Consell de Redacció de la Realitat
El 16 de febrero conmemoramos el 90 aniversario de la victoria del Frente Popular. Hace nueve décadas del triunfo de las fuerzas de izquierdas y republicanas en las elecciones de febrero de 1936, en las que concurrieron agrupadas bajo un programa básico común, para desalojar a la derecha del Gobierno de la República, después de dos años y medio de represión hacia la clase trabajadora y del encarcelamiento del Govern de la Generalitat. Esta victoria no puede entenderse de manera aislada o individual. El triunfo del Frente Popular se produjo en un contexto internacional de consolidación del fascismo en sus diferentes formas, como fue el nazismo alemán o el fascismo italiano, y es este contexto el que explica la existencia del Frente Popular en España o del Front d’Esquerres en Catalunya en aquel febrero de 1936.
La estrategia frentepopulista fue diseñada e impulsada por la Internacional Comunista en su VII Congreso, celebrado en Moscú entre el 25 de julio y el 20 de agosto de 1935. Después del ciclo revolucionario a escala internacional marcado por la Revolución de Octubre – que podríamos fijar aproximadamente tras el fin del biennio rosso en Italia (1919-1920) – i de la estabilización del capitalismo, se dio el paso hacia la estrategia del frente único durante la primera parte de los años 20, para después ir desarrollando la estrategia de clase contra clase en el seno del movimiento comunista internacional a finales de la década, que tuvo continuidad hasta mediados de los años 30 – negando cualquier colaboración con partidos socialdemócratas o reformistas -. Una vez constatado que, en vez de avanzar posiciones, la burguesía alimenta el monstruo fascista para mantener el orden y sus expresiones avanzan, el VII Congreso de la Internacional Comunista aprueba el informe La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional para la lucha de la clase trabajadora contra el fascismo, presentado por Gueorgui Dimitrov, de donde nace la estrategia frentepopulista. Pese a las críticas recibidas por algunos sectores del marxismo, la estrategia de Frentes Populares impulsada por el Komintern se mostró acertada para incidir adecuadamente en el contexto de los años 30 del siglo XX y para combatir el fascismo, llevando a alianzas amplias con el resto de fuerzas obreras, así como republicanas, teniendo, por tanto, un componente de alianza interclasista con la pequeña burguesía.
Todo ello podría quedar en un aprendizaje formativo en el ámbito histórico si no fuera por el avance global del fascismo en sus diferentes formas. Tanto es así que en Catalunya contamos con dos fuerzas de extrema derecha como son VOX, de matriz franquista y españolista, y Aliança Catalana, de carácter identitario e independentista. Si levantamos la vista e intentamos encontrar paralelismos con el pasado, para aprender cómo se comportan tanto la burguesía como el fascismo, vemos cómo aparecen elementos que nos recuerdan a los años 20 de hace un siglo, pero la aceleración actual también nos muestra algunos aspectos que ya nos hacen pensar en la década de los años 30.
El contexto actual de crecimiento del fascismo presenta paralelismos estructurales evidentes con los años 20 y 30 del siglo XX. Entonces, como ahora, el avance del autoritarismo se inscribió en una crisis sistémica profunda: en los años de entreguerras, la incapacidad del capitalismo liberal y de la democracia parlamentaria para dar respuesta al desempleo, la precariedad y la conflictividad social erosionó el consenso político y abrió la puerta a proyectos fascistas que se presentaban como fuerzas de regeneración nacional. Hoy, el
agotamiento del ciclo neoliberal, la pérdida de certezas materiales y vitales, la precarización juvenil y la crisis de representación política generan un clima de angustia y desorientación similar, que la extrema derecha aprovecha para construir relatos simples ante problemas complejos, desplazando el conflicto social hacia un terreno identitario y moral mediante la identificación de “enemigos internos”.
Al mismo tiempo, la extrema derecha actual reproduce mecanismos centrales del fascismo clásico, adaptados al siglo XXI. El mito del renacimiento nacional, la nostalgia de un pasado idealizado y la promesa de orden frente al caos operan hoy como lo hacían en los años treinta, aunque con nuevas herramientas comunicativas y una aceptación formal de la democracia para erosionarla desde dentro. También, al igual que en aquel momento, el fascismo poco a poco deja de ser marginal y tiende a normalizarse e institucionalizarse, a menudo con la pasividad o la complicidad de sectores que lo perciben como una respuesta a la crisis, especialmente en la derecha conservadora, pero también en una socialdemocracia que no ha sido capaz de dar respuesta a las problemáticas del capitalismo.
Afirmar y reconocer estos paralelismos históricos no implica una repetición mecánica del pasado, pero sí evidencia que, en contextos de crisis y debilitamiento de proyectos emancipadores, el fascismo reaparece como una salida autoritaria. Es por eso que esta mirada al pasado no debe conducir a la nostalgia, sino a la comprensión de que el fascismo nunca “vuelve” igual, pero sí responde a lógicas recurrentes, adaptándose a los diferentes contextos temporales y nacionales en los que vive. Reconocerlas es el primer paso para construir una respuesta antifascista sólida y con voluntad de mayorías.
Constatado el grave avance de las diferentes formas de la extrema derecha y el hecho de que se dan algunos elementos que pueden indicar que nos encontramos en un proceso de aceleración hacia el fascismo, nos hace falta aprender de las experiencias históricas. A lo largo de las décadas hemos podido comprobar cómo el comunismo ha sido el mejor garante para luchar contra el fascismo, siempre que ha sido capaz de plantear una apuesta amplia, basada en la voluntad de construir un proyecto de mayorías a partir del cual articular la lucha antifascista.
En el año 1936, en Catalunya se produjo el Front d’Esquerres —de la mano con el Frente Popular a escala española—, con la alianza de partidos obreros (Unió Socialista de Catalunya, Partit Comunista de Catalunya, Partit Català Proletari, Partit Socialista Obrer Espanyol y Partit Obrer d’Unificación Marxista) y partidos republicanos (Esquerra Republicana, Acció Catalana y el Partit Nacionalista Republicà), una alianza amplia y generosa que situaba adecuadamente al enemigo común, pero que sobre todo era capaz de plantear una alternativa al programa y al proyecto de país de la derecha en el poder y a la amenaza fascista. Cometeríamos un error de principiantes si quisiéramos calcar la forma, sin tener en cuenta el contexto actual, pero sería una grave equivocación no extraer lecciones y aprendizajes vistos los paralelismos existentes y el crecimiento del fascismo.
La ofensiva de la extrema derecha sobrevuela todos los debates, y no como un elemento coyuntural, sino como un elemento central del nuevo ciclo político, una corriente de fondo que reconfigurará todo el escenario político, tanto a nivel internacional como en nuestras realidades más cercanas, y ante la cual la respuesta desde la izquierda debe ser estructural y darse a todos los niveles, comenzando por ofrecer un modelo de sociedad mejor, democrática y socialmente justa, que sitúe un horizonte de esperanza. La amenaza de la extrema derecha es tan grande y se expresa cada vez de manera más evidente, que no podemos permitirnos el lujo de seguir lamiéndonos las heridas y compitiendo por un espacio de representación institucional menguante y cada vez con menos margen de actuación.
En Catalunya nos encontramos saliendo de la resaca del último ciclo político, y con una situación de debilidad de la izquierda. Evidentemente, el fin del ciclo largo a escala mundial (el fin de la globalización neoliberal y del orden liberal internacional, de la mano de la transformación del imperialismo) también tiene una expresión en Catalunya y en el Estado español. Las expectativas de cambio que abrió el ciclo “corto” del 15M y el 1-O se han frustrado, y no solo no han sido sustituidas por un nuevo horizonte, sino que ni siquiera se mantienen las certezas que ofrecía el neoliberalismo. Unas certezas que sin duda no respondían a nuestro modelo de sociedad, a nuestros objetivos y anhelos, pero que ordenaban la vida, y también la lucha. Se va imponiendo la incertidumbre, la angustia, la falta de perspectivas en un futuro cada vez más incierto.
Y ante esta incertidumbre, la perspectiva de lucha se hace más difícil. Hay una falta generalizada de visión estratégica por parte de la izquierda; una izquierda que, mayoritariamente, se ha movido dentro de los parámetros de la cosmovisión neoliberal, ejerciendo de su pata izquierda, sin cuestionar sus fundamentos y disputando mejoras dentro de sus normas de juego. Ahora que estas normas saltan por los aires, el desconcierto es mayor. Así, para poder situar una alternativa, es imprescindible que esta sea un horizonte de soberanía plena y transformación social profunda.
Y es por eso que nos hace falta mirar a la tradición frentepopulista, para construir un Frente Democrático y Social que, desde una perspectiva republicana, sea capaz de plantear un proyecto de país alternativo a la barbarie y la especulación. Pero lejos de pensar en artefactos electorales (o mucho antes de hacerlo), la primera pregunta que debemos responder es: ¿Unidad para qué? Pues la unidad debe ser estratégica en el camino de construcción de un nuevo país, de la República Catalana de todos los derechos. No se trata de ganar unas elecciones, se trata de construir un nuevo país. Si no somos capaces de tejer esta unidad estratégica, en el ámbito político, pero también en el social, el cultural y el sindical, entre otros, el monstruo llama a la puerta.
Para poder avanzar, para situarnos a la ofensiva y poder articular alianzas políticas y sociales, nos hace falta situar un horizonte político sobre el cual construir. Nos hace falta recuperar la utopía, no como algo quimérico e irrealizable, sino como un camino por el cual luchar. Las izquierdas soberanistas catalanas tenemos el reto de estar a la altura que exige el grave momento en el que nos encontramos, pero no podemos hacerlo solas; hay que hacerlo de manera coordinada con las fuerzas de los diferentes pueblos del Estado. Debemos situar de nuevo y de manera inequívoca una perspectiva de superación del régimen del 78, de apertura de procesos constituyentes que den lugar a repúblicas democráticas que libremente decidan cómo relacionarse entre ellas, y que garanticen al conjunto de la ciudadanía los derechos sociales, políticos, económicos y culturales.
Si hablamos de situar un horizonte de transformación compartido por todos y todas los que queremos deconstruir el Estado español (o dicho de otra manera, superar el régimen del 78 o llevar a cabo una democratización profunda del Estado), debemos comenzar por caracterizar este régimen. Esto requiere comenzar por la formación de España como Estado liberal en el siglo XIX, un Estado fuertemente centralizado, con todo el poder concentrado en una élite y blindado respecto a su propia población, las diferentes naciones del Estado y las colonias. El pacto del 78 no alteró lo fundamental de estos elementos; en todo caso, blindó a la nueva élite rentista surgida del expolio de la mal llamada guerra civil y los cuarenta años de dictadura franquista.
A lo largo de los últimos doscientos años, todo proyecto emancipador de la izquierda en el Estado español ha tenido clara la necesidad de desmantelar y reconstruir el Estado sobre bases completamente diferentes para que estos proyectos pudieran triunfar. Francesc Pi i Margall definía el federalismo como una “propuesta alternativa al dominio de las clases dominantes” que será fundamental en la articulación de la izquierda en todo el Estado, con un gran protagonismo catalán. Y cuando Pi i Margall hablaba de federalismo, de republicanismo, de socialismo o de autodeterminación, estaba hablando de un mismo camino inseparable: el que confronta con el poder para avanzar hacia la libertad. No hay ninguna distinción entre federalismo y confederalismo, y es que se trata de una afirmación de soberanía de cada una de las partes porque “entre soberanos solo puede haber pactos”. Asimismo, este ejercicio de soberanía es inseparable del ejercicio del derecho a la autodeterminación.
Este debe ser el punto de encuentro, el horizonte compartido, para todas aquellas fuerzas que queremos superar el régimen del 78 y avanzar en procesos de emancipación social y nacional, ya que no se puede separar una lucha de la otra; sin la deconstrucción del Estado español en los términos en los que se ha desarrollado en los últimos doscientos años, no se podrán abordar las transformaciones estructurales necesarias para construir una sociedad más justa. Solo así podremos ofrecer un proyecto emancipador y republicano, la utopía realizable necesaria para hacer frente al fascismo.



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