Sandra González Albalad es psicóloga, milita en el MLPA desde 2013 y en la actualidad es coordinadora del área de Enseñanza Media.
El hecho de poder conmemorar el 25 aniversario del Movimiento Laico y Progresista de Aragón, es el reflejo de lo profundas y potentes que pueden ser las ideas. Un ideario claro, trasgresor, compartido. Pero nada de ello sería posible sin la acción, sin el compromiso con tus creencias y un plan para desarrollarlas. Con todo ello en marcha y tras mucho recorrido persiguiendo la utopía soñada, creo que todos y todas hemos tenido la sensación de saborear esas pequeñas trasformaciones sociales a las que hemos contribuido estos años.
Aunque estas cifras ya den vértigo, no me olvido de los 20 años que La Nave lleva en funcionamiento, ofreciendo un espacio formativo y recreativo libre, accesible y seguro para todo aquél que se atreve a habitarlo. Considero que es un privilegio contar con espacios físicos propios, que refuercen nuestra identidad social compartida, así como nuestra individualidad e independencia como movimiento asociativo.
Además, que los jóvenes voluntarios/as y militantes hayamos sido partícipes en su construcción y mantenimiento nos ayuda a sentir los espacios como propios y fomenta la responsabilidad de su cuidado. Ninguna de las personas que hemos pasado por aquí durante nuestra juventud, comprenderíamos nuestro crecimiento e identidad actual sin lo vivido en La Nave. He pasado allí 8 veranos, camino del noveno, y al menos seis jornadas por año. Es decir, que más de un año de mi vida en su totalidad ha sucedido dentro de esas paredes.
«Ser joven y no ser revolucionarix, es una contradicción hasta biológica” – Salvador Allende
Poder participar en estos espacios es una garantía para fomentar redes de apoyo, escucha y compañerismo, generalizando la sensación de que todo el mundo tiene algo que aportar y que construir en común es la mayor fuerza para cambiar lo establecido.
Creo que nuestra fortaleza y mayor aportación reside en saber liderar un espacio históricamente desatendido, el ámbito de la educación no formal. Cubrir esas necesidades educativas transversales y centradas en la adquisición de competencias y el desarrollo de valores, nos ayuda a la construcción de jóvenes más desarrollados, conscientes y plenos. Así mismo, movilizar a la juventud y saber implicarla en su propio proceso de aprendizaje y además realizarlo de la forma más vivencial posible, deja una huella educativa más profunda en sus identidades, además de unos lazos afectivos más fortalecidos.
Todo ello se traduce en jóvenes más conscientes, más deconstruidos, más críticos, más sensibles a la diversidad, más respetuosos con los espacios compartidos y con mayores habilidades comunicativas y sociales.
Es un trabajo muy enriquecedor y me siento afortunada de dedicarme a generar compromiso y conciencia en la juventud para que den el paso de ser espectadores a agentes de cambio en sus propios entornos y realidades.



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