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Más allá del fármaco: repensar el malestar

8/04/2026

Según el European Observatory on Health Systems and Policies, España es uno de los países del mundo con un consumo más elevado de ansiolíticos y antidepresivos. Los informes internacionales advierten de que, en los próximos años, la salud mental se convertirá en el principal reto de salud pública. Los datos sobre ansiedad y depresión son lo bastante claros como para afirmar que no se trata de una percepción exagerada, sino de un fenómeno real y creciente.

La pregunta fundamental no es solo cuántas personas sufren malestar, sino por qué, y la respuesta no es demasiado clara, posiblemente porque es multifactorial.

Las estadísticas muestran un elemento relevante: el sufrimiento no se distribuye de manera homogénea. Las dificultades económicas, la precariedad laboral y el bajo nivel educativo son factores que aumentan significativamente el riesgo de depresión y ansiedad. El malestar, por tanto, no es solo una cuestión individual, sino que parece estar profundamente atravesado por las condiciones materiales de vida.

Desde el ámbito de la atención primaria se advierte también de otro fenómeno: la medicalización del malestar. Situaciones que pueden ser respuestas comprensibles a contextos de estrés, inseguridad o soledad acaban convertidas en diagnósticos clínicos. La atención primaria, a menudo demasiado tensionada, responde con recetas farmacológicas allí donde quizá serían necesarios espacios de escucha, red comunitaria y prevención. Pero no todo malestar es una enfermedad. Y no toda tristeza o angustia es un trastorno.

Vivimos en una sociedad acelerada, competitiva y exigente. Se nos pide constantemente que “seamos alguien”, que construyamos una identidad sólida, exitosa y productiva. Pero esta identidad no nos viene dada: tenemos que fabricarla nosotros mismos. Y, además, bajo unos criterios muy concretos de reconocimiento social. El éxito, la imagen, la productividad y la notoriedad se convierten en medidas del valor personal.

Este imperativo genera una tensión constante. La identidad que intentamos construir nunca es lo suficientemente estable ni satisfactoria. Siempre hay alguien con más éxito, más visibilidad, más reconocimiento. Las redes sociales amplifican esta dinámica: nos comparamos, nos identificamos y nos desidentificamos continuamente, y nunca somos suficientes.

Al mismo tiempo, nuestra sociedad neoliberal fomenta la competencia como norma de vida. Las personas no tenemos garantizado nuestro lugar dentro de la comunidad humana si no nos lo “ganamos”. Esta presión erosiona los vínculos y contribuye a otro fenómeno preocupante: la soledad no deseada. Cada vez más personas afirman sentirse solas, y esta soledad a menudo está relacionada con la precariedad, el desempleo o la vulnerabilidad social. El malestar emocional y la fragilidad de los vínculos avanzan de la mano.

En este contexto, reducir el sufrimiento a una disfunción individual es injusto. A menudo, el malestar es una respuesta comprensible a condiciones de vida difíciles. Individualizarlo puede generar aún más culpabilidad: si no estoy bien, debe de ser porque no me esfuerzo lo suficiente, porque no me adapto lo suficiente, porque no soy lo bastante resiliente. El discurso neoliberal tiende a responsabilizar al individuo y a ocultar las disfunciones estructurales.

Esto no significa que debamos negar la existencia de trastornos mentales que requieren atención clínica ni menospreciar la importancia de los profesionales de la salud mental. Significa, más bien, ampliar la mirada.

Aquí es donde la filosofía puede aportar algo valioso.

Muchas angustias contemporáneas están vinculadas a expectativas interiorizadas: la necesidad de triunfar, de ser deseable, de tener una trayectoria coherente y ascendente, de no fracasar nunca. Revisar críticamente y poner en cuestión de forma comunitaria estos supuestos puede ser liberador. No elimina los problemas materiales, pero puede transformar la manera en que los interpretamos y los afrontamos.

La filosofía también recuerda una distinción clásica: hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. Aceptar esta diferencia no es resignarse, sino ganar libertad interior para actuar razonadamente allí donde sí tenemos margen de intervención. Razonar nos permite salir de la parálisis, discernir y orientar la acción.

Como ya se ha dicho, ante un malestar que tiene raíces sociales, la respuesta no puede ser solo individual. Se necesitan políticas públicas que reduzcan la desigualdad, refuercen los servicios comunitarios y promuevan espacios de encuentro y relación. Pero también es necesario recuperar el valor del diálogo y del pensamiento compartido. Pensar juntos es una manera de reconstruir vínculos y de resistir como comunidades.

Quizá una parte de lo que llamamos “crisis de salud mental” sea también una crisis de sentido y de comunidad. Si es así, la solución no vendrá únicamente de más diagnósticos ni de más fármacos, sino de una transformación más profunda en la manera en que vivimos, nos relacionamos y entendemos qué significa tener una vida buena.

Y en esta tarea, la filosofía —como ejercicio crítico y como espacio de diálogo y encuentro— puede ser una pequeña parte de la respuesta.

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