Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Estoicismo: una filosofía de amor, igualdad y ternura

12/01/2026

Ya es conocido por todos que los libros de estoicismo gozan de muy buenas ventas en las librerías, ya sean las Meditaciones de Marco Aurelio, el Manual de Epicteto o libros que hablan y giran en torno al estoicismo. Muchas veces los encontramos junto con los libros de autoayuda o de crecimiento personal.

En las redes también vemos cómo gurús del entrenamiento físico o de las finanzas hablan maravillas de esta filosofía que tiene más de dos mil años. A través de los escritos del antiguo emperador romano se justifican actitudes y masculinidades hegemónicas, ejercicios de disciplinamiento del cuerpo como levantarse a las cinco de la mañana para hacer ejercicio, tomar duchas de agua fría o aislarse del entorno familiar y las amistades. ¿La finalidad de todo esto? Alcanzar objetivos y metas particulares, ya sea en el ámbito de las finanzas, el cuerpo o la sexualidad. Pero también, no lo olvidemos, superar carencias, malestares y síntomas de ansiedad y depresión.

En esta “lectura” del estoicismo hay también un evidente sesgo de género, donde ante la crisis de una ideología patriarcal también en crisis, lo que se hace es reproducir una y otra vez cierto tipo de masculinidad problemática, bajo una imagen ficticia del estoicismo de éxito, riqueza y poder.

Por otra parte, en los tiempos que corren, donde la polarización de todos los ámbitos de la vida es la nueva normalidad –o al menos la normalidad que continuó después del paréntesis pandémico– encontramos también detractores del estoicismo.

Desde este otro lado, se acusa a esta filosofía de ser una filosofía esclava y que justifica la sumisión ante el poder. Incluso algunos van más allá, y se aventuran a decir que el estoicismo era la filosofía que utilizaba el Imperio romano para mantener el orden y la disciplina imperial. Sin saber que la filosofía y los filósofos también fueron perseguidos en varias ocasiones en época imperial en momentos de crisis, especialmente en el siglo I por los emperadores Nerón, Vespasiano y Domiciano.

Tanto en Séneca como en Marco Aurelio podemos encontrar en sus textos un desprecio por el poder y por todos aquellos que persiguen el lucro privado y los honores. De hecho, perseguir este tipo de objetivos se considera una enfermedad del alma. Y es que dentro del estoicismo, la única meta individual que es loable perseguir es el progreso moral hacia la excelencia, la virtud.

Nos separan del camino recto las riquezas, los cargos, el poder y las demás cosas que en nuestra opinión son valiosas, pero que por su valor propio son despreciables. (Séneca, 81, 27)

En resumen, las diversas recepciones populares del estoicismo resultan, en gran medida, erróneas. Tanto quienes lo simplifican en clave de autoayuda como quienes lo descalifican desde prejuicios superficiales inciden en una comprensión equivocada de lo que es realmente la filosofía estoica, o al menos de lo que se desprende de las principales obras que han sobrevivido hasta hoy.

La filosofía estoica no es nada de aquello de lo que a menudo se la acusa; más bien me atrevo a sostener que es casi lo contrario. El estoicismo, tal como se desprende de sus fuentes principales, se fundamenta en unos principios de profundo respeto hacia uno mismo y hacia los demás, y puede leerse —contra toda lectura reductora— como una filosofía del amor, de la igualdad y de la ternura. Es precisamente esto lo que me propongo argumentar y demostrar a lo largo de este artículo.

El estoicismo y el cuidado de los demás

En primer lugar, debo decir que esta idea no es propiamente mía, sino que aparece en la obra La ciudadela interior de Pierre Hadot, en dos breves apartados titulados “Piedad, dulzura y benevolencia” y “El amor al prójimo”. Pero creo que puede ser útil examinar esta idea de nuevo, y más en los tiempos actuales, viendo que por un lado la recepción que tiene el estoicismo en nuestra época, y por otro, el aumento del interés por hablar de los cuidados tanto en la sociedad como en la filosofía.

Si queremos desmontar las lecturas sesgadas que se hacen sobre los escritos estoicos que nos han llegado, lo mejor que podemos hacer es ir directamente a los textos.

La premisa principal de la filosofía estoica –y no solo de la estoica, sino de todas las de inspiración socrática– es que el ser humano no actúa nunca por maldad, sino por ignorancia. Como dice Sócrates en los diálogos de Platón, es imposible que aquel que conoce y comprende lo que es un bien pueda actuar mal. Nadie es malo voluntariamente. Lo podemos encontrar, por ejemplo, en estos pasajes:

¡Cuán cruel es no permitir a los hombres que dirijan sus impulsos hacia lo que les parece apropiado y conveniente! Y lo cierto es que, de algún modo, no estás de acuerdo en que hagan eso, siempre que te enfadas con ellos por sus fallos. Porque se ven absolutamente arrastrados hacia lo que consideran apropiado y conveniente para sí. «Pero no es así.» Por consiguiente, alecciónales y demuéstraselo, pero sin enfadarte. (VI, 27)

No debe censurarse a los dioses; porque ninguna falta cometen voluntaria o involuntariamente. Tampoco a los hombres, porque nada fallan que no sea contra su voluntad. De manera que a nadie debe censurarse. (XII, 12)

Como puede verse en este fragmento de las Meditaciones, lejos de una filosofía de la agresividad y del punitivismo —propia de la ideología patriarcal— lo que encontramos es una apología de la comprensión y la pedagogía. Incluso un alegato a la libertad y al desacuerdo con el otro mediante el argumento y con el máximo respeto posible por la diferencia.

Si puedes, dale otra enseñanza; pero si no, recuerda que se te ha concedido la benevolencia para este fin. También los dioses son benévolos con las personas de estas características. Y en ciertas facetas colaboran con ellos para conseguir la salud, la riqueza, la fama. ¡Hasta tal extremo llega su bondad! También tú tienes esta posibilidad; o dime, ¿quién te lo impide? (IX, 11)

Si tiene un desliz, instrúyele benévolamente e indícale su negligencia. Mas si eres incapaz, recrimínate a ti mismo, o ni siquiera a ti mismo. (XI, 4)

El hecho de enfadarse, dejarse llevar por la ira hacia los demás, es considerado poco viril desde el estoicismo de Marco Aurelio. Un hecho que descoloca bastante si lo contrapones con las lecturas actuales:

[…] Recuerda en los momentos de cólera que no es viril irritarse, pero sí lo es la apacibilidad y la serenidad que, al mismo tiempo que es más propia del hombre, es también más viril; y participa de este de vigor, nervios y valentía, no el que se indigna y está descontento. (XI, 18)

Para Marco Aurelio la bondad lo puede todo, es invencible, hasta el punto de poder hacer cambiar de opinión a los demás y mostrarles los verdaderos valores a quienes los ignoran. (Hadot 2013, 365)

Porque, ¿Qué te haría el hombre más insolente, si fueras benévolo con él y si, dada la ocasión, le exhortaras con dulzura y le aleccionaras apaciblemente en el preciso momento en que trata de hacerte daño? (XI, 18)

La “fe”, o más correctamente la confianza, que tiene el estoico con el Todo, se extiende también a los humanos con los que convive. Aceptar y amar con confianza la realidad tal como es —sin caer en la resignación— incluye también aceptar a los demás tal como son con el máximo amor posible, consciente de que todos formamos parte de lo mismo.

Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable. Todo eso les acontece por ignorancia de los bienes y de los males. Pero yo, que he observado que la naturaleza del bien es lo bello, y que la del mal es lo vergonzoso, y que la naturaleza del pecador mismo es pariente de la mía, porque participa, no de la misma sangre o de la misma semilla, sino de la inteligencia y de una porción de la divinidad, no puedo recibir daño de ninguno de ellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza; ni puedo enfadarme con mi pariente ni odiarle. (II, 1)

Autosuficiencia y amistad

En la concepción estoica del ser humano, aquello que nos iguala es la capacidad universal de razonar. Por este motivo, no hay fundamento para establecer diferencias esenciales entre las personas. Es en esta facultad racional —entendida como el núcleo de la esencia humana— donde el estoicismo sitúa nuestra verdadera naturaleza; y el hecho de que todos participemos de ella nos constituye como una auténtica comunidad fraterna. Y por eso debemos no solo respetar a los demás, sino también amarlos.

Amóldate a las cosas que te han tocado en suerte; y a los hombres con los que te ha tocado en suerte vivir, ámalos, pero de verdad. (VI, 39)

Como hemos dicho al inicio, la interpretación neoliberal del estoicismo –si es que puede llamarse interpretación– también llama a la individualidad, a depender de uno mismo.

Es cierto que los textos estoicos, en una primera lectura descontextualizada, pueden conducir a esta interpretación. Pero es un error caer en esta lectura individualista:

[…] A menudo se ha pensado que el estoicismo era fundamentalmente una filosofía del amor de sí […]. Pero de hecho la característica fundamental del estoicismo recae más en el amor del Todo, porque la conservación de sí y la coherencia consigo mismo solo son posibles por la adhesión absoluta al Todo del que formamos parte. (Hadot, 344)

Pensemos que en el mundo antiguo el individuo solo, aislado de la comunidad, no tenía la lectura romantizada del “lobo solitario” que tenemos hoy en día, sino todo lo contrario: era visto como un ser extraño e indigno.

En Séneca, en la Carta 9 a Lucilio, se trata el tema de si el sabio necesita la amistad. Lo que Séneca argumenta es que el sabio no es que deba vivir sin amistades, sino que, en caso de perderlas, no las necesita ni depende de ellas para mantener su felicidad. La sabiduría se fundamenta en la autosuficiencia interior, pero esta autosuficiencia no implica rechazo de los demás. Tal como afirma Séneca:

«El sabio es autosuficiente, pero necesita un amigo para ejercitar su amistad» (Ep. 9, 3).

Esto significa que el sabio podría vivir sin amigos, pero no por eso los rechaza:

«No necesito amigo si tengo que vivir sin él, pero por eso mismo lo quiero tener» (Ep. 9, 5).

El sabio es interiormente completo, pero desea la amistad porque la virtud, por su propia naturaleza, tiende a compartirse y expandirse:

«Ningún bien es agradable para el sabio si lo disfruta solo» (Ep. 9, 11).

De aquí que Séneca defienda que el sabio es mejor en compañía de la amistad y de otros sabios, ya que esto les hace crecer y mejorar mutuamente. En la relación amistosa, el sabio encuentra un espacio donde ejercer el bien, dar más que recibir y perfeccionarse en la práctica de la virtud. Él mismo lo resume así:

«Busco un amigo no porque necesite ayuda, sino para ayudarle yo a él» (Ep. 9, 10).

Así, la amistad para Séneca no nace de la necesidad, sino de la abundancia; no de la carencia, sino de la voluntad de compartir la virtud. En última instancia, el sabio es autosuficiente, pero esta autosuficiencia es activa, generosa y relacional: solo en compañía de otros sabios y amistades puede desplegar plenamente su carácter virtuoso.

Amor y responsabilidad universal

La filosofía estoica apuesta por una idea de una sola comunidad mundial, donde lo que une a los humanos es la razón, su capacidad de gobernarse mediante ella, pero también a la vez de cuidar y tener compasión de quienes no pueden hacerlo. Veamos este fragmento:

A los animales irracionales y, en general, a las cosas y a los objetos sometidos a los sentidos, que carecen de razón, tú, puesto que estás dotado de entendimiento, trátalos con magnanimidad y liberalidad; pero a los hombres en tanto que dotados de razón, trátalos además sociablemente. (VI, 23)

Este pasaje, dirigido a nosotros como seres racionales, formula una invitación a tratar con magnanimidad y generosidad a aquellos seres que no comparten nuestra capacidad de razonar. Lejos de justificar la explotación, el estoicismo apunta más bien a un deber de amor, cuidado y respeto hacia todos los seres, precisamente porque nuestra razón nos hace responsables de la manera en que habitamos y compartimos el mundo con ellos.

Conclusión

En este texto, a través de algunos fragmentos, podemos demostrar que la filosofía estoica está lejos de ser una filosofía que se acomoda bien a la ideología neoliberal. Más bien puede llegar a ser una filosofía con capacidad de hacerle frente, ya que no solo no tiene afinidad con ella, sino que sus valores se dirigen en sentidos contrarios e incompatibles. Séneca, en su texto Sobre la clemencia, lo expresa así:

[…] no hay ninguna doctrina más benigna, ni más suave, ninguna más amante de los hombres y más atenta al bien común, de modo que su propósito es servir y auxiliar no solamente a uno mismo, sino tener en cuenta a todos y a cada uno de los hombres. (II, 5)

Pierre Hadot, en las últimas páginas de La ciudadela interior, va un paso más allá y expresa lo siguiente:

“Nunca lo repetiremos lo suficiente, y lo olvidamos demasiado a menudo: el estoicismo está en el origen de la noción moderna de los Derechos del hombre.”

Recuperar la filosofía estoica, y en general la actividad filosófica para compartirla con todos, es un deber para quienes la filosofía no solo la leemos, sino que la vivimos.

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