudad, primera forma de la vida política, hasta la humanidad entera.»

No puedo hacer otra cosa que recomendar, con urgencia, la lectura atenta del llamamiento constitucional, humano y futurista del maestro de Florencia.

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