Nadia Hamam Alcober fue militante del MLPA desde el año 2001 hasta 2014, en que pasó a ser colaboradora del mismo. Coordinó el equipo de Ciencias de la Salud de EDU. Además, ha sido responsable del Centro de Información y Actividad Juvenil de la Comarca de Borja, profesora en la escuela de REDES, coordinadora de Salud de Magenta LGTBI. Fundó Per-vertiendo palabras grupo animación literaria de las organizaciones laicas y progresistas.
Pensar en el movimiento, para mí, es ver a Palas explicando por décima vez la última versión del cumpliometro, son las cañas de después de la reunión de los lunes del equipo de coordinación de Universidad, recordar a Lola subida en una de las sillas grises de la UGT dirigiendo las movilizaciones la madrugada que estalló la guerra de Irak, visualizar en mi mente el megáfono lleno de pegatinas con unas pilas de repuesto incrustadas con precinto, rememorar los madrugones para repartir octavillas en la puerta de la Facultad de Medicina con Irene y Raquel, escuchar en mi cabeza las risas de satisfacción del equipo del CIAJ de Mallén organizando el Día Contra la Violencia de Género cuando el feminismo no llenaba las portadas de los tabloides, recordar los días de lucha y las noches de fiesta en Torrellas, los recitales de poesía de Per-Vertiendo Palabras a las orillas del Ebro regados con vino tinto. Tantas y tantas cosas a la vez que cuesta organizarlas y resumirlas en un folio en blanco.
Yo me enamoré de La Nave, del amarillo de sus paredes, del azul de sus puertas, de sus bandejas de acero inoxidable y de sus duchas con poca presión. Supongo que tenía una idea preconcebida, impuesta por el patriarcado del que ni si quiera era consciente que existía, de cómo sería mi vida. Acabaría la carrera. Me iría al Reino Unido, las enfermeras españolas están muy bien valoradas. Trabajaría toda la vida en un hospital o similar. Dos o tres aficiones. Una pareja, niños quizás… Un castillo de cartón creado sobre la piedra angular del “lo que espera la sociedad de mi”. Pero leí un cartel pegado en la pared de la universidad, hice una llamada de teléfono, acudí a un curso de primeros auxilios y todo cambió. Y en La Nave, encontré una ráfaga de viento del oeste que derribó esa fortaleza de papel y me permitió ver más allá del muro.
Y allí, en el ancho y extenso nuevo mundo, lo encontré todo, descubrí lo que ni si quiera sabía que buscaba. Empecé a crear la persona que quería ser, y comprendí que podía formar parte de algo más grande. Así, de repente, entendí que había otra forma de ser y de vivir, y que haciendo lo que hacíamos podíamos marcar una pequeña diferencia, crear algo mejor, enseñar a pensar, dar opciones, mostrar que se pueden hacer las cosas de otra manera, que la vida no tiene que ser como nos dicen que sea.
Supongo que todos los que hemos pasado por el Movimiento, en algún momento, nos hemos preguntado cómo habría sido nuestra vida si no hubiéramos militado, cómo de distintos seríamos. Cuando lo vives tan intensamente que comes, respiras y duermes militancia, el movimiento se vuelve una forma de vida y, durante muchos años de mi existencia, igual que la de tantas otras, el movimiento fue mi vida. Si algo tengo claro es que lo que soy ahora, lo que pretendo ser, lo que quiero que mis hijos sean, está marcado por lo que aprendí y viví en mis intensos años de militancia. Allí encontré la libertad que necesitaba para ser, por fin, yo.
Porque, ¿qué es el movimiento si no eso? Libertad para ser, para descubrir, para aprender, para reinventarse, para encontrarse u olvidarse. Libertad en todos los aspectos posibles.



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