Inteligencia para concebir, coraje para querer, poder para forzar

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Revista laica para la reflexión y la agitación política republicana

Situación geoestratégica. La guerra de Ucrania

27/11/2022

Lorenzo Barón es fundador de la Tertulia Intergeneracional Ágora, miembro del consejo de honor de Memoria del Futuro y fue secretario general de CCOO Aragón y dirigente del PCE.
Este texto es la ponencia para la sesión de la tertulia intergeneracional Ágora de la Fundación de Acción Laica de Aragón. Ateneo Laico Stanbrook. Zaragoza, 20 de septiembre de 2022.

Para esta charla y posterior debate me limitaré solo a exponer algunos elementos, o simplemente flashes, que permitan abrir el debate para que se puedan aportar nuevos puntos de vista y reflexionar sobre todos ellos, en definitiva, abrir una conversación colectiva que nos permita aprender a todos, y tener una visión más amplia y plural de la situación y de los problemas y retos en los que nos vamos a mover. No importa que tengamos discrepancias. Ni siquiera se trata de que nos empeñemos en convencernos unos a otros. Se supone que somos gente progresista y de izquierdas, y con que nos movamos en esos parámetros es suficiente.

El cambio climático. Creo que para pensar en la situación actual y en el futuro hay que partir de un elemento esencial. Este no es otro que el cambio climático, en el que ya estamos inmersos, nos guste más o menos, y por más negacionistas que haya. No hay más que ver lo de este verano con las temperaturas (2 grados de aumento sobre la temperatura media), la sequía, los incendios, etc.

El cambio climático se manifiesta hoy como la gran contradicción del capitalismo tal como está concebido actualmente: consumir, consumir, crecer, crecer, acumular la riqueza cada vez en menos manos, competir por la hegemonía a cualquier escala y dar la batalla, por parte de las grades potencias, por conseguir la hegemonía económica a nivel mundial. En esto están tanto EE. UU. como China y, si queréis, también Rusia, aunque a mucha distancia en el plano económico.

Autor: Bulent Kilic, Agence France Presse.

Este es el modelo capitalista que existe, no hay otro al menos en estos momentos. Otro, que comportara hacer frente de verdad al Cambio Climático, supondría cambios radicales en nuestro modo de vida.

En esas estamos y habrá que elegir: o modo de vida muy distinto, cosa que es imposible con este modelo capitalista, o desaparición de muchas o todas las formas de vida en el planeta, a menor o más largo plazo. La opción no tendría que ofrecer ninguna duda, aunque es hoy absolutamente minoritaria.

Ese otro modo de vida significa forzosamente que hay que decrecer, consumir menos, producir menos, o sea, que habrá que renunciar a nuestros niveles y modo de consumo y de vida. Eso lo saben ya y lo teorizan pensadores muy cualificados. Y lo saben también los que manejan el cotarro, aunque no nos lo quieren decir porque no les interesa.

La escasez de materias primas y la falta de energía. Este es el otro gran problema de la economía global ya para seguir creciendo. Son materias primas como el litio, las llamadas tierras raras, etc., absolutamente necesarias para el cambio en el desarrollo tecnológico que se está produciendo. Es la escasez de energías fósiles, como el diesel o el gas, sobre todo a partir de la guerra y el corte de suministro de Rusia.

Pero es que además, es imprescindible, en relación con la lucha contra el cambio climático y la descarbonización de la atmósfera, la sustitución progresiva de las energías fósiles por energías limpias, como la eólica, la solar y la fotovoltaica. Y esto no es, como pretenden hacernos creer, ni tan fácil ni tan barato, porque, aunque las fuentes sí lo son, los materiales ni van a ser abundantes ni baratos.

Todo eso está ahí y ya está bastante asumido que, no solamente no se puede seguir creciendo al ritmo actual, sino que hay que empezar a decrecer, ir a la recesión. No hay otra solución. Se entiende a la recesión desde el punto de vista global.

La guerra de Ucrania. Quién va a tener el acceso a las materias primas y las fuentes de energía tiene que ver con la guerra de Ucrania. Conseguir la hegemonía en este proceso trascendental de la historia es lo que se está decidiendo ahora y en los próximos años. En esta batalla por la hegemonía se enmarca también la guerra de Ucrania. No es, como nos han hecho creer, que Putin es malo o peor (que lo es), y que es una lucha entre buenos y malos, entre las democracias liberales (que de liberales tienen muy poco) y los regímenes dictatoriales. Es la continuación por la vía armada de la batalla económica, por la hegemonía, que no ha hecho más que empezar.

Si no fuera así, ¿cómo nos responderíamos a determinadas preguntas? ¿Sólo porque Putin es un dictador que quiere recuperar el antiguo imperio zarista? Puede ser una razón. Pero la OTAN ha demostrado sistemáticamente, y lo ha manifestado claramente en la cumbre de Madrid, que tiene las mismas aspiraciones expansionistas de siempre. Si no es así, ¿por qué ha venido acercando a sus “mastines”, como dice el Papa Francisco, a las puertas de Rusia? Recordemos que a Gorbachov, que tuvo el valor o la osadía de disolver el Pacto de Varsovia y la Unión Soviética, lo que supuso incluso la ilegalización del partido comunista ruso, le prometieron, aunque fuera solo verbalmente, que los países del Pacto de Varsovia no ingresarían nunca en la OTAN. Y ahí están.

¿Qué papel debería jugar Europa en esta guerra? ¿No debería apostar decididamente por una solución negociada, más difícil conforme la guerra avanza? ¿No debería ser más autónoma respecto de EE.UU.? ¿No deberíamos los ciudadanos exigir el fin de la guerra, cuando nos machacan con que es la causa de la inflación, de la escasez de energía, de la brutal crisis económica que se avecina, y del empobrecimiento de una gran parte de la población?

¿Quién está ganando ya con esta guerra? ¿Los ciudadanos o las grandes empresas, sobre todo las energéticas? ¿Europa? ¿Rusia? ¿O EE.UU. que, por cierto, ha mejorado ya la situación del dólar y ha aumentado sus exportaciones? ¿Quién ganará esta guerra? Al principio la respuesta parecía fácil. Ahora ya no lo sabe nadie.

Estamos ante un posible cambio en la relación de fuerzas a nivel mundial. Tampoco puede descartarse un nuevo mundo bipolar. En todo caso la lucha va a ser brutal.

Si no sucede esto último, ¿quién ganará esta batalla económica? ¿EE.UU. y sus aliados? ¿China y sus aliados del sur y del centro de Asia, que tienen un potencial enorme, tanto en población como en recursos naturales? Rusia parece que no, salvo que consolide su alianza con China; ni siquiera es una potencia económica ya, aunque lo sea en el plano nuclear.

Y mientras, ¿qué será del tercer mundo?  De África en particular, cuya población se va a duplicar en unos 30 años. Y América Latina ¿qué papel va a jugar con los cambios políticos que se están produciendo?

¿En el caso de que haya un cambio en la relación de fuerzas actual, lo que nos espera ¿será mejor o será peor que lo actual? ¿Lo sabe alguien? En fin, demasiadas incertidumbres.

No quiero terminar sin volver al cambio climático. Si se quiere evitar un desastre en el planeta en este terreno, va a ser inevitable decrecer. Eso significa menos producción y otros modos de producción, cambios importantes en el consumo y el modo de vida, en definitiva, reducción o cambios profundos de lo que hoy conocemos como estado del bienestar.

Eso, ¿se va llevar cabo sin una fuerte contestación social, que conlleve incluso cierta violencia? Si el cambio lo encabezan las élites, pensarán en ello y en recurrir a la represión y al autoritarismo. Por ahí va lo de Trump y el ascenso de la ultraderecha.

Hay otra salida mejor, por la que hay que apostar. Que sean las fuerzas progresistas las que encabecen ese cambio imprescindible para salvar la vida en el planeta. Es un cambio cultural profundo, en el que la juventud tiene que jugar un papel fundamental.

Los jóvenes sobre todo tienen que luchar por otras formas de economía circular, por la movilidad sostenible, por el asociacionismo, por encontrar formas de autogestión, por crear fuentes de energía propias (individuales o colectivas), por encontrar yacimientos de empleo con menor o nulo consumo energético, por muchas cosas más que habrá que descubrir. Por todo eso y mucho más pasa también la solución.

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