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¿Volver a Sherwood? Una reseña de “Costumbres en común”, de E.P. Thompson

13/06/2025

Edward Palmer Thompson nunca fue un historiador académico, pero, aun así, llegó a ser uno de los historiadores más conocidos de Inglaterra durante el siglo pasado. Como muchos jóvenes de su generación, tuvo que enfrentarse a la guerra contra el fascismo. Siendo ya militante comunista, luchó en la Segunda Guerra Mundial, donde conoció de primera mano la realidad de los partisanos italianos. Desgraciadamente, su hermano mayor, Frank Thompson, moriría en el campo de batalla en Bulgaria.

Partiendo de esta experiencia vital, E.P. Thompson acabaría siendo una combinación de profesor de historia para adultos y jóvenes, autor de libros sobre poetas como William Morris, y un influyente militante antimilitarista. El llamado Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico desarrollaría la noción de historia desde abajo, en contraposición al positivismo historiográfico que dejaba sin voz a los colectivos oprimidos. De entrada, podría parecernos una tarea más bien teórica y poco peligrosa para las oligarquías británicas, pero Thompson y su entorno fueron espiados durante años por los servicios secretos británicos. Los archivos desclasificados en 2016 muestran cómo el MI5 lo vigiló durante décadas, incluyendo el espionaje de cartas y llamadas telefónicas.

Si bien la obra más célebre del autor es la conocida La formación de la clase obrera en Inglaterra, un grupo de personas pertenecientes a distintas formaciones políticas, movimientos sociales y estudiantes predoctorales nos reunimos el pasado invierno en la librería La Memoria para constituir un grupo de lectura de Costumbres en común. En ese espacio del barrio de Gràcia nos adentramos en las más de 680 páginas de una obra publicada originalmente en 1992 (el mismo año en que Francis Fukuyama anunciaba el fin de la historia) como una recopilación de textos sobre las raíces profundas de las costumbres populares anteriores al capitalismo industrial en el contexto británico.

El autor comienza por definir su visión de las clases sociales en el mundo preindustrial, donde la dinámica de enfrentamiento entre aristócratas y plebeyos provocaba a menudo cambios políticos y sociales. Para Thompson, la clase social no es una estructura, sino una relación social que sólo podemos entender a través del antagonismo y el conflicto entre grupos opuestos. La cultura popular (entonces poco estudiada) era una forma de resistencia con un sentido económico y político. Así, los motines del pan o food riots no serían simples estallidos de rabia y hambre, sino que formarían parte de un abanico de formas de organización comunitaria.

Por eso, con el objetivo de reforzar la propiedad privada, las oligarquías inglesas trataron de deshacer las costumbres populares y lo que el autor llama “economía moral de la multitud”, es decir, las normas y valores comunitarios que permitían, entre otras cosas, regular los precios de productos básicos como la harina (si era necesario incluso con golpes de bastón en los mercados), evitar los abusos de intermediarios como los molineros o impedir la miseria de los pobres mediante las llamadas “leyes de pobres”, que permitían que los más necesitados accedieran a comida, techo y subsidios monetarios en sus respectivas parroquias. La reforma de 1834 de las Poor Laws condujo a los pobres directamente a las workhouses, donde los ahora proletarios trabajaban en condiciones inhumanas.

Como ejemplo del rechazo a esta nueva situación, en Gales los campesinos y campesinas pobres protestaron contra el empeoramiento de sus condiciones declarándose “hijos de Rebecca” y atacando a los militares ingleses en disturbios donde los hombres iban vestidos de mujeres. Hechos como estos pueden ayudarnos a reflexionar sobre la historia de las intersecciones entre las luchas materiales, la cuestión nacional e incluso la disidencia de género y el heteropatriarcado.

Resulta difícil no coincidir con E.P. Thompson en que las clases populares inglesas estaban más organizadas y tenían mejores condiciones de vida antes de la llegada del capitalismo. Incluso la dieta de las clases populares cambió: con el capitalismo, los trabajadores ingleses cambiaron el trigo por la patata, más barata. No fue casual: se trataba de una estrategia para reducir los salarios, ideada por unos capitalistas capaces de calcular cuál era el mínimo de calorías que un trabajador debía ingerir para seguir vivo al día siguiente. Si a los mediterráneos nos parece terrible la gastronomía británica no es por su supuesta falta de talento culinario, sino porque el pueblo británico experimentó la destrucción de su rica vida popular, sustituida por un mundo de humo y explotación que tan bien describió Charles Dickens.

También resulta muy interesante el capítulo dedicado al establecimiento del tiempo y de la disciplina industrial. La introducción del tiempo medido por relojes cambió la visión del mundo de las clases populares, acostumbradas a un tiempo vivido a partir de las estaciones o de elementos naturales. Inventos recientes como el despertador son muestra de cómo el tiempo medido fue ligado al cambio de la cotidianidad del nuevo proletariado industrial, que trabajaba muchas más horas que sus antecesores. De hecho, para el artesanado, el domingo era el día de la familia y el lunes (¡santo lunes!) era el día de la amistad, y tampoco se trabajaba.

Por último, cabe destacar cómo la cultura plebeya también estaba presente en los llamados bienes comunales. Bosques, tierras comunales, lagos, acequias o ríos que no pertenecían a ningún señor feudal sino que eran de uso común, bajo normas y valores establecidos por los propios usuarios. Con estos recursos comunales y la asistencia social de las parroquias, los campesinos complementaban su dieta y se garantizaban cierta autonomía. Thompson contrapone el derecho comunal generado por las costumbres locales con la famosa Tragedia de los Comunes de Garrett Hardin, tan citada siempre por los economistas neoliberales.

No es casual que uno de estos bienes comunales, un bosque, se convirtiera en símbolo de la resistencia contra el capitalismo. El bosque de Sherwood, popularizado por la leyenda de Robin Hood y sus arqueros, fue un refugio para personas excluidas, que encontraban un lugar donde habitar y recursos naturales de los que alimentarse. Como el joven Marx indicaba ya en sus primeros escritos, la legislación contra los llamados robos de leña fue sanguinaria. Cuando siglos después los luditas enviaban cartas amenazantes a los propietarios de las infernales fábricas textiles donde el proletariado acabaría siendo explotado, el recuerdo seguía vivo. De hecho, era desde Sherwood desde donde el Rey Ludd firmaba sus encendidas misivas.

En definitiva, E.P. Thompson no pretendía en esta obra mitificar un pasado precapitalista ni hacer una especie de alegato tradicionalista, sino tirar del hilo rojo que conecta con las luchas y resistencias heredadas de las clases populares inglesas durante el siglo XVIII. No es lo mismo la nostalgia reaccionaria que volver a Sherwood.

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