La compleja construcción del Frente Popular hace 90 años
Diego Díaz
El 16 de febrero de 1936 las izquierdas ganaron en España. Por muy poco. El sistema electoral de la época permitió ensanchar una victoria que en realidad había sido mucho más ajustada, y tras una tensa campaña electoral que dividió al país en dos. Un 47% de la izquierda frente a un 46% de las derechas. Apenas 100.000 votos de diferencia. El camino a la construcción del Frente Popular, como ya advertimos en el título del artículo, no fue un camino de rosas.
El fracaso de la coalición de izquierdas que gobernó el país entre 1931 y 1933 supuso grandes avances, pero también una profunda decepción en gran parte de los sectores populares que habían votado por la República el 14 de abril. Durante el llamado bienio progresista el gobierno extendió la educación pública y los derechos laborales, pero no llevó a cabo la reforma agraria y terminó recurriendo a la violencia para reprimir a los sectores más combativos de la clase obrera y del campesinado. También impuso la Ley de Vagos y Maleantes, una verdadera ley antipobres que también penalizaba ciertas formas de sindicalismo asociadas a la CNT.
La ruptura de la coalición entre los republicanos y el PSOE fue el primer paso para el hundimiento de las izquierdas en las elecciones de noviembre de 1933. La resaca política de este derrumbe sería una fuerte suspicacia entre los diferentes actores políticos, así como la radicalización de un PSOE en el que muchos hacían autocrítica de la participación gubernamental y la colaboración con los republicanos como los dos grandes errores cometidos por el partido tras el 14 de abril de 1931.
La represión como pegamento
Para superar este estado de ánimo y llegar a una recomposición de las izquierdas ibéricas serían necesarias antes una serie de catastróficas desdichas en España y en todo el mundo: el triunfo del nazismo en Alemania, el golpe de Estado del canciller Dolfuss en Austria, la invasión de la Italia fascista a Etiopía, el auge de los distintos fascismo europeos, y sobre todo la fortísima represión de la huelga general revolucionaria de Octubre de 1934 por parte del gobierno de derechas del Partido Radical y la CEDA.
Los fusilamientos y ejecuciones extrajudiciales de revolucionarios, los castigos colectivos a la población civil, sobre todo en Asturies, los despidos y las listas negras de trabajadores significados política y sindicalmente, el encarcelamiento de cientos de militantes y cargos públicos, en algunos casos con denuncias de torturas, el cierre de locales y periódicos, la disolución de los ayuntamientos de izquierdas en toda España, y el temor generalizado a que una vez en el poder las derechas podían seguir el camino de Alemania, desmontando desde dentro la República del 14 de abril, tal y como Hitler había hecho con la República de Weimar, terminaron convenciendo a los líderes de las izquierdas de la necesidad de pasar página y poner en marcha una alianza electoral.
Dos personajes fueron claves en la construcción de algo que, finalmente, y en el último momento, terminaría llamándose Frente Popular: Manuel Azaña e Indalecio Prieto. El primero aportaba a los republicanos de clase media, organizados en Izquierda Republicana, un partido que había logrado unificar, cosa difícil, a la gran mayoría de un espacio con fuerte tendencia a la fragmentación y la camarilla. El segundo lograría hacer virar al PSOE y a la UGT de las posiciones izquierdistas de Largo Caballero, otrora colaborador de la Dictadura de Primo de Rivera, más tarde ministro de Trabajo en la coalición con los republicanos pequeñoburgueses, y ahora “Lenin español”. ¿Lenin español? Evidentemente el papel le quedaba grande, pero Caballero jugaba en aquel momento la carta revolucionaria, no con vistas a desencadenar ninguna revolución bolchevique en España, sino pensando en la batalla interna dentro del PSOE y la UGT, en la siempre presente competición sindical con la CNT, y en retener a los jóvenes socialistas, tentados de una salida en masa hacia el emergente PCE.
¿Frente Obrero o Frente Popular?
Frente a quienes como Caballero y sus seguidores coincidían con la posición de Trotsky, solo Frente Obrero, ni hablar de colaboración con los republicanos, Prieto esgrimiría dentro del PSOE la necesidad de recomponer una alianza democrática y reformista con un republicanismo liberal que representaba a sectores políticos y sociales mucho más conservadores, pero sin embargo imprescindibles para ganar al bloque reaccionario.
La conclusión del veterano político era que, sencillamente, solo con la clase obrera y los campesinos pobres, los números no salían. Había que ensanchar la base social de la alianza electoral incorporando a las clases medias urbanas y rurales, y esto lógicamente tenía un precio programático: ni nacionalización de la tierra, ni de la banca, ni de la gran industria.
Las renuncias, aunque muy dolorosas, tenían a cambio una contrapartida muy fuerte: lograr la amnistía y sacar a los presos de las cárceles.
Cientos de militantes seguían en prisión o en el exilio, y los tres personajes centrales de esta historia, Azaña, Prieto y Caballero, habían conocido en primera persona la represión del Partido Radical y la CEDA. Azaña sería el primero en recobrar la libertad tras pasar tres meses en la cárcel, Prieto regresaría del exilio en la primavera de 1935, y Caballero sería excarcelado a finales de ese mismo año.
La revolución tendrá que esperar
A lo largo de 1935 las medidas de excepción se irían relajando, facilitando así la actividad y la reorganización de las izquierdas. Este clima de mayor libertad permitiría a Azaña realizar una gira de actos multitudinarios llamando a la unidad electoral de las fuerzas progresistas.
En el verano de ese mismo año 1935 también sucedería algo de una importancia trascendental a miles de kilómetros de España. Tras un inicial periodo de tanteos, el VII Congreso de la Komintern, celebrado el mes de agosto en Moscú, oficializaba, negro sobre blanco, un giro de 180 grados en la política de alianzas de los partidos comunistas. Llegaba un nuevo tiempo marcado por la amenaza fascista. Había que enterrar el hacha de guerra con los socialdemócratas y llamar a la construcción de grandes frentes populares que fueran más allá de la clase obrera. También con los elementos de las clases medias y de la pequeña burguesía que estuvieran dispuestos a defender la democracia junto al movimiento obrero. Lo primero era parar al fascismo. La revolución podía esperar.
La autoenmienda era total. El giro frentepopulista suponía recoger carrete tras el fracaso de la desastrosa estrategia llevada a cabo por la Komintern en Alemania. El sectarismo y el ultraizquierdismo habían salido muy caros al movimiento comunista y a sus militantes. Una catástrofe sin paliativos que había acabado con Hitler en el poder, y el gran Partido Comunista Alemán, la joya de la corona de la Komintern, hecho cenizas: ilegalizado y con sus dirigentes en la cárcel o el exilio.
Tras la derrota de las izquierdas en Alemania, el apetito expansionista de Hitler apuntaba irremisiblemente hacia el Este. Ante ese panorama la Unión Soviética necesitaba con urgencia un pacto con las democracias liberales europeas. Desactivar una más que posible invasión nazi era cuestión de vida o muerte.
La apuesta por los frentes populares formaba pues, parte de una nueva estrategia política de Stalin y Moscú que también buscaba reforzar la seguridad de la URSS, así como mejorar y dulcificar su imagen pública internacional ante unos políticos europeos que seguían prefiriendo al fascismo, con el que se podían hacer negocios, al comunismo, que desestabilizaba y promocionaba la revolución en Europa.
Con el PCE en el ajo, Largo Caballero ya podía estar más tranquilo. Los comunistas de hecho ayudarían a convencer al secretario general de la UGT de que debía olvidar la idea del frente exclusivamente obrero.
Por su parte, una vez convencido, el viejo socialista sería el más interesado en incorporar a los comunistas, a los que su enemigo íntimo Indalecio Prieto no podía ver ni en pintura, ya que incluso habían tratado de asesinarle a principios de los años 20, en el Bilbao del pistolerismo político.
Los motivos de Largo Caballero para apostar por la inclusión del PCE eran dobles. Por un lado lograba así un aliado para compensar el poder de la alianza entre Azaña y Prieto en el Frente Popular. Por otro, desactivaba a un potencial competidor por la izquierda que pudiera acusarle de traicionar a la clase obrera al firmar una alianza con los republicanos. Todavía seguía la luna de miel entre el PCE, que luchaba por salir de la marginalidad política, y Caballero, que aspiraba a instrumentalizar a los comunistas para sus batallas internas dentro del PSOE y la UGT.
Rumbo a las elecciones
Aunque Azaña detestaba a los comunistas entendió que no le quedaba más remedio que tragárselos. Solo puso una condición: que no vinieran a las reuniones preparativas del frente. El PSOE les representaría. En el partido socialista no darían una gran batalla porque el PCE pudiera sentarse en la mesa de negociación, y a los comunistas no les quedaría más remedio que transigir.
Algunos republicanos se darían de baja por la incorporación de los comunistas, pero serían sectores muy minoritarios. El cálculo, de cara al computo total, era que lo que se perdía era mucho menos de lo que se podía ganar sumando a los comunistas. El PCE se encontraba en plena expansión, aportaba el prestigio de la URSS entre amplios sectores de la clase trabajadora, y contaba con una militancia muy dinámica.
Ya solo quedaba sumar a algunas pequeñas formaciones de reciente fundación: el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña y el Partido Obrero de Unificación Marxista de Joaquín Maurín. Este último, pese a defender un frente exclusivamente obrero, también terminaría aceptando la alianza con los republicanos. Gracias a su integración en el Frente Popular Maurín obtendría un escaño por la provincia de Barcelona. Trotski, desde su exilio en Noruega, les excomulgaría por estampar su firma junto a los partidos republicanos de la pequeña burguesía. El viejo bolchevique montaría en cólera, calificando a los dirigentes del POUM de “traidores” a los que era preciso desenmascarar ante las masas.
El 15 de enero se presentaba el manifiesto del Frente Popular, con la firma de todos los partidos y un programa de izquierdas, pero no revolucionario, que principalmente planteaba la restauración de la senda reformista de 1931: reforma agraria, extensión de los derechos sociales y laborales, política de obras públicas para modernizar el país y dar empleo a los desempleados…
En cuanto a Catalunya, el País Vasco y Galicia la unión de las izquierdas tenía bola extra: recuperar o poner en marcha los estatutos de autonomía, superando la etapa recentralizadora del Partido Radical y la CEDA.
En el caso catalán, donde la autonomía estaba autonomía suspendida desde Octubre de 1934 y el president de la Generalitat y todo su gobierno encarcelados en el penal de Santa María, Cádiz, no había muchas dudas en cuanto a la necesidad de unirse. El Front d´Esquerres, donde ERC tenía una hegemonía indiscutible, ganaría por amplia mayoría en las cuatro provincias catalanas. El voto de Catalunya, y sobre todo de la provincia de Barcelona, con casi tres millones de habitantes, sería clave en inclinar la balanza del lado de las izquierdas.
En el País Vasco socialistas, republicanos, comunistas y la pequeña Acción Nacionalista Vasca se comprometerían a desbloquear el Estatuto de Autonomía, disputando así al PNV el monopolio que hasta entonces había ejercido de la cuestión autonómica. En Galicia la participación del Partido Galleguista en el Frente Popular acabaría con la relativa ambigüedad ideológica manejada por el movimiento hasta entonces. La minoría conservadora del PG se escindiría en una pequeña formación, Dereita Galeguista, algunos de cuyos dirigentes terminarían plenamente integrados en el régimen franquista.
En líneas generales el Frente Popular consolidaría la asociación entre las izquierdas y la concepción plural o plurinacional de España que llega hasta nuestros días.
Quedaba todavía por delante la siempre compleja negociación de las listas electorales, y un cabo suelto. Los anarquistas. ¿Qué harían ante el proceso electoral? Fieles a su posición anti Estado, los dirigentes de la CNT y la FAI no se sumarían al frente ni harían campaña por él, pero discretamente, y no tan discretamente, lo apoyarían como medio para frenar la ofensiva derechista, y sobre todo sacar a los presos de la cárcel. Esta vez no habría, como en noviembre de 1933, campañas llamando a la abstención.
Su silencio táctico sería clave. Y es que sin los votos del millón largo de afiliados de la CNT, las izquierdas no habrían podido ganar en las elecciones generales de aquel 16 de febrero de 1931. Fueron las últimas en mucho tiempo. España tardaría 41 años en volver a votar en libertad.



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